Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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21 de julio de 2026

Claudio Rodríguez - Mientras tú duermes

 

MIENTRAS TÚ DUERMES

Cuando tú duermes
pones los pies muy juntos,
alta la cara y ladeada, y cruzas
y alzas las rodillas, no astutas todavía;
la mano silenciosa en la mejilla izquierda
y la mano derecha en el hombro que es puerta
y oración no maldita.

Qué cuerpo tan querido,
junto al dolor lascivo de su sueño,
con su inocencia y su libertad,
como recién llovido.

Ahora que estás durmiendo
y la mañana de la almohada,
el oleaje de las sábanas,
me dan camino a la contemplación,
no al sueño, pon, pon tus dedos
en los labios,
y el pulgar en la sien,
como ahora. Y déjame que ande
lo que estoy viendo y amo: tu manera
de dormir, casi niña,
y tu respiración tan limpia que es suspiro
y llega casi al beso.

Te estoy acompañando. Despiértate. Es de día.


Claudio Rodríguez


El vuelo de la celebración, Visor, 1976




Claudio Rodríguez, por Nicolás Müller (1965)

 


Uno de los varios retratos realizados al poeta zamorano Claudio Rodríguez (1934-1999) por el fotógrafo Nicolás Muller en noviembre de 1965. Archivo Regional de la Comunidad de Madrid.


(Zamorateca)



Claudio Rodríguez - Brujas a mediodía

 

BRUJAS A MEDIODÍA

                          (Hacia el conocimiento)


I

NO son cosas de viejas
ni de agujas sin ojo o alfileres
sin cabeza. No salta,
como sal en la lumbre, este sencillo
sortilegio, este viejo
maleficio. Ni hisopo
para rociar ni vela
de cera virgen necesita. Cada
forma de vida tiene
un punto de cocción, un meteoro
de burbujas. Allí, donde el sorteo
de los sentidos busca
propiedad, allí, donde
se cuaja el ser, en ese
vivo estambre, se aloja
la hechicería. No tan sólo el cuerpo,
con su leyenda de torpeza, lo que
nos engaña: en la misma
constitución de la materia, en tanta
claridad que es estafa,
guiños, mejunjes, trémulo
carmín, nos trastornan. Y huele
a toca negra y aceitosa, a pura
bruja este mediodía de septiembre
y en los pliegues del aire,
en los altares del espacio hay vicios
enterrados, lugares
donde se compra juventud, siniestras
recetas para amores. Y en la tensa
maduración del día, no unos labios
sino secas encías,
nos chupan de la sangre
el rezo y la blasfemia,
el recuerdo, el olvido,
todo aquello que fue sosiego o fiebre.
Como quien lee en un renglón tachado
el arrepentimiento de una vida,
con tesón, con piedad, con fe, aun con odio,
ahora a mediodía, cuando hace
calor y está apagado
el sabor, contemplamos
el hondo estrago y el tenaz progreso
de las cosas, su eterno
delirio, mientras chillan
las golondrinas de la huida.


II

La flor del monte, la manteca añeja,
el ombligo de niño, la verbena
de la mañana de San Juan, el manco
muñeco, la resina,
buena para caderas de mujer,
el azafrán, el cardo bajo, la olla
de Talavera con pimienta y vino,
todo lo que es cosa de brujas, cosa
natural, hoy no es nada
junto a este aquelarre
de imágenes que, ahora,
cuando los seres dejan poca sombra,
da un reflejo: la vida.
La vida no es reflejo
pero, ¿cuál es su imagen?
Un cuerpo encima de otro
¿siente resurrección o muerte? ¿Cómo
envenenar, lavar
este aire que no es nuestro pulmón?
¿Por qué quien ama nunca
busca verdad, sino que busca dicha?
¿Cómo sin la verdad
puede existir la dicha? He aquí todo.

