Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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18 de octubre de 2026

Unos versos de Gabriel Bocángel

 

Así comienza el romance «Describiendo un terremoto», escrito por el poeta y dramaturgo Gabriel Bocángel (1603 - 1658)


Discordias gime la tierra,
violencias el aire esgrime,
y, mientras se muda todo,
solo la mudanza es firme.



15 de abril de 2026

Mia Couto - «Terra Sonâmbula»

 

    Naquele lugar, a guerra tinha morto a estrada. Pelos caminos só as hienas se arrastavam, focinhando entre cinzas e poeiras. A paisagem se mestiçara de tristezas nunca vistas, em cores que se pegavam à boca. Eran cores sujas, tão sujas que tinham perdido toda a leveza, esquecidas da ousadia de levantar asas pelo azul. Aquí, o céu se tornara impossível. E os viventes se acostumaram ao chão, em resignada aprendizagem da morte.
    A estrada que agora se abre a nossos olhos não se entrecruza com outra nenhuma. Está mais deitada que os séculos, suportando sozinha toda a distancia. Pelas bermas apodrecem carros incendiados, restos de pilhagens. Na savana em volta, apenas os embondeiros contemplam o mundo a desflorir.
   Um velho e um miúdo vão seguindo pela estrada. Andam bambolentos como se caminhar fosse seu único serviço desde que nasceram. Vão para lá de nenhuma parte, dando o vindo por não ido, à espera do adiante. Fogem da guerra, dessa guerra que contaminara toda a sua terra. Vão na ilusão de, mais além, haver um refúgio tranquilo.
(...)

 Mia Couto


Primeiro capítulo. A estrada morta, in Terra Sonâmbula. Caminho, Lisboa, 8ª edição, 2004 (1ª edição, 1992)



De bicicleta pelo cafundó, Mocambique em marco de 2006

Foi um dia chuvoso. As nuvens escureceram a paisagem vigorosamente verde.

Esta é a estrada nacional que liga as cidades Cuamba e Nampula. Sem esta dica pode-se achar que é algum caminho que dá para os campos dos habitantes das aldeias adjacentes.


(Fotografía y texto de Mandreas Artin / Andreas Martin)



1 de marzo de 2026

Dos versos de Vitorino Nemésio



A minha vida está velha
Mas eu sou novo até aos dentes.



Los dos primeros versos del poema «A caminho do Corvo», fechado el 25 de julio de 1969, incluido en el libro Sapateia Açoriana (1976), de Vitorino Nemésio (1901 - 1978)



Ilha do Corvo, fotografia de Neil King



21 de septiembre de 2025

Fernando Assis Pacheco - «Trabalhos e paixões de Benito Prada»

 

Quando o Padeiro Velho de Casdemundo teve a certeza de que Manolo Cabra lhe desfeitara a irmã, em dois segundos decidiu tudo. Nessa mesma noite matou-o de emboscada, arrastou o cadáver para o palheiro e foi acender o forno com umas vides que comprara para as empanadas da festa de San Bartolomé.
   O irmão do meio encarregou-se de cortar a cabeça ao morto. O Padeiro Velho amanhou-o e depois chamuscou-o bem chamuscado. Às duas da manhã untou o Cabra de alto a baixo com o tempero, enfiando-lhe um espeto pelas nalgas. Às cinco estava assado.
   «Caramba », disse o irmão do meio, que admirava todas as invenções do mais velho, «é à segoviana!»
   «Mas não lhe pões o dente», cortou o outro.
   Entretanto o mais novo, regressado já do Pereiro, aonde fora avisar o Padre Mestre, manifestou desejos de capar Manolo Cabra. O do meio olhou muito sério para o Padeiro Velho. Este cuspiu enojado e decretou:
   «É tudo para os cães. E agora tragam-me lá a roupa do fiel defunto, que já não tem préstimo senão no inferno.»
   Se perguntassem ao Padeiro Velho o que mais queria naquele momento, teria respondido:
   «Assar-lhe até a memória.»


Fernando Assis Pacheco


Primer capítulo de la novela Trabalhos e paixões de Benito Prada (1993)


8 de agosto de 2025

João Miguel Fernandes Jorge - «O Bosque»

 

6.ª feira, 21 de dezembro de 2012

Quando nos perdemos, resta o passado. O que já não existe é então a porta do caminho. Não porque me tenha perdido de outro, mas somente porque me deixei ficar, esquecido de mim mesmo entre as folhas de um caderno depois de percorridas muitas frases, como se fossem ruas de uma terra estranha, e entre essas páginas permanecesse semelhante a uma cobra em abandono da pele — concha onde a água já não corre para os lábios.


