Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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14 de agosto de 2026

Raúl Gómez Jattin - Lola Jattin

 

LOLA JATTIN 

Más allá de la noche que titila en la infancia,
más allá incluso de mi primer recuerdo.
Está Lola —mi madre— frente a un escaparate,w
empolvándose el rostro y arreglándose el pelo.
Tiene ya treinta años de ser hermosa y fuerte
y está enamorada de Joaquín Pablo —mi viejo—
No sabe que en su vientre me oculto para cuando
necesite su fuerte vida la fuerza de la mía.
Más allá de estas lágrimas que corren en mi cara,
de su dolor inmenso como una puñalada
está Lola —la muerta— aún vibrante y viva
sentada en un balcón mirando los luceros
cuando la brisa de la ciénaga le desarregla
el pelo y ella se lo vuelve a peinar
con algo de pereza y placer concertados.
Más allá de este instante que pasó y que no vuelve
estoy oculto yo en el fluir de un tiempo
que me lleva muy lejos y que ahora presiento.
Más allá de este verso que me mata en secreto
está la vejez —la muerte— el tiempo inacabable
cuando los dos recuerdos: el de mi madre y el mío
sean sólo un recuerdo solo: este verso.

Raúl Gómez Jattin





30 de junio de 2026

Anna Ajmátova - En memoria de Mijaíl Bulgákov



EN MEMORIA DE MIJAÍL BULGÁKOV

Esto te ofrezco en vez de rosas mortuorias,
en vez del humo del incienso:
tan ceñida tu vida y hasta el fin
con ese espléndido desdén.
Bebías vino, eras el mejor para las bromas
y te ahogabas entre cuatro paredes;
tú mismo abriste a la oscura visitante
y te quedaste a solas con ella.
Ya no estás, y todo alrededor guarda silencio
sobre el padecimiento y nobleza de tu vida,
sólo mi voz, como una flauta, suena,
en tu mudo, callado funeral.
Oh, quién podría pensar que yo, la medio loca,
yo, la plañidera de los días ya idos,
yo, que me consumo en un fuego sin llama,
que todo lo perdió y lo olvidó todo,
habría de recordar a quien lleno de fuerza,
lleno de voluntad y de proyectos brillantes,
me hablaba ayer tan sólo, o así me lo parece,
ocultando el temblor de su dolor mortal.

Anna Ajmátova


Traducido por Olvido García Valdes, Monica Zgustova




(Kiev Jan 2012 Bulgakov plaque, fotografía de Dina Dubrovskaya)




26 de junio de 2026

Blanca Varela - Dama de blanco

 

DAMA DE BLANCO 

el poema es mi cuerpo
esto la poesía
la carne fatigada
el sueño el sol
atravesando desiertos
los extremos del alma se tocan
y te recuerdo Dickinson
precioso suave fantasma
errando tiempo y distancia
en la boca del otro habitas
caes al aire eres el aire
que golpea con invisible sal
mi frente
los extremos del alma se tocan
se cierran se oye girar la tierra
ese ruido sin luz
arena ciega golpeándonos
así será ojos que fueron boca
que decía manos que se abren
y se cierran vacías
distante en tu ventana
ves al viento pasar
te ves pasar el rostro en llamas
póstuma estrella de verano
y caes hecha pájaro
hecha nieve en la fuente
en la tierra en el olvido
y vuelves con falso nombre de mujer
con tu ropa de invierno
con tu blanca ropa de
invierno
enlutado

Blanca Varela






15 de junio de 2026

Javier Corcobado - Nocturno a Estrebvina


NOCTURNO A ESTREBVINA

Arrancando estrellas negras
está la niña extraña
que a mis ojos sobrevuela,
responsable de las canciones,
con fondo de patatas friéndose,
que acarician los oidos
en La Barca de Oro;
y Pedro Infante al cantar
le sonreía,
y pobre Javier Solís,
al que las rejas no matan
pero si un maldito querer.
Arrancando estrellas negras
está la niña extraña;
y yo, destrozado en mezcal,
dejo que su querer me construya,
porque largos viajes en tren son
sus ojos
y sus caderas mi vértigo
y el de las nubes-hembra y macho
que con envidia me miran.
Arrancando estrellas negras
está mi niña de cielo endrino,
que besa con su serpiente
de veneno, hasta los huesos,
febrífugo de confusión
y de malditos recuerdos
y por eso yo la quiero.
Sus pechos fuentes de mi pequeño nocturno.