Pero nosotros nunca
tocamos la sutura,
esa costura (a veces un remiendo,
a veces un bordado),
entre nuestros sentidos y las cosas,
esa fina arenilla
que ya no huele dulce sino a sal,
donde el río y el mar se desembocan,
un eco en otro eco, los escombros
de un sueño en la cal viva
del sueño aquel por el que yo di un mundo
y lo seguiré dando. Entre las ruinas
del sol tiembla
un nido con calor nocturno. Entre
la ignominia de nuestras leyes se alza
el retablo con viejo
oro y vieja doctrina
de la nueva justicia. ¿En qué mercados
de altas sisas el agua
es vino, el vino sangre, sed la sangre?
¿Por qué aduanas pasa
de contrabando harina
como carne, la carne
como polvo y el polvo
como carne futura?

Esto es cosa de bobos. Un delito
común este andar entre pellizcos
de brujas. Porque ellas
no estudian sino bailan
y mean, son amigas
de bodegas. Y ahora,
a mediodía,
si ellas nos besan desde tantas cosas,
¿dónde estará su noche,
dónde sus labios, dónde nuestra boca
para aceptar tanta mentira y tanto
amor?

Claudio Rodríguez


Primer poema de Alianza y condena (1965)



17 de mayo de 2026

Claudio Rodríguez - A las puertas de la ciudad

 

A LAS PUERTAS DE LA CIUDAD  

Voy a esperar un poco
a que se ponga el sol, aunque estos pasos
se me vayan allí, hacia el baile mío,
hacia la vida mía. Tantos años
hice buena pareja con vosotros,
amigos. Y os dejé, y me fui a mi barrio
de juventud creyendo
que allí estaría mi verbena en vano.
¡Si creí que podíais seguir siempre
con la seca impiedad, con el engaño
de la ciudad a cuestas! ¡Si creía
que ella, la bien cercada, mal cercado
os tuvo siempre el corazón, y era
todo sencillo, todo tan a mano
como el alzar la olla, oler el guiso
y ver que está en su punto! ¡Si era claro:
tanta alegría por tan poco costo
era verdad, era verdad! Ah, cuándo
me daré cuenta de que todo es simple.
¿Qué estaba yo mirando
que no lo vi? ¿Qué hacía tan tranquila
mi juventud bajo el inmenso arado
del cielo si en cualquier parte, en la calle,
se nos hincaba, hacia el trabajo
removiéndonos hondo a pesar nuestro?
Años y años confiando
en nuestros pobres laboreos, como
si fuera nuestra la cosecha, y cuánto,
cuánto granar nos iba
cerniendo la azul criba del espacio,
nada era nuestro ya: todo nuestro amo.
Como el Duero en abril entra la casa
del hombre y allí suena, allí va dando
su eterna empresa y su labor, y, entonces,
¿qué se podría hacer: ponerse a salvo
con el río a la puerta,
vivir como si no entrara hasta el cuarto,
hasta el más simple adobe el puro riego
de la tierra y del mundo?; y bien, al cabo
así nosotros, ¿qué otra cosa haríamos
sino tender nuestra humildad al raso,
secar al sol nuestra alegría, nuestra
sola camisa limpia para siempre?
Basta de hablar en vano
que hoy debo hacer lo que debí haber hecho.
Perdón si antes no os quise dar la mano
pero yo qué sabía. Vuelvo alegre
y esta calma de puesta da a mis pasos
el buen compás, la buena
marcha hacia la ciudad de mis pecados.
¡De par en par las puertas! Voy. Y entro
tan seguro, tan llano
como el que barbechó en enero y sabe
que la tierra no falla, y un buen día
se va tranquilo a recoger su grano.

Claudio Rodríguez


Conjuros, 1958


30 de enero de 2026

Claudio Rodríguez - Hilando

 

HILANDO 

Tanta serenidad es ya dolor.
Junto a la luz del aire
la camisa ya es música, y está recién lavada,
aclarada,
bien ceñida al escorzo
risueño y torneado de la espalda,
con su feraz cosecha,
con el amanecer nunca tardío
de la ropa y la obra. Este es el campo
del milagro: helo aquí,
en el alba del brazo,
en el destello de estas manos, tan acariciadoras
devanando la lana:
el hilo y el ovillo,
y la nuca sin miedo, cantando su viveza
y el pelo muy castaño
tan bien trenzado,
con su moño y su cinta;
y la falda segura; sin pliegues, color jugo de acacia.
Con la velocidad del cielo ido,
con el taller, con
el ritmo de las mareas de las calles,
está aquí, sin mentira,
con un amor tan mudo y con retorno,
con su celebración y con su servidumbre.