João Miguel Fernandes Jorge


O Bosque, Relógio D'Água, 2015



14 de junio de 2025

Lazarillo de Tormes

 

Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.

Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre (que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho), con cargo de acemilero de un caballero que allá fue. Y con su señor, como leal criado, feneció su vida.

Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno de ellos, y vínose a vivir a la ciudad y alquiló una casilla y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas.

Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces, de día llegaba a la puerta en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños a que nos calentábamos.

De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía:

-¡Madre, coco!

Respondió él riendo:

-¡Hideputa!

Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!».


(1554)


17 de abril de 2025

Unos versos de Fernando Assis Pacheco

 

El poema Páscoa, de Fernando Assis Pacheco, empieza así:  


A senhora tia alisa a toalha
põe sobre ela talheres muito antigos
herdados dos avós que a terra come





27 de febrero de 2025

Unos versos de Teófilo D. Frangópulos

 

Qué pocas cosas sé 
y qué difícil
me resulta decirlas.

Teófilo D. Frangópulos
(1923 - 1988)




Πόσο λίγα πράγματα ξέρω.
και τούτα πόσο δύσκολο μου είναι.
να τα πω.

Θεόφιλος Δ. Φραγκόπουλος




Primera estrofa de un poema. Traducción de José A. Moreno Jurado en su Antología de la poesía griega (desde mediados del siglo XI hasta nuestros días), Ediciones Clásicas, 1997




4 de febrero de 2025

José Bergamín - Pareceres

 

«Quién oyó las pisadas de los días?», preguntaba Quevedo para decirnos que el andar del tiempo no se oye; el andar, el correr del tiempo, de los tiempos. Y menos, el volar. Porque parecería que el tiempo, cuyo paso no oímos, cuyos pasos no podemos oír, unas veces anda  xx a paso de andadura, a paso lento xxx, otras  veces corre, otras vuela. Y si no lo oímos, ni cuando va despacio, ni cuando va de prisa, ¿lo vemos pasar? «Corre el tiempo, vuela y va ligero», escribía Cervantes; que este tiempo que corre, que vuela, ligerísimo, que se nos va y no vuelve, es el mismo tiempo o son los mismos tiempos que mudan las cosas y que perfeccionan las artes: «Los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes». Será entonces que vemos pasar el tiempo, los tiempos, por esta mudanza de las cosas y perfeccionamiento de las artes, que lo veremos de este modo, pasar con lentitud o con ligereza, con rapidez; con «pies de pluma» o con «pies de plomo», que habría dicho Tirso de Molina. No oiremos sus pisadas y acaso tampoco veremos sus pies, pero sí veremos sus huellas. A estas huellas del tiempo pasajero, que por el mudarse, cambiarse de las cosas, se nos muestra, añadiremos, según Cervantes, el ver, el mirar, cómo las artes (¿y qué artes?, ¿las que llamó Lope artes mágicas del vuelo) se perfeccionan. ¿Pues era esta perfección de las artes, y concretamente del arte de pintar, del arte de la pintura, en relación con la mudanza de los tiempos , por lo que dijo Goya que «el tiempo también pinta»?

José Bergamín


Comienzo del artículo «Pareceres», del libro Antes de ayer y pasado mañana, Seix Barral, 1974 (Primera edición con el título Al volver, Seix Barral, 1962)


27 de enero de 2025

Isaak Bábel - Historia de mi palomar

 

HISTORIA DE MI PALOMAR

A Maksim Gorki 


De niño mi gran deseo fue tener un palomar. En toda mi vida no he tenido un deseo más grande. Con nueve años, mi padre me prometió darme dinero para comprar unos listones y tres parejas de palomas.

Corría entonces el año 1904. Me estaba preparando para los exámenes del curso preparatorio del instituto de Nikoláyev. Mi familia vivía en Nikoláyev, una ciudad de la provincia de Jersón. La provincia ya no existe y la ciudad se incorporó al distrito de Odesa.

