Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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28 de junio de 2025

Julio Llamazares - Paisaje y memoria

 

PAISAJE Y MEMORIA

Antes de la mirada el paisaje sólo era territorio. La frase es de Joan Nogué, geógrafo catalán estudioso del paisaje, a cuya interpretación ha dedicado muchas horas. Para Nogué, como para tantos paisajistas y geógrafos, el paisaje es una construcción social con efectos sobre las personas, pero también un producto de la actividad de éstas. Sin la mirada del hombre el paisaje no existe y sin su intervención tampoco.

He recordado a Nogué estos días a propósito de la polémica que se ha desatado en Soria ante la posibilidad de que el machadiano Cerro de los Moros, que mira al Duero por el que paseó el poeta, se vea transformado por una urbanización que prevé construir 1.200 viviendas justo sobre la perspectiva del río, allí donde San Polo y San Saturio continúan custodiando los árboles añosos que conservan en sus cortezas los corazones y los nombres que inmortalizó Machado (“Estos chopos del río que acompañan/ con el sonido de sus hojas secas/ el son del agua cuando el viento sopla/ tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas…”) y frente al romántico monte de las Ánimas en el que Gustavo Adolfo Bécquer, otro poeta andaluz, situó una de sus famosas Leyendas. Suficiente motivo para que los sorianos y muchos otros que no lo son, pero que aman a Machado y la ciudad, hayan alzado sus voces contra lo que a todas luces es un sacrilegio cultural y estético. Técnicamente, el debate se libra en términos legalistas, con un Ayuntamiento obligado a cumplir la decisión tomada por una corporación anterior que declaró urbanizables los terrenos y cuyo incumplimiento sería una ilegalidad (la única posibilidad que el Ayuntamiento de Soria tiene es permutar los terrenos por otros o comprárselos a la promotora, algo imposible para su tesorería), pero emocional y culturalmente trasciende la cuestión legal, como se ha puesto de manifiesto estos días. Un escrito promovido por el Instituto de Estudios Sorianos y firmado por dos centenares de personas ha hecho que la polémica salte las fronteras de Soria para alcanzar a España y al mundo entero. Machado, el gran poeta español del siglo XX junto con Lorca, universalizó la ciudad de Soria y lo que suceda en ella interesa a todo el planeta.

Decía alguien que los paisajes no existen hasta que los colonizan los escritores o los pintores y esa curva de ballesta que el río Duero traza a los pies de Soria es el ejemplo más claro de que es así. La mirada de Antonio Machado compuso ese lugar para nosotros y ya siempre será como él lo cantó en sus versos, impregnado el paisaje de la emoción que a él le produjo y que es ya patrimonio de todos independientemente de su propiedad real. El paisaje es memoria y como tal nos pertenece a todos, y más en el caso de que constituya un patrimonio cultural y estético, como es el de Soria para su suerte.

Hasta el Romanticismo el paisaje era el decorado del teatro de la vida de los hombres, el telón el fondo del escenario que para nada o muy poco influía en la obra, pero hoy ya sabemos que el paisaje es algo más y lo sabemos por personas como Machado, gente que entendió muy pronto que el paisaje es el alma de las personas, el espejo que refleja sus emociones y sus deseos y que los guarda cuando desaparecen.

Julio Llamazares


(El País, 6-2-2021)




2 de diciembre de 2024

Julio Llamazares - Memoria de la nieve

 

1

Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces.

En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal donde habita el invierno.

Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir los guerreros más viejos.

En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe los signos del suicidio:

globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre que se espesa en mi rostro.


Julio Llamazares


Memoria de la nieve, 1982




12 de octubre de 2021

Julio Llamazares - Volver

 

VOLVER

Como cada verano, vuelvo a mi tierra de origen buscando el reencuentro con la memoria, que no es más que una serie de paisajes y de personas que permanecen en ellos desde que las conocí y que me acompañan siempre en la lejanía. Como cada verano, busco en la tierra en la que nací el humus cultural y emocional del que procedo y que me sirve para guiarme en la vida aunque en la realidad aquel cada vez sea más difuso. Los años pasan dejando huella y a veces uno tiene la sensación de que inventa más que recuerda y sueña más de lo que ve y oye. Aunque como escritor me guste repetir lo que Miguel Torga, el gran narrador portugués, le respondió a un periodista que lo visitó en su pueblo, Sâo Martinho de Anta, en la región norteña de Trás-os-Montes, al que regresaba siempre en verano desde Coimbra, donde vivía, y que le preguntó si iba allí a inspirarse: “No, vengo a recibir órdenes”. “¿De quién?”, le preguntó, sorprendido, el periodista. “De mis antepasados”, le dijo Miguel Torga, quien no era muy amigo de dar explicaciones ni entrevistas.

En algún punto de sus Diarios, esa monumental obra que Torga fue escribiendo a lo largo de su vida, el escritor confió también a sus lectores algo que uno comprende bien, porque lo comparte. Llego a mi casa, decía Miguel Torga (le cito de memoria, pues no tengo aquí sus libros), enciendo la chimenea y me quedo en silencio mirando las llamas durante horas porque siento que mis palabras no están a la altura de mis sentimientos. Exactamente es lo que le pasa a uno cada vez que regresa a su tierra natal, ya sea ante el fuego o ante las montañas o escuchando en la noche las cigarras o el sonido de los coches que circulan en la lejanía. Volver es comparar y descubrir que todo sigue igual pero que nada es ya lo mismo porque uno ya no es el mismo, no porque el mundo no lo sea. El tiempo cambia nuestra percepción de él como el paisaje cambia con la luz pese a que su realidad no lo haga.