Claudio Rodríguez


El vuelo de la celebración, Visor, 1976





18 de enero de 2026

Claudio Rodríguez - Nuevo día

 

NUEVO DÍA 

Después de tantos días sin camino y sin casa
y sin dolor siquiera y las campanas solas
y el viento oscuro como el del recuerdo
llega el de hoy.

Cuando ayer el aliento era misterio
y la mirada seca, sin resina,
buscaba un resplandor definitivo,
llega tan delicada y tan sencilla,
tan serena de nueva levadura
esta mañana…

Es la sorpresa de la claridad,
la inocencia de la contemplación,
el secreto que abre con moldura y asombro
la primera nevada y la primera lluvia
lavando el avellano y el olivo
ya muy cerca del mar.

Invisible quietud. Brisa oreando
la melodía que ya no esperaba.
Es la iluminación de la alegría
con el silencio que no tiene tiempo.
Grave placer el de la soledad.
Y no mires el mar porque todo lo sabe
cuando llega la hora
adonde nunca llega el pensamiento
pero sí el mar del alma,
pero sí este momento del aire entre mis manos,
de esta paz que me espera
cuando llega la hora
-dos horas antes de la media noche-
del tercer oleaje, que es el mío.

Claudio Rodríguez


Casi una leyenda, Tusquets, 1991




31 de mayo de 2025

Claudio Rodríguez - Tiempo mezquino

 

TIEMPO MEZQUINO

Hoy con el viento del Norte
me ha venido aquella historia.
Mal andaban por entonces
mis pies y peor mi boca
en aquella ciudad de hosco
censo, de miseria y de honra.
Entre la vieja costumbre
de rapiña y de lisonja,
de pobre encuesta y de saldo
barato, iba ya muy coja
mi juventud. ¿Por qué lo hice?
Me avergüenzo de mi boca
no por aquellas palabras
sino por aquella boca
que besó. ¿Qué tiempo hace
de ello? ¿Quién me lo reprocha?
Un sabor a almendra amarga
queda, un sabor a carcoma;
sabor a traición, a cuerpo
vendido, a caricia pocha.

Ojalá el tiempo tan sólo
fuera lo que se ama. Se odia
y es tiempo también. Y es canto.
Te odié entonces y hoy me importa
recordarte, verte enfrente
sin que nadie nos socorra
y amarte otra vez, y odiarte
de nuevo. Te beso ahora
y te traiciono ahora sobre
tu cuerpo. ¿Quién no negocia
con lo poco que posee?
Si ayer fue venta, hoy es compra;
mañana, arrepentimiento.
No es la sola hora la aurora.

Claudio Rodríguez


Alianza y condena (1965)




4 de mayo de 2025

Claudio Rodríguez - Sin leyes

 

SIN LEYES

                                  Ya cantan los gallos,
                                  amor mío. Vete:
                                  canta que amanece.

                                  Anónimo


EN esta cama donde el sueño es llanto,
no de reposo, sino de jornada,
nos ha llegado la alta noche. ¿El cuerpo
es la pregunta o la respuesta a tanta
dicha insegura? Tos pequeña y seca,
pulso que viene fresco ya y apaga
la vieja ceremonia de la carne
mientras no quedan gestos ni palabras
para volver a interpretar la escena
como noveles. Te amo. Es la hora mala
de la cruel cortesía. Tan presente
te tengo siempre que mi cuerpo acaba
en tu cuerpo moreno por el que una
vez más me pierdo, por el que mañana
me perderé. Como una guerra sin
héroes, como una paz sin alianzas,
ha pasado la noche. Y yo te amo.
Busco despojos, busco una medalla
rota, un trofeo vivo de este tiempo
que nos quieren robar. Estás cansada
y yo te amo. Es la hora. ¿Nuestra carne
será la recompensa, la metralla
que justifique tanta lucha pura
sin vencedores ni vencidos? Calla,
que yo te amo. Es la hora. Entra ya un trémulo
albor. Nunca la luz fue tan temprana.