Javier Corcobado 




12 de junio de 2026

Tomas Tranströmer - Visión de la memoria

 

VISIÓN DE LA MEMORIA

Una mañana de junio, demasiado temprano
para despertarme, pero tarde para volver a dormirse.

Tengo que salir al verdor que está lleno
de recuerdos y ellos me siguen con la mirada.

No se ven, se funden totalmente
con el fondo, camaleones perfectos.

Estoy a un paso de oírlos respirar
pero el canto del pájaro ensordece.


Tomas Tranströmer



La plaza salvaje (1983), en El cielo a medio hacer  [Antología]. Traducción de Roberto Mascaró, Nórdica Libros, 2011, 2ª reimpresión




21 de mayo de 2026

Titos Patrikios - Circular

 

CIRCULAR

Me pregunto cómo nace
de la nada el deseo.

¿Cómo el deseo se convierte en amor,
cómo cambia el amor
en un recuerdo lejano?

Me pregunto cómo puede
desvanecerse el recuerdo 
en la nada.


Titos Patrikios


Τίτος Πατρίκιος (Αθήνα, 21 Μαΐου 1928) . Un año más, Χρόνια Πολλά, Κύριε Πατρίκιε!


ΚΥΚΛΙΚΟ


Άραγε πώς γεννιέται
από ένα τίποτα η επιθυμία;

Πώς η επιθυμία γίνεται έρωτας,
ο έρωτας πώς αλλάζει
σε μακρινή ανάμνηση;

Άραγε πώς μπορεί
η ανάμνηση να σβήνει
μες στο τίποτα;


Τίτος Πατρίκιος



(Versión de PLC)


13 de mayo de 2026

Camilo José Cela - T.V.


T.V.


I

Ahora que ya tus ojos son como sal, y fértil
Tu inmensa boca es un volcán difunto.

Ahora que ya los lobos y las piedras,
Tus vestidos pegados cual olvidadas vendas

Y este atroz mineral que extraje de tu pecho,
Son reliquias tan ciertas como antiguos abrazos.

Ahora que tus axilas pueblan de olor el mundo
Donde yo con mi piel de viudo te presiento.

Ahora que tus zapatos, tus sostenes, tu lápiz de labios,
No me dan más que frío al encontrarlos.

Ahora que ya no puedo dormir donde has dormido
Porque mis ojos lloran azufre y yodo ardiendo.

Ahora que ya no puedo ver tu talla desnuda
Porque alambres al rojo se clavan en mi sexo.

Ahora que los domingos, salgo sin rumbo, inmóvil.
Y que tranvías, yeguas, las moradas mujeres ni el consuelo,
Han de torcer mi ruta de novio eternamente.

Ahora que ya conozco lo bastante a los hombres,
Para que no me fíe ni de mi pena misma.

Ahora que los difuntos, en montones austeros,
Son incapaces de hacerme verter lágrimas
Porque mis ojos son de cristal y aluminio.

Ahora que ya me olvido de qué es dormir tranquilo,
E imbéciles amigos pueblan mi soledad de compasiones que no quiero.

Ahora que mis dos manos son totalmente inútiles
Porque en clavos con óxido sólo encuentran tu cuerpo.

Ahora que ya mi boca pudiera cerrarse eternamente,
Porque tus salobres ingles, tus sustanciosos huesos,
Ya ni me pertenecen.

Ahora que ni cuchillos, ni pistolas, ni ojos envenenados,
Me hacen temblar de miedo, porque un solo veneno
Es quien late en mis pulsos.