Solo tenía nueve años y los exámenes me daban miedo. En ninguna de las dos asignaturas —lengua rusa y aritmética— podía obtener una nota que bajara del sobresaliente. El cupo de judíos era estricto en nuestro instituto, tan solo el cinco por ciento. De los cuarenta niños, solo podían ingresar en la clase preparatoria dos judíos. Las preguntas de los maestros eran capciosas; a nadie le preguntaban de manera tan retorcida como a nosotros. Por eso mi padre, al prometerme las palomas, me pedía una nota de matrícula de honor. Mi padre me sometió a una auténtica tortura y yo me sumergí en un inacabable duermevela, en un largo y desesperado sueño infantil. Me presenté al examen sumido en aquel sueño y de todos modos salí más airoso que otros.

Yo estaba dotado para las ciencias. Los maestros, a pesar de sus argucias, no podían desposeerme de mi inteligencia ni de mi insaciable memoria. Estaba dotado para las ciencias y saqué dos matrículas. Pero luego todo cambió. Jaritón Efrussi, un comerciante de trigo que exportaba grano a Marsella, pagó un soborno de quinientos rublos por su hijo, a mí me pusieron, en lugar de una matrícula, solo un sobresaliente, y en el instituto admitieron en mi lugar al pequeño Efrussi. El desconsuelo de mi padre no tenía límites.

Desde los seis años me había instruido en todas las ciencias que uno pueda imaginar. El sobresaliente lo sumió en la desesperación. Quiso darle una paliza a Efrussi o pagar a dos cargadores para que se la dieran, pero mi madre lo disuadió; de modo que me puse a preparar el examen del año siguiente, para el primer curso. Sin decírmelo, mi familia persuadió a un maestro para que en un año me enseñara las materias del curso preparatorio y de primero a la vez; y, como desconfiábamos de todo, me aprendí de memoria tres libros. Los libros eran: la Gramática de Smirnovski, el Manual de Problemas de Evtushevski y el Manual de Introducción a la Historia de Rusia de Putsikóvich. Los niños ya no estudian con estos libros, pero yo me los aprendí de memoria, del principio al final, y en el examen de lengua rusa con el profesor Karaváyev, al año siguiente, saqué la inalcanzable matrícula de honor.


Isaak Bábel


Historia de mi palomar y otros relatos. Traducción de Ricardo San Vicente. Editorial Minúscula, 2020



15 de enero de 2025

Juan Carlos Onetti - El astillero

 

Hace cinco años, cuando el Gobernador decidió expulsar a Larsen (o Juntacadáveres) de la provincia, alguien profetizó, en broma e improvisando, su retorno, la prolongación del reinado de cien días, página discutida y apasionante —aunque ya casi olvidada— de nuestra historia ciudadana. Pocos lo oyeron y es seguro que el mismo Larsen, enfermo entonces por la derrota, escoltado por la policía, olvidó en seguida la frase, renunció a toda esperanza que se vinculara con su regreso a nosotros.

De todos modos, cinco años después de la clausura de aquella anécdota, Larsen bajó una mañana en la parada de los 'omnibuses' que llegan de Colón, puso un momento la valija en el suelo para estirar hacia los nudillos los puños de seda de la camina, y empezó a entrar en Santa María, poco después de terminar la lluvia, lento y balanceándose, tal vez más gordo, más bajo, confundible y domado en apariencia.

Tomó el aperitivo en el mostrador del Berna, persiguiendo calmoso los ojos del patrón hasta obtener un silencioso reconocimiento. Almorzó allí, solitario y rodeado por las camisas a cuadros de los camioneros. (Ahora éstos disputaban al ferrocarril las cargas hasta El Rosario y los pueblos litorales del norte; parecían haber sido paridos así, robustos, veinteañeros, gritones y sin pasado, junto con el camino de macadam inaugurado unos meses atrás). Se cambió después a una mesa próxima a la puerta y a la ventana para tomar el café con gotas.

Son muchos los que aseguran haberlo visto en aquel mediodía de fines de otoño. Algunos insisten en su actitud de resucitado, en los modos con que, exageradamente, casi en caricatura, intentó reproducir la pereza, la ironía, el atenuado desdén de las posturas y las expresiones de cinco años antes; recuerdan su afán por ser descubierto e identificado, el par de dedos ansioso, listo para subir hasta el ala del sombrero frente a cualquier síntoma de saludo, a cualquier ojo que insinuara la sorpresa del reencuentro. Otros, al revés, siguen viéndolo apático y procaz, acodado en la mesa, el cigarrillo en la boca, paralelo a la humedad de la avenida Artigas, mirando las caras que entraban, sin otro propósito que la contabilidad sentimental de lealtades y desvíos; registrando unas y otros con la misma fácil, breve sonrisa, con las contracciones involuntarias de la boca.