Claudio Rodríguez



Alianza y condena (1965)



* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *



Ya cantan los gallos
amor mío y vete;
cata que amanece.

Vete, alma mía,
más tarde no esperes,
no descubra el día
los nuestros placeres.
Cata que los gallos,
según me parece,
dicen que amanece.




30 de enero de 2025

Claudio Rodríguez - Un suceso

 

UN SUCESO

                               Bien est verté que j’ai amé
                               et ameroie voulentiers...

                                         François Villon

Tal vez, valiendo lo que vale un día,
sea mejor que el de hoy acabe pronto.
La novedad de este suceso, de esta
muchacha casi niña pero de ojos
bien sazonados ya y de carne a punto
de miel, de andar menudo, con su moño
castaño claro, su tobillo hendido
tan armoniosamente, con su airoso
pecho que me deslumbra más que nada
la lengua… Y no hay remedio, y le hablo ronco
como la gaviota, a flor de labio
(de mi boca gastada), y me emociono
disimulando ciencia e inocencia
como quien no distingue un abalorio
de un diamante, y le hablo de detalles
de mi vida, y la voz se me va, y me oigo
y me persigo, muy desconfiado
de mi estudiada habilidad, y pongo
cuidado en el aliento, en la mirada
y en las manos, y casi me perdono
al sentir tan preciosa libertad
cerca de mí. Bien sé que esto no es solo
tentación. Cómo renuncio a mi deseo
ahora. Me lastimo y me sonrojo
junto a esta muchacha a la que hoy amo,
a la que hoy pierdo, a la que muy pronto
voy a besar muy castamente sin que
sepa que en ese beso va un sollozo.

Claudio Rodríguez


Alianza y condena (1965)     



Claudio Rodríguez y la poesía

 

✍︎ Para mí, la poesía es salvación y es celebración.


✍︎ Pienso que la poesía es, sobre todo, participación. Nace de una participación que que el poeta establece entre las cosas y su experiencia poética de ellas dentro del lenguaje.


✍︎ La poesía –y el arte– son, entre otras cosas, un medio de purificación.


✍︎ La poesía es el canto, la elevación de la palabra, siempre arrimada ésta al alma. Si no veo el espítiru, todo me parece epidérmico, lateral, anecdótico.


✍︎ La vida no es poesía, pero la poesía es vida.


Claudio Rodríguez



31 de diciembre de 2024

Claudio Rodríguez - Gorrión

 

GORRIÓN

No olvida. No se aleja
este granuja astuto
de nuestra vida. Siempre
de prestado, sin rumbo,
como cualquiera, aquí anda,
se lava aquí, tozudo,
entre nuestros zapatos.
¿Qué busca en nuestro oscuro
vivir? ¿Qué amor encuentra
en nuestro pan tan duro?
Ya dio al aire a los muertos
este gorrión que pudo
volar pero aquí sigue,
aquí abajo, seguro,
metiendo en su pechuga
todo el polvo del mundo.

Claudio Rodríguez


Alianza y condena (1965)



19 de noviembre de 2024

Claudio Rodríguez - Blas de Otero en el taller de Ramón Abrantes, en Zamora

 

Taller de Venancio Blanco: Claudio, Ramón Abrantes,
Antonio Pedrero y Alberto de la Torre Cavero.


Blas de Otero en el taller de Ramón Abrantes, en Zamora

Por ver cómo corre el Duero
y cómo la escayola y el cemento,
cómo el pan, la herramienta
cantando y acusando entre las manos
de Ramón y de Julio, y de Marcelo,
de Tomás y de Antonio,
sobre todo de Eugenio,
estabas.
Sí, entre el barro
y el alma,
cuando la luz se hacía melodía
y manantial, y el cielo
«muy luminosamente rojo», como dices,
entonces, a dos pasos,
se abría el puente y abrazaba el agua,
tan íntima y fecunda,
y la tejía entre sus ojos limpios,
y la amasaba libre,
con el molde sudado y respirado,
junto con los amigos.
Ahí, en el taller tuyo estás tallando
(copio tu estilo)
no tan sólo palabras verdaderas
sino también la salvación, la busca
y la protesta. Pasa
el agua, ahí, a dos pasos,
del Duero.
Y el taller, y el latido
del ritmo de la obra y de la mano,
están ahí, contigo,
junto a los muslos de las lavanderas
sin que el río se muera en nuestros brazos
porque el agua del Duero es ya cal viva.