II
Ahora, ahora mismo,

En este instante idéntico a niña embarazada,
En este instante mismo en que la sangre se agolpa por mis sienes

En este instante, oh muerta!, en que navajas, tréboles,
O espartos moribundos dan sabor a tu boca,

En que huracanes trémulos, musgos recién nacidos,
O gusanos sin boca son dueños de tus senos,
En que la tierra inmensa te ahoga por la garganta
Por un instante no mayor que un beso,

En que lágrimas huecas o mechones de pelo perfectamente inútiles
No son lo que yo quiero: que es tu presencia misma,
Que es tu carne dorada donde yo me dormía,
Que son tus piernas tibias, tus muslos abarcados,

Tus fecundas caderas donde yo cabalgaba
Como un verano, hasta que te rendías,
Tus fortísimos brazos con que, toda desnuda,
Me levantabas sobre tu cabeza…

.......................................................…………………

En este instante en que un dolor inmenso
Es incapaz de hacerme mover un solo dedo,

Yo te prometo, oh dulce esposa mía asesinada,
Oh madrecita sin haber parido, oh muerta,

Colgar tu atroz recuerdo cada noche de un pelo,
Y que desiertos de tinieblas moradas

O amargas noches de insomnio y sobresalto
Sean incapaces de ahogarme como a un niño.


Camilo José Cela


Pisando la dudosa luz del día (escrito en 1936 y publicado en 1945)



22 de abril de 2026

Angelikí Sidirá - Madre de un donante de órganos

 

MADRE DE UN DONANTE DE ÓRGANOS

Resucitados tus ojos en rostro extraño,
miran sorprendidos alrededor sin recuerdos
y pasan sobre mí con indiferencia
como si no me hubiesen querido jamás.
Arrítmicos los latidos de tu corazón
en el pecho de alguien desconocido
luchan con frenesí
por reconciliarse con su propia vida.

Hijo mío, ¿por qué así, sin piedad, me has condenado
a través de ti a querer
a todos estos candidatos a muerte?
¿Cuántas veces aún
morirás lentamente junto a ellos
y después
en cuántas tumbas dormirá tu cuerpo?

Angelikí Sidirá

(Atenas, 1938 - 2025)



(Traduccion de Virginia López Recio en La raíz invertida)



Μητέρα δωρητῆ σώματος

Ἀναστημένα σὲ ξένο πρόσωπο τὰ μάτια σου
ἔκπληκτα γύρω τους κοιτάζουν, δίχως μνῆμες
κι ἐμένα ἀδιάφορα μὲ προσπερνᾶνε
σὰ νὰ μὴ μ’ ἀγαπήσανε ποτέ.
Ἄρρυθμοι οἱ κτῦποι τῆς καρδιᾶς σου
στὸ στῆθος κάποιου ἄγνωστου
παράφορα ἀγωνίζονται
νὰ συμφιλιωθοῦν μὲ τὴ δική του τὴ ζωή.

Πῶς ἔτσι ἄσπλαχνα μὲ καταδίκασες παιδί μου
μὲς ἀπὸ σένα ν’ ἀγαπήσω
ὅλους αὐτοὺς τοὺς ὑποψήφιους νεκρούς;
Πόσες φορὲς ἀκόμα
μαζί τους θὰ πεθαίνεις λίγο λίγο
καὶ ὕστερα
σὲ πόσους τάφους θὰ κοιμᾶται τὸ κορμί σου

Αγγελική Σιδηρά



17 de abril de 2026

José Julio Cabanillas - Faro de Calahonda

 

FARO DE CALAHONDA

MI ventana, la única encendida en la calle.
Va el recuerdo a otra noche, hace años.
Había gente en la orilla, junto a un fuego
esperando la aurora, cuando al copo
atracan las gabarras
y descargan los peces en la arena.
¿Fue el relente del día, o sus ojos de espanto?
Llamaron por mi nombre.
Veo el faro frente a mí, en mi memoria.
Y no sé quién se va y quién se queda.

José Julio Cabanillas


(Granada, 1958)


10 de abril de 2026

Dos poemas de José Jiménez Lozano

 

Certezas

El gallo de la veleta
ya no gira, está harto
de tantas opiniones de aire.
Prefiere la certeza, aunque sea la del óxido
y la de la herrumbre roja.