Pagó el almuerzo, con la exagerada propina de siempre, reconquistó su pieza en la pensión de encima del Berna y después de la siesta, más verdadero, menos notable por haberse aliviado de la valija, se puso a recorrer Santa María, pesado, taconeando sin oírse, paseando ante la gente y puertas y vidrieras de comercios su aire de forastero incurioso. Caminó sobre los cuatro costados y las dos diagonales de la plaza como si estuviera resolviendo el problema de ir desde A hasta B, empleando todos los senderos y sin pisar sus pasos anteriores; fue y volvió frente a la verja negra, recién pintada, de la iglesia; entró en la botica que seguía siendo de Barthé —más lento que nunca, más característico, más alerta— para pesarse, comprar jabón y dentífrico, contemplar como a la imprevista foto de un amigo el cartel que anunciaba: «El farmacéutico estará ausente hasta las 17».

Insinuó después una excursión a los alrededores, fue bajando, aumentando el balanceo del cuerpo, tres o cuatro de las cuadras que llevan a la convergencia del camino de la costa con el que va a la Colonia, por la descuidada calle en cuyo final está la casita con balcones celestes, alquilada ahora por Morentz, el dentista. Lo vieron más tarde cerca del molino de Redondo, con los zapatos hundidos en el pasto mojado, fumando contra un árbol; golpeó las manos en la granja de Mantero, compró un vaso de leche y pan, no contestó directamente a las preguntas de los que trataron de ubicarlo («estaba triste, envejecido y con ganas de pelear; mostraba el dinero como si tuviéramos miedo de que se fuera sin pagarnos»). Llegó, probablemente, a perderse durante unas horas en la Colonia, y reapareció, a las siete y media de la tarde, en el mostrador del bar del Plaza, que no había visitado nunca cuando vivió en Santa María. Estuvo repitiendo allí, hasta la noche, las farsas de agresión y curiosidad que atribuyeron a su estada del mediodía en el Berna.

Disputó benévolo con el barman —con una tácita, mantenida alusión al tema que llevaba cinco años de enterrado— acerca de fórmulas de cócteles, del tamaño de los pedazos de hielo, del largo de las cucharas de revolver. Tal vez haya esperado a Marcos y sus amigos; miró al doctor Díaz Grey y no quiso saludarlo. Pagó esta otra cuenta, empujó sobre el mostrador la propina y fue bajándose con seguridad y torpeza del taburete, fue caminando por la tira de linóleo, balanceándose con el premeditado compás, corto y ancho, seguro de que la verdad, aunque marchita, iba naciendo de los golpes de sus zapatos y se transfería al aire, a los demás, con insolencia, con sencillez.

Salió del hotel y es seguro que cruzó la plaza para dormir en la habitación del Berna. Pero ningún habitante de la ciudad recuerda haberlo visto nuevamente antes de que se cumplieran quince días de su regreso. Entonces, era un domingo, todos lo vimos en la vereda de la iglesia, cuando terminaba la misa de once, artero, viejo y empolvado, con un diminuto ramo de violetas que apoyaba contra el corazón. Vimos a la hija de Jeremías Petrus —única, idiota, soltera— pasar frente a Larsen, arrastrando al padre feroz y giboso, casi sonreír a las violetas, parpadear con terror y deslumbramiento, inclinar hacia el suelo, un paso después, la boca en trompa, los inquietos ojos que parecían bizcos.


Juan Carlos Onetti   


Primer capítulo de El astillero (1961)


4 de enero de 2025

Myriam Moscona - Tela de sevoya

 