Claudio Rodríguez


(Fuente)






30 de enero de 2024

Claudio Rodríguez - En invierno es mejor un cuento triste

 

EN INVIERNO ES MEJOR UN CUENTO TRISTE

Conmigo tu no tengas
remordimiento, madre. Yo te doy lo único
que puedo darte ahora: si no amor, 
sí reconciliación. Ya sé el fracaso, 
la victoria que cabe
en un cuerpo. El caer, el arruinarse
de tantos años contra el pedernal
del dolor, el huir
con leyes a mansalva
que me daban razón, un cruel masaje
para alejarme de ti; historias
de dinero y de catres, 
de alquileres sin tasa, 
cuando todas mis horas eran horas de lobo, 
cuando mi vida fue estar al acecho
de tu caída, de tu
herida, en la que puse, 
si no el diente, tampoco
la lengua, 
me dan hoy el tamaño
de mi pecado. 

Sólo he crecido en esqueleto: mírame. 
Asómate como antes
a la ventana. Tú no pienses nunca
en esa caña cruda que me irguió
hace dieciséis años. Tú ven, ven, 
mira que clara está la noche ahora, 
mira que yo te quiero, que es verdad, 
mira cómo donde hubo
parcelas hay llanuras, 
mira a tu hijo que vuelve
sin camino y sin manta, como entonces, 
a tu regazo con remordimiento. 

Claudio Rodríguez


Alianza y condena (1965) 



3 de agosto de 2023

Claudio Rodríguez - Adiós

 

ADIÓS

Cualquier cosa valiera por mi vida
esta tarde. Cualquier cosa pequeña
si alguna hay. Martirio me es el ruido
sereno, sin escrúpulos, sin vuelta
de tu zapato bajo. ¿Qué victorias
busca el que ama? ¿Por qué son tan derechas
estas calles? Ni miro atrás ni puedo
perderte ya de vista. Esta es la tierra
del escarmiento: hasta los amigos
dan mala información. Mi boca besa
lo que muere, y lo acepta. Y la piel misma
del labio es la del viento. Adiós. Es útil
norma este suceso, dicen. Queda
tú con las cosas nuestras, tú, que puedes,
que yo me iré donde la noche quiera.

Claudio Rodríguez



 Alianza y condena (1965)



 

30 de enero de 2023

Claudio Rodríguez - Lo que no se marchita

 

LO QUE NO SE MARCHITA

Estos niños que cantan y levantan
la vida,
en los corros del mundo
que no son muro sino puerta abierta
donde si una vez se entra verdaderamente
nunca se sale,
porque nunca se sale del milagro.
Aquí no hay cerraduras,
ni clavazón, ni herrajes,
ni timbres, ni aún ni quicios,
sino inocencia, libertad, destino.
Estos niños que al cielo llaman cielo
porque es muy alto,
y que al sueño lo han visto
azul celeste, con lunares blancos,
bailar con un ratón entre los muebles
generosos y horribles de la infancia,
y misteriosos:
ahí, en la pata de esa mesa queda
la ilusión, hoy recuerdo,
y en el respaldo de esa silla un nido
cálido, y cruel, y virgen,
y en ese armario el resplandor del miedo
cuando, al abrirlo, nunca
se sabe si hay avispas o si hay miel,
ropa o el cielo limpio de la ropa.
Estos niños que rompen el dinero
como si fuera cáscara de huevo
y saben que los números
no saltan a la comba porque tienen las piernas
flojas, menos el tres, y saben cómo
susurra la ceniza en los dientes del lobo.