Recuerdo

Ni el olor de las lilas como entonces,
la risa de mamá, el cucharón de plata,
el evónimo viejo, amarillento,
están ahí. No están.
Ni siquiera el recuerdo es indudable,
sólo niebla, pero
es un cendal para mi herida.

José Jiménez Lozano



(Fuente: Ersilias)



4 de abril de 2026

Benito Taibo - «Nos iremos despacio haciendo viejos...»

 

Nos iremos despacio haciendo viejos,
despacio olvidando las mañanas
del amor con las ventanas
entreabiertas,
y el viento entrando a nuestra cama.

Nos iremos sabiendo que la vida
nos dio paz, victorias, primaveras,
nos iremos despacio como entramos
con la alegría de sentirnos en la entraña.

Nos iremos querida compañera
pasando por los años, por la rabia
nos iremos despacio haciendo viejos
a golpes de recuerdos y de calma.

Nos iremos sabiendo que la ida
nos dio paz, victorias, primaveras,
nos iremos despacio como entramos
con la alegría de sentirnos
en la entraña.

Benito Taibo


(Ciudad de México, 1960)



5 de marzo de 2026

Dos poemas de Julia Uceda

 

HABLO DE LA INFANCIA

Escalera crujiente,
trozo de bosque organizado
por el que ir hasta la cumbre
de aquel desván lleno de sueños,
pájaros silenciosos
que viajan sin ruido.
Sobre ti estaba el premio
cubierto por el polvo
y lo muerto vivía
para mí, en mis ensueños.
Hogar sin sótanos,
todo aquello era hermoso
porque estaba creando su recuerdo;
viviéndote, sentía
que de algún modo ya te recordaba.
Y siempre que te acercas
entre la niebla, oigo
cómo se queja suavemente,
enmohecido por las lluvias,
el pesado cerrojo de una verja.
La del jardín acaso.




EL TIEMPO ME RECUERDA

Recordar no es siempre regresar a lo que ha sido.
En la memoria hay algas que arrastran extrañas maravillas;
objetos que no nos pertenecen o que nunca flotaron.
La luz que recorre los abismos
ilumina años anteriores a mí, que no he vivido
pero recuerdo como ocurrido ayer.
Hacia mil novecientos
paseé por un parque que está en París -estaba-
envuelto por la bruma.
Mi traje tenía el mismo color de la niebla.
La luz era la misma de hoy
-setenta años después-
cuando la breve tormenta ha pasado
y a través de los cristales veo pasar la gente,
desde esta ventana tan cerca de las nubes.
En mis ojos parece llover
un tiempo que no es mío.

Julia Uceda




27 de febrero de 2026

Takis Sinópulos - El espacio y las cosas

 

EL ESPACIO Y LAS COSAS

Una casa con viejos escombros, 13 habitaciones,
8 abajo (una, oscura) y 5 arriba.
Un jardín descuidado. El seto alrededor.
Higueras. Aire.
Arriba, cuatro ventanas al sur. Cortinas verdes.
Abajo, una terraza al sur. Puertas.
Arriba, habitaciones de dormir. Un iconostasio.
Un baúl con viejos recuerdos.
En una ventana del sur, una planta trepadora.
Las puertas cierran con dificultad.
Una escalera interior.
En el descansillo, un sofá.
Un salón siempre cerrado.
Marcos con fotografías.
La distancia del río, 400 metros.
El campo.
El almacén con maderas y carbón.
En el centro del patio, el pozo.
El seto de cañas secas. El jardín.
7 higueras. El aire.

En la parte norte, una colina. El camino público.
Una fuente con cabeza y lavadero en el kilómetro 12.
Una parada de autobuses cuando pasaban autobuses.

Takis Sinópulos      


Leído en Antología de la poesía griega. Desde el siglo XI hasta nuestros días. Ediciones Clásicas, Madrid, 1997, ed. de José Antonio Moreno Jurado.