¿Todos los abuelos de la Tierra hablarán con esos giros tan extraños?
  Esther Benaroya creció envuelta en ese español entreverado con palabras de otros mundos. El judeoespañol no fue la lengua de sus estudios pero sí la que escuchó de sus padres y abuelos. Más adelante vino a hablarla lejos, «adonde arrapan al güerko: Meksiko? Meksiko era para mozotros, en la karta, solo un payis ke de la banda izkyedra le enkolgava una lingua larga kon el nombre de la Basha Kalifornia».
  Al poco tiempo de su llegada, Esther Benaroya, la abuela paterna, decide ir a Sears Roebuck, aquella tienda departamental abierta ante sus ojos alterados por la luz de neón. Necesita comprar pasadores para aplacarse los rizos. Sube las escaleras eléctricas con un temor que nadie parece distinguir. Se encamina al segundo piso y, muy segura de lo que busca, aborda a una dependienta:
  —Senyorita, kero merkar unas firketas para los kaveyos.
  —¿Unas qué?
  —Trokas, firketas.
  La empleada no logra comprender.
  Desde hace algunas semanas, aprendió la palabra chingada y luego chingadera pero ella prefiere el diminutivo: chingaderika. Así pues, se corrige:
  —Kero unas chingaderikas, bre.
  La empleada se sonroja y va disparada en busca del gerente. Esther Benaroya sale con un paquete de cartón lleno de pasadores con punta engomada. La hace feliz desesperar a la gente. Ya le han dicho que la palabra chingadera es una majadería en ese país, pero ella no se inmuta. Es su forma de decir «agora avlo vuestro espanyol komo lo avlash vosotros en la Espanya i en Meksiko». Unos se escandalizan, otros la ignoran o se carcajean ante sus chifladuras.
   Antes de llegar a México, sólo podía decir que era un país lejano donde se usaban chapeos de charro y se comía picante en forma exagerada: «Dize el marido miyo ke los mushos le kedan kemando dospues de estas komidas de foegos».
   Al desembarcar en estas tierras pensó por un momento que todos los mexicanos eran de sangre judía. Todos hablaban español, esa lengua de los sefardíes de Turquía y de Bulgaria. «Ama aki lo avlan malo, malo… No saven dezir las kozas kon su muzika de orijín».

Myriam Moscona


Tela de sevoya, Acantilado, 2014






2 de diciembre de 2024

Julio Llamazares - Memoria de la nieve

 

1

Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces.

En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal donde habita el invierno.

Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir los guerreros más viejos.

En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe los signos del suicidio:

globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre que se espesa en mi rostro.


Julio Llamazares


Memoria de la nieve, 1982




30 de julio de 2024

Friedrich Hölderlin - El Archipiélago

 

¿Tornan las grullas de nuevo a tu lado y enfilan de nuevo
rumbo a tus costas los barcos?¿Envuelven en calma tu flujo
brisas ansiadas y sube del fondo el delfín y su lomo
baña al reclamo del sol que le alumbra con luces no usadas?
¿Jonia florece? ¿Ya es primavera? ¿La hora en que siempre
joven se torna en los vivos el alma y amores primeros
nácenle al hombre y despiertan recuerdos de edades doradas,
tiempo en que acudo a tu lado y saludo al silente, ¡oh anciano!?

Friedrich Hölderlin


Der archipelagus (Friedrich Hölderlin) Edición bilingüe de Helena Cortés Gaubaudan. La Oficina, 2011.


Kehren die Kraniche wieder zu dir, und suchen zu deinen
Ufern wieder die Schiffe den Lauf? umatmen erwünschte
Lüfte dir die beruhigte Flut, und sonnet der Delphin,
Aus der Tiefe gelockt, am neuen Lichte den Rücken?
Blüht Ionien? ists die Zeit? denn immer im Frühling,
Wenn den Lebenden sich das Herz erneut und die erste
Liebe den Menschen erwacht und goldner Zeiten Erinnrung,
Komm ich zu dir und grüß in deiner Stille dich, Alter!






11 de junio de 2023

Nuccio Ordine

 


Nuccio Ordine nació en el municipio calabrés de Diamante en 1958 y, lamentablemente, falleció ayer, 10 de junio, en Cosenza. Lo recordamos con los dos primeros párrafos de la introducción de su La utilidad de lo inútil  Manifiesto (Acantilado, 1ª ed. 2013)


Y es precisamente tarea de la filosofía 
el revelar a los hombres la utilidad de lo inútil
o, si se quiere, enseñarles a diferenciar 
entre dos sentidos diferentes de la palabra utilidad.

Pierre Hadot, Ejercicios espirituales y filosofía antigua 



El oxímoron evocado por el título La utilidad de lo inútil merece una aclaración. La paradójica utilidad a la que me refiero no es la misma en cuyo nombre se consideran inútiles los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios. En una acepción muy distinta y mucho más amplia, he querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista. Existen saberes que son fines por sí mismos y que-precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial-pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y cultural de la humanidad. En este contexto, considero útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores. 

Pero la lógica del beneficio mina por la base las instituciones (escuelas, universidades, centros de investigación, laboratorios, museos, bibliotecas, archivos) y las disciplinas (humanísticas y científicas) cuyo valor debería coincidir con el saber en sí, independientemente de la capacidad de producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos. Es cierto que con mucha frecuencia los museos o los yacimientos arqueológicos pueden ser también fuentes de extraordinarios ingresos. Pero su existencia, contrariamente a lo que algunos querrían hacernos creer, no puede subordinarse al éxito económico: la vida de un museo o una excavación arqueológica, como la de un archivo o una biblioteca, es un tesoro que la colectividad debe preservar con celo a toda costa. 