Sí, cuántas veces, sin merecimiento,
estoy junto a este corro, junto a esta
cúpula,
junto a los niños que no tienen sombra.
Y lo oigo cantar, sólido y vivo,
y me alegra, y me acusa,
tan lleno de ternura y de secreto,
ofrecido e inútil hasta ahora
por jardines, por plazas y por calles,
hasta por
la respiración, el pulso y la caricia
precisa, el beso claro.

Contemplo ahora a la niña más pequeña:
la que pone su infancia
bajo la leña.
Hay que salvarla. Canta y baila torpemente
y hay que salvarla.
Esa delicadeza que hay en su torpeza
hay que salvarla.
Da amor: es una niña
rubia, de ojos azules, tan azules que
casi entristecen. Nunca
tuve esa luz maravillosa y cierta.
Hay que salvarte. Ven.
Acércate, no sé, no sé,
pero quiero contarte
algo que quizá nadie te ha contado,
un cuento que ahora para mí es lamento.
Ven, ven, y siente
caer la lluvia pura, como tú,
oye su son, y cómo
nos da canción a cambio
de dolor, de injusticia. Tú ven, ven,
bendito polen, dame
tu claridad, tu libertad, y ponte
más cruzado tu lazo
amarillo limón. Yo quiero, quiero
que se te mueva el pelo más, que alces
la aventura de tu cintura más,
y que tu cuerpo sea sonoro y redentor.

Y sigue el corro,
y vivo en él, en pleno mar adentro,
con estos niños,
nunca cautivo sino con semillas
feraces en el alma, mientras la lluvia cae.

Sólo pido que pueda,
cuando pasen los años,
volver a entrar con el latido de ahora
en este cuerpo duradero y puro,
entrar en este corro,
en esta casa abierta para siempre.

Claudio Rodríguez


El vuelo de la celebración, 1976




24 de agosto de 2022

Claudio Rodríguez - Con media azumbre de vino

 

CON MEDIA AZUMBRE DE VINO   

¡Nunca serenos! ¡Siempre
con vino encima! ¿Quién va a aguarlo ahora
que estamos en el pueblo y lo bebemos
en paz? Y, sin especies,
no en el sabor la fuerza, media azumbre
de vino peleón, doncel o albillo,
tinto de Toro. Cuánto necesita
mi juventud; mi corazón, qué poco.
Meted hoy en los ojos el aliento
del mundo, el resplandor del día! Cuándo
por una sola vez y aquí, enfilando
cielo y tierra, estaremos ciegos. Tardes,
mañanas, noches, todo, árboles, senderos,
cegadme! El sol no importa, las lejanas
estrellas... ¡Quiero ver, oh, quiero veros!
Y corre el vino y cuánta,
entre pecho y espalda cuánta madre
de amistad fiel nos riega y nos desbroza.
Voy recordando aquellos días. ¡Todos,
pisad todos la sola uva del mundo:
el corazón del hombre! ¡Con su sangre
marcad las puertas! Ved; ya los sentidos
son una luz hacia lo verdadero.
Tan de repente ha sido.
Cuánta esperanza, cuánta cuba hermosa
sin fondo, con olor a tierra, a humo.
Hoy he querido celebrar aquello
mientras las nubes van hacia la puesta.
Y antes de que las lluvias del otoño
caigan, oíd: vendimiad todo lo vuestro,
contad conmigo. Ebrios de sequía,
sea la claridad zaguán del alma.
¿Dónde quedaron mis borracherías?
Ante esta media azumbre, gracias, gracias
una vez más y adiós, adiós por siempre.
No volverá el amigo fiel de entonces.

Claudio Rodríguez


Conjuros (1958)




28 de julio de 2022

Claudio Rodríguez, la mirada y el hacerse de las cosas

 

Claudio Rodríguez, sentía, además, una inmensa curiosidad y respeto por todas las cosas. Si en su poesía hablaba con frecuencia del vuelo de las aves, era porque sabía, entre otras cosas, que el vuelo de la paloma tiene tres tiempos, y es muy distinto al de los otros pájaros, tal y como él mismo había comprobado en sus largas caminatas. Y si en un poema hablaba, por ejemplo, de una llave o una cerradura, aunque fuera de forma simbólica, era porque se había pasado largas horas observando con paciencia y asombro el trabajo de los cerrajeros. «A mí me encanta mirar –me dijo en una ocasión–, disfruto mucho viendo a la gente trabajar, viendo cómo se hacen las cosas. ¿Te has fijado en que hoy en día ya sólo nos relacionamos con el objeto "acabado", que ya no lo vemos hacer? Un campesino de Zamora me dijo un día que la paciencia se aprende y ejercita mirando crecer las plantas. Yo puedo tirarme horas y horas contemplando cualquier actividad o la quietud de las cosas cotidianas, no sólo la naturaleza».