Como uno, en estos días muchos serán los que vuelvan a sus lugares de origen o de vacaciones y lo harán buscando ese reencuentro con el tiempo que parece repetirse cada año pero que en realidad es una ilusión, pues el tiempo no vuelve, como todos sabemos. Como el río de Heráclito parece el mismo pero no lo es, del mismo modo que nuestros amigos tampoco lo son (ni nosotros para ellos). Solamente lo simulan y nosotros hacemos como que creemos que es así y nos engañamos hasta un nuevo año. Seguramente en eso consiste la fidelidad (a los lugares, a las personas, a nuestros propios sueños e ideas): en engañarnos a nosotros mismos diciéndonos que todo sigue igual cuando sabemos que no es cierto, solamente lo parece. Por eso, Tristan Tzara, el dadaísta sin patria, escribió: “Volved humildes o no vayáis a ninguna parte”. Algo que Miguel Torga llevó a rajatabla, pues, además de conservar su casa natal como era, justo al contrario que sus vecinos, quiso que su tumba fuera la más humilde del cementerio, siendo el más universal de todos. Una piedra de río con su nombre (que no era el suyo, sino un seudónimo) y las fechas de su nacimiento y muerte son su único recuerdo sobre el suelo entre los panteones de mármol de los demás.

Julio Llamazares


El País, Babelia, 17-7-2021



18 de septiembre de 2021

Julio Llamazares - La biblioteca humana

 

LA BIBLIOTECA HUMANA

José Luis Gutiérrez, etnógrafo, musicólogo y narrador, y Leticia Ruifernández, acuarelista y amante también de las historias, ya sea para inspirarse artísticamente, ya sea por las historias en sí, recorrieron durante un tiempo las tierras del Poniente zamorano-leonés con la intención de prestar oídos a los últimos moradores de unas aldeas que, por haberse quedado al margen de los caminos del desarrollo, conservan los últimos vestigios culturales y lingüísticos de un mundo fronterizo y ancestral que está desapareciendo aventado como los vilanos por el irresistible viento de la homogeneización. Armados con grabadora y pinceles, etnógrafo y acuarelista se dedicaron a escuchar a los últimos ancianos de unos pueblos que por su propio aislamiento componen un mundo propio bien diferente de los de otras zonas. El mundo del Poniente, con su réplica del otro lado de la Raya, como se denomina allí a la frontera entre Portugal y España, ha sido durante siglos una especie de Far West peninsular tan desconocido como particular. Ya Julio Caro Baroja, nuestro gran estudioso de la cultura popular en el siglo XX, se fijó en él hace mucho, llegando a afirmar que era el más rico de toda la península desde el punto de vista de la antropología.

José Luis Gutiérrez y Leticia Ruifernández han autoeditado un libro que va ya por su segunda edición (Cuadernos de últimas voces, Papel Continuo) en el que dan la palabra a unas personas que son las depositarias de una cultura en extinción pero cuyas historias merecen conocerse y conservarse porque son la memoria viva de este país. Cuando un anciano se muere se cierra una biblioteca, pero por suerte para estos ancianos cabreireses, sanabreses, sayagueses o alistanos su historia no se acabará con ellos, porque sus voces han quedado en la cinta de la grabadora de José Luis Gutiérrez y en las páginas de este libro que tan sugestivamente ilustran las acuarelas de Leticia Ruifernández, auténticos vuelaplumas capaces de retratar a la vez el alma y la fisonomía de esos viejos que hablan al calor del brasero o al resol de la solana. Hay paisajes también, los que modelaron el carácter de esas personas haciéndolas ser como son y no de otra forma.

Mientras hojeaba el libro, leía que en Dinamarca alguna biblioteca ha ideado una nueva forma de lectura que tiene que ver con todo lo anterior dicho. Se trata de ofrecer a la persona que entra en la biblioteca dos opciones: o leer un libro o escuchar a un viejo que le cuenta su vida. La experiencia, al parecer, está teniendo un enorme éxito, lo cual no es de extrañar en una sociedad como la danesa cuya modernidad y desarrollo tecnológico han hecho olvidar a las personas, principalmente a los ancianos. La posibilidad de sentarse delante de uno de ellos y oírle contar su vida se convierte así en una nueva variante de la lectura que se imbrica en la narración oral pero que también alude a la soledad de todas esas personas cuyas voces han dejado de escucharse por el fragor del mundo moderno, pero que tienen mucho que enseñar. Y también a la necesidad de otras de conocer sus historias, pues son la herencia de los verdaderos libros: esos que nunca se cierran porque continúan hablándonos incluso cuando sus autores han desaparecido ya. En las bibliotecas nos hablan las almas de los muertos, dijo el clásico latino, pero en la calle están los vivos para contarnos sus historias y raramente los escuchamos.

Julio Llamazares


El País, Babelia, 26-6-2021