27 de octubre de 2022

Vicente Núñez y João Guimarães Rosa

  

No me fío en absoluto de la brevedad de las sentencias.
        En la extensión del fárrago está el hallazgo.
        Guimarães Rosa

Vicente Núñez 


Poesía y sofismas  II. Sofismas (Vicente Núñez). Edición de Miguel Casado.Visor, 2008. 



– NONADA. TIROS QUE O SENHOR ouviu foram de briga de homem não, Deus esteja. Alvejei mira em árvores no quintal, no baixo do córrego. Por meu acerto. Todo dia isso faço, gosto; desde mal em minha mocidade. Daí, vieram me chamar. Causa dum bezerro: um bezerro branco, erroso, os olhos de nem ser – se viu –; e com máscara de cachorro. Me disseram; eu não quis avistar. Mesmo que, por defeito como nasceu, arrebitado de beiços, esse figurava rindo feito pessoa. Cara de gente, cara de cão: determinaram – era o demo. Povo prascóvio. Mataram. Dono dele nem sei quem for. Vieram emprestar minhas armas, cedi. Não tenho abusões. O senhor ri certas risadas... Olhe: quando é tiro de verdade, primeiro a cachorrada pega a latir, instantaneamente – depois, então, se vai ver se deu mortos. O senhor tolere, isto é o sertão. Uns querem que não seja: que situado sertão é por os campos-gerais a fora a dentro, eles dizem, fim de rumo, terras altas, demais do Urucuia. Toleima. Para os de Corinto e do Curvelo, então, o aqui não é dito sertão? Ah, que tem maior! Lugar sertão se divulga: é onde os pastos carecem de fechos; onde um pode torar dez, quinze léguas, sem topar com casa de morador; e onde criminoso vive seu cristo-jesus, arredado do arrocho de autoridade. O Urucuia vem dos montões oestes. Mas, hoje, que na beira dele, tudo dá – fazendões de fazendas, almargem de vargens de bom render, as vazantes; culturas que vão de mata em mata, madeiras de grossura, até ainda virgens dessas lá há. O gerais corre em volta. Esses gerais são sem tamanho. Enfim, cada um o que quer aprova, o senhor sabe: pão ou pães, é questão de opiniães... O sertão está em toda a parte.


Comienzo de Grande Sertão: Veredas (1956), de João Guimarães Rosa


9 de mayo de 2022

Theodor Kallifatides - Lo pasado no es un sueño

 

Tenía ocho años cuando mi abuelo me tomó de la mano y no la soltó hasta que encontramos a mis padres en Atenas. Quién sabe qué podría haber pasado si me hubiera quedado en el pueblo.

Era 1946. Principios de la primavera de 1946. Los almendros florecían uno al lado del otro y el campo estaba en su esplendor. Antes que todos los demás árboles, mientras el viento del norte aún siega como una hoz, «florece el enloquecido almendro», como dice la canción, y brotan delicadas florecitas blancas con un aroma dulce y sutil, que recuerda el sabor de la almendra.

Éramos expertos en cuestión de almendras. Las comíamos frescas, asadas, escaldadas, peladas, saladas, azucaradas. Lo único que no hacíamos con ellas era suvlaki. En junio de 1941 entraron los alemanes en el pueblo. Se apoderaron de todo lo que había comestible, y lo que no pudieron llevarse con ellos quedó para los que se dedicaban al mercado negro. Pasábamos hambre. Los terrenos se vendían por un saco de harina. Las muchachas se compraban por un litro de aceite. Las almas se extinguían de inanición como luciérnagas.

Nosotros, en el pueblo, teníamos almendras. Pasábamos hambre, pero nadie moría. Yo tenía tres años y mi abuela –profundamente religiosa– me había enseñado a terminar mi plegaria de la noche con un ruego especial a Diosito por el pan del día siguiente.

–¿Vino el pan? –le preguntaba por la mañana, apenas me despertaba.

–Este niño es como santo Tomás –decía mi abuela y yo no entendía.