Luis Jambrina


En "Casi una leyenda", artículo publicado en la revista Zurgai [Euskal herriko olerkiaren aldizkaria - Poetas por su pueblo],  julio de 2006, titulado "Con Claudio Rodríguez"



Vicente Molina Foix - El vecino Claudio

 

EL VECINO CLAUDIO

¿Qué quería decir el autor de estos versos: "La oscuridad del tórax, la cal de uva del labio,/ la penumbra del hueso y la penumbra/ de la saliva"? ¿Qué cosa es un olor "a la armonía de la ropa al raso"? ¿Es bella o sólo extraña la imagen "el ombligo que aclara tanto beso"? Durante muchos años recordé yo, incapacitado para memorizar palabras, las ocho de una invocación: "Cómo cantaba mayo en la noche de enero", y mantuve rondando un buen tiempo en la cabeza, hasta encarnarlas, dos líneas de las que presentía un alma reveladora: "Con la prudencia de la encina oyendo/ la señal de la liebre". Confío en que la voz de Claudio Rodríguez haya quedado en algún sitio, pero no sólo recitando. Si le registraron en cinta una lectura de los poemas de su último libro, Casi una leyenda, de los que he tomado mis citas, es posible que una inflexión de voz, un acento, una pausa que nosotros no haríamos, dieran la clave de acceso al fondo del signo. Pero si lo que alguien -una televisión, una radio, un pirata de las grabadoras- conserva es la voz natural, el habla de Claudio,será mucho más fácil para el futuro lector entrar en el misterio de su inmaculada dualidad, condición que el poeta recién muerto compartía con Novalis y Hopkins, con Miguel Hernández, con Pessoa, exaltados de la palabra transfigurada sujetos a una vida externa de simples.En mi vida le vi muchas veces, sobre todo en la época universitaria, cuando Claudio formaba parte del grupo amistoso de poetas mayores (Bousoño, Brines, Hierro, Angélica Becker, Nieva) que nos precedían (a Carnero y Azúa, Ana María Moix, Leopoldo María y yo, entonces pre-novísimos) en el culto de admiración cercana a Vicente Aleixandre. La afabilidad, la sencillez, el vino de Claudio; ya se ha hablado mucho de estas características. A mí me fascinaba, como le intriga al niño oír al adulto de todos los días que es su padre intrincadas conversaciones de negocios, que el autor de Conjuros y Alianza y condena, una poesía de reverberaciones tras la que el pensamiento de un vidente nos hace sagrados, mirase de madrugada a las chicas como un peón caminero y se trabucara al contar chistes. O tuviese fácil la lágrima en las desgracias, él, que nunca en un poema se permitió ponerse sentimental.

Hace pocos años lo encontré entrando como Pedro por su casa en el portal de la mía, y me hizo un gesto de contrariedad sufrida: el matrimonio había perdido su acogedor piso alquilado de la calle de Lagasca, y estaba refugiado en el que la madre de su mujer, Clara, tenía dos plantas por debajo del mío. Pronto se hizo el príncipe del barrio y sus barras, querido incluso por los que allí reinan despóticamente, los porteros, que sólo al verle en la tele franquear la Academia de frac y recibir los millones del Príncipe de Asturias se convencieron de que aquel bonachón con aliento vinoso a media mañana era alguien. Vestido siempre impecablemente, se me quejaba de no poder disponer de sus libros, guardados en cajas, del honor engorroso de ser académico, y su relato inconexo se paraba en seco si una mujer de carnes suficientes pasaba por la acera.

La inconexión de Claudio. Muchos creen que el arte difícil es la coartada del antipático o el resentido. Cuando se lee su poesía, como yo leí Casi una leyenda desbrozando el sendero que lleva a nuestra parte más primordial, como he releído ayer mismo su Vuelo de la celebración, la dificultad obliga a detenerse, a recapacitar, a hacer cábalas o apuestas de sentido, a buscar en lo oscuro la claridad de una palabra hermosa y siempre bien encontrada. Ese mismo Claudio chispeantemente dislocado de las mañanas era, me consta, inteligente y articulado cuando daba una clase o un discurso, como el de recepción en la Academia aquel 29 de marzo de 1992. ¿Y por la noche?

Nunca he sabido a qué hora del día escribió su obra, ni si al hacerlo entraba en trances de médium, pero estoy convencido de los dos Claudios. Uno ha muerto, y esto es una certeza científica. El otro escribió un poema, La contemplación viva,que entiendo perfectamente. Evoca el encuentro con una mujer, su profunda mirada: "y no sé, no sabe ella,/ y la ignorancia es nuestro apetito". Sólo deseo que del segundo Claudio, el ignorante genio que para mí ha sido un oráculo,hayan quedado muchos versos inéditos para seguir rompiéndonos la cabeza de verdad.

Vicente Molina Foix 

(El País, 28-7-1999)


22 de julio de 2022

Claudio Rodríguez - La contemplación viva

 

LA CONTEMPLACIÓN VIVA

Estos ojos seguros,
ojos nunca traidores,
esta mirada provechosa que hace
pura la vida, aquí en febrero
con misteriosa cercanía. Pasa
esta mujer, y se me encara, y yo tengo el secreto,
no el placer, de su vida,
a través de la más
arriesgada y entera
aventura: la contemplación viva.
Y veo su mirada
que transfigura; y no sé, no sabe ella,
y la ignorancia es nuestro apetito.
Bien veo que es morena,
baja, floja de carnes,
pero ahora no da tiempo
a fijar el color, la dimensión,
ni siquiera la edad de la mirada,
mas sí la intensidad de este momento.
Y la fertilidad de lo que huye
y lo que me destruye:
este pasar, este mirar
en esta calle de Ávila con luz de mediodía
entre gris y cobriza,
hace crecer mi libertad, mi rebeldía,
mi gratitud.


II

Hay quien toca el mantel, mas no la mesa;
el vaso, mas no el agua.
Quien pisa muchas tierras,
nunca la suya.
Pero ante esta mirada que ha pasado
y que me ha herido bien con su limpia quietud,
con tanta sencillez emocionada
que me deja y me da
alegría y asombro,
y, sobre todo, realidad,
quedo vencido. y veo, veo, y sé
lo que se espera, que es lo que se sueña.

Lástima de saber en estos ojos
tan pasajeros, en vez de en los labios,
Porque los labios roban
y los ojos imploran.

Se fue.

Cuando todo se vaya, cuando yo me haya ido
quedará esta mirada
que pidió, y dio, sin tiempo.

Claudio Rodríguez



El vuelo de la celebración
, Visor, 1976




Claudio Rodríguez - Secreta

 

SECRETA

Tú no sabías que la muerte es bella
y que se hizo en tu cuerpo. No sabías
que la familia, calles generosas,
eran mentira.

Pero no aquella lluvia de la infancia,
y no el sabor de la desilusión,
la sábana, sin sombra y la caricia
desconocida.

Que la luz nunca olvida y no perdona,
más peligrosa con tu claridad
tan inocente que lo dice todo:
revelación.

Y ya no puedo ni vivir tu vida,
y ya no puedo ni vivir mi vida
con las manos abiertas esta tarde
maldita y clara.

Ahora se salva lo que se ha perdido
con sacrificio del amor, incesto
del cielo, y con dolor, remordimiento,
gracia serena.

¿Y si la primavera es verdadera?
Ya no sé qué decir. Me voy alegre.
Tú no sabías que la muerte es bella,
triste doncella.

Claudio Rodríguez



Casi una leyenda, Tusquets, 1991