Theodor Kallifatides



Lo pasado no es un sueño. Traducción del griego moderno de Selma Ancira. Galaxia Gutenberg, 2021 (Τα περασμένα δεν είναι όνειρο, 2012)



21 de febrero de 2022

Dos versos de Carlos Drummond de Andrade

 

Los dos primeros versos de un largo poema del poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade (1902 - 1987), titulado «Idade madura», incluido en su libro A Rosa do Povo (1945):


As lições da infância
desaprendidas na idade madura.




24 de noviembre de 2021

Guillermo Cabrera Infante - La Habana para un infante difunto

 

Era la primera vez que subía una escalera: en el pueblo había muy pocas casas que tuvieran más de un piso y las que lo tenían eran inaccesibles. Este es mi recuerdo inaugural de La Habana: ir subiendo unas escaleras con escalones de mármol. Hay la memoria intermedia de la estación de ómnibus y el mercado del frente, la plaza del Vapor, arcadas ambas, colmadas de columnas, pero en el pueblo también había portales. Así mi verdadero primer recuerdo habanero es esta escalera lujosa que se hace oscura en el primer piso (tanto que no registro el primer piso, sólo la escalera que tuerce una vez más después del descanso) para abrirse, luego de una voluta barroca, al segundo piso, a una luz diferente, filtrada, casi malva, y a un espectáculo inusitado. Enfrento (para este momento mi familia había desaparecido ante mi asombro) un pasillo largo, un túnel estrecho, un corredor como no había visto nunca antes, al que se abrían muchas puertas, perennemente abiertas, pero no se veían los cuartos, el interior oculto por unas cortinas que dejaban un espacio, largo, arriba y otro tramo, corto, abajo. El aire movía los telones de distintos colores que no dejaban ver las funciones domésticas: aunque era pleno verano, temprano en la mañana había fresco y una corriente venía del interno. El tiempo se detuvo ante aquella visión: con mi acceso a la casa marcada Zulueta 408 había dado un paso trascendental en mi vida: había dejado la niñez para entrar en la adolescencia. Muchas personas hablan de su adolescencia, sueñan con ella, escriben sobre ella, pero pocos pueden señalar el día que comenzó la niñez extendiéndose mientras la adolescencia se contrae–o al revés. Pero yo puedo decir con exactitud que el 25 de julio de 1941 comenzó mi adolescencia. Por supuesto que seguiría siendo un niño mucho tiempo después, pero esencialmente aquel día, aquella mañana, aquel momento en que enfrenté el largo corredor de cortinas, contemplando la vista interior que luego asustaría hasta un veterano de la vida bohemia, el pintor primitivo Cherna Bue, que visitó la casa mucho tiempo después y se negó de plano a quedarse en ella un momento siquiera, espantado por la arquitectura de colmena depravada que tenía el edificio, aquel a cuya formidable entrada había un anuncio arriba que decía: «Se Alquilan Habitaciones–Algunas con Días Gratis», ese día preciso terminó mi niñez. No sólo era mi acceso a esa institución de La Habana pobre, el solar (palabra que oí ahí por primera vez, que aprendería como tendría que aprender tantas otras: la ciudad hablaba otra lengua, la pobreza tenía otro lenguaje y bien podía haber entrado a otro país: tiempo después, cuando llegaron las etimologías, aprendí que solar era una mera degradación de casa solariega, la palabra cortada, el edificio transformado en falansterio) sino que supe que había comenzado lo que sería para mí una educación.
    Avanzamos todos juntos ahora, intimidados, por el largo pasillo hasta la única puerta cerrada, que enfrentaba otro pasillo más largo (el interior del edificio estaba diseñado como una alta T con un rasgo al final y a la izquierda, una suerte de serife donde luego encontraríamos los baños y los inodoros colectivos, nociva novedad), esa puerta era la nuestra–por un tiempo. Mi madre había logrado que una familia del pueblo, que regresaban por el verano, nos prestaran el cuarto por un mes. Mi padre (aunque debía haber sido mi madre quien lo hiciera) abrió la puerta y nos asaltó un olor que siempre asociamos con aquel cuarto, con aquella familia, que nunca habíamos sentido cuando visitábamos su gran casa en el pueblo, en reuniones comunistas. Mi madre descubrió que era producido por unos polvos misteriosos que usaban, aunque nunca supimos para qué. Ese olor, como el perfume que llevaba la primera prostituta con quien me acosté, era típicamente habanero y aunque el perfume de la puta tenía el aroma de lo prohibido, resultaba tentador y grato, este otro olor memorable que salía del cuarto podía ser llamado ofensivo, malvado, un hedor–el tufo del rechazo. Ambos olores son el olor de la iniciación, el incienso de la adolescencia, una etapa de mi vida que no desearía volver a vivir –y sin embargo hay tanto que recordar de ella.

Guillermo Cabrera Infante


La Habana para un infante difunto, Seix Barral, 1ª ed. 1979



22 de noviembre de 2021

Marguerite Yourcenar - Memorias de Adriano

 

Mi abuelo Marulino creía en los astros. Aquel anciano demacrado, de rostro amarillento, me concedía el mismo afecto sin ternura, sin signos exteriores y casi sin palabras, que tenía por los animales de su granja, sus tierras, su colección de piedras caídas del cielo. Descendía de una vasta línea de antepasados establecidos en España desde la época de los Escipiones. Era de jerarquía senatorial, y tercero del mismo nombre; hasta entonces nuestra familia había pertenecido al orden ecuestre. Bajo el reinado de Tito, mi abuelo había participado modestamente en las actividades públicas. Este provinciano ignoraba el griego, y hablaba el latín con ronco acento español que me trasmitió y que más tarde fué motivo de risa. Pero su espíritu no era completamente inculto; a su muerte se halló en su casa un saco lleno de instrumentos de matemáticas y de libros que no había tocado en veinte años. Tenía conocimientos semicientíficos, semicampesinos, la misma mezcla de prejuicios estrechos y añeja sabiduría que caracterizaron a Catón el viejo. Pero Catón fué toda su vida el hombre del Senado romano y de la guerra de Cartago, el exacto representante de la dura Roma republicana. La dureza casi impenetrable de Marulino remontaba más atrás, a épocas más antiguas. Era el hombre de la tribu, la encarnación de un mundo sagrado y casi aterrador, cuyos vestigios encontré más tarde entre nuestros necrománticos etruscos. Andaba siempre a cabeza descubierta, cosa que luego habrían de criticar en mí; sus pies encallecidos prescindían de las sandalias. En los días ordinarios, sus ropas se distinguían apenas de las de los viejos mendigos y los graves aparceros acurrucados al sol. Tenía fama de brujo y los aldeanos trataban de evitar su mirada. Pero gozaba de un singular poder sobre los animales. Le he visto acercar su cabeza cana a un nido de víboras, prudente y amistosamente; he visto sus dedos nudosos que ejecutaban una especie de danza frente a un lagarto. En las noches de verano me llevaba a lo alto de una árida colina para observar el cielo. Me quedaba dormido en un hueco, fatigado de contar los meteoros. Él seguía sentado, alta la cabeza, girando imperceptiblemente con los astros. Debía de haber conocido los sistemas de Filolao y de Hiparco, y el de Aristarco de Samos, que preferí más tarde, pero esas especulaciones ya no le interesaban. Para él los astros eran puntos inflamados, objetos como las piedras y los lentos insectos de los cuales también extraía presagios, partes constitutivas de un universo mágico que abarcaba las voluntades de los dioses, la influencia de los demonios, y la suerte reservada a los hombres. Había determinado el tema de mi natividad. Una noche vino a mí, me sacudió para despertarme y me anunció el imperio del mundo con el mismo laconismo gruñón que hubiera empleado para predecir una buena cosecha a las gentes de la granja. Luego, presa de desconfianza, fué a sacar una tea del pequeño fuego de sarmientos que mantenía para calentarnos en las horas de frío, la acercó a mi mano y leyó en mi espesa palma de niño de once años no se que confirmación de las líneas inscritas en el cielo. El mundo era para él un solo bloque: una mano confirmaba los astros. Su noticia me conmovió menos de lo que podía creerse: un niño lo espera siempre todo. Creo que después se olvidó de su profecía, sumido en esa indiferencia a los sucesos presentes y futuros que es propia de la ancianidad. Lo encontraron una mañana en el bosque de castaños de los confines del dominio, ya frío y picoteado por las aves de presa. Antes de morir había tratado de enseñarme su arte. No tuvo éxito; mi curiosidad natural saltaba de golpe a las conclusiones sin preocuparse por los detalles complicados y un tanto repugnantes de su ciencia. Pero quedó en mí el gusto por ciertas experiencias peligrosas.

Marguerite Yourcenar


Memorias de Adriano. Traducción de Julio Cortázar. Edhasa, 13ª reimpresión, 1985. 1ª ed. en lengua española, Buenos Aires, Sudamericana, 1955. Título original: Memoires d'Hadrien, Plon, 1951.