Ο χώρος και τα Πράγματα

Ένα σπίτι με παλιά γκρεμίσματα. 13 δωμάτια.
8 κάτω (το ένα σκοτεινό) και 5 επάνω.
Ένα γύρω φράχτης. Κήπος παραμελημένος,
το πλείστον συκιές.
Ο αέρας./ Η σκόνη έμπαινε εύκολα από τα παράθυρα.
4 παράθυρα στο Νότο, επάνω.
Κουρτίνες πράσινες.
Βεράντα στο Νότο, κάτω.
Κρεβατοκάμαρες επάνω. Εικονοστάσιο.
Ο Παντοκράτορας σε πλαίσιο χρυσό.
Σεντούκι με παλιά αναμνηστικά.
Στο ένα παράθυρο του νότου αναρριχητικό φυτό.
Τα σκούρα κλείνανε με δυσκολία.
Ένας καναπές στο πάτωμα.
Ράφι με βιβλία.
Σκάλα εσωτερική.
Σαλόνι πάντοτε κλειστό.
Κορνίζες με φωτογραφίες.
Η αφηρημένη υπηρέτρια (κόρη) 40-45 χρονώ.
Η απόσταση από το ποτάμι 300μέτρα.
Η εξοχή.
Η αποθήκη με τα ξύλα.
Τα ζώα.
Η αυλή, στη μέση το πηγάδι.
Ο φράχτης από ξερό καλάμι.
Ο κήπος/ αφρόντιστος, όπως είπαμε,
βυθισμένος σε σκόνη.
6-7 συκιές.
Ο αέρας.

Στο βόρειο μέρος λόφος. Ο δημόσιος δρόμος.
Βρύση μαρμάρινη στο 51ο χιλιόμετρο.
Στάση αυτοκινήτων, όταν περνούσαν αυτοκίνητα.


(Τάκης Σινόπουλος “Το άσμα της Ιωάννας και του Κωνσταντίνου”/Το Χρονικό/ Ο χώρος και τα Πράγματα -1959)



16 de febrero de 2026

Ángel González - Canción para cantar una canción

 

CANCIÓN PARA CANTAR UNA CANCIÓN

Esa música…
Insiste, hace daño
en el alma.
Viene tal vez de un tiempo
remoto, de una época imposible
perdida para siempre.
Sobrepasa los límites
de la música. Tiene materia,
aroma, es como polvo de algo
indefinible, de un recuerdo
que nunca se ha vivido,
de una vaga esperanza irrealizable.
Se llama simplemente:
canción.

Pero no es sólo eso.

Es también la tristeza.


Angel Gonzalez


Tratado de urbanismo (1967)

8 de febrero de 2026

José Hierro - Lope. La Noche. Marta

 

LOPE. LA NOCHE. MARTA

He abierto la ventana. Entra sin hacer ruido
(afuera deja sus constelaciones).
«Buenas noches, Noche».
Pasa las páginas de sombra
en las que todo está ya escrito.
Viene a pedirme cuentas.

«Salí al rayar el alba ―digo―.
Lamía el sol las paredes leprosas.
Olía a vino, a miel, a jara».
(Deslumbrada por tanta claridad
ha entornado los ojos).
La llevan mis palabras por calles, ascuas, no lo sé:
oye la plata de las campanadas.
Ante la puerta de la iglesia
me callo, me detengo ―entraría conmigo
si yo no me callase, si no me detuviera―;
yo sé bien lo que quiere la Noche;
lo de todas las noches;
si no, por qué habría venido.

Ya mi memoria no es lo que era. En la misa del alba
no dije Agnus Dei qui tollis pecata mundi,
sino que dije Marta Dei (ella también es cordero de Dios
que quita mis pecados del mundo).
La noche no podría comprenderlo,
y qué decirle, y cómo, para que lo entendiese.

No me pregunta nada la Noche,
no me pregunta nada. Ella lo sabe todo
antes que yo lo diga, antes que yo lo sepa.
Ella ha oído esos versos
que se escupen de boca en boca, versos
de un malaleche del Andalucía
―al que otro malaleche de solar montañés
llamara «capellán del rey de bastos»―
en los que se hace mofa de mí y de Marta,
amor mío, resumen de todos mis amores:

Dicho me han por una carta
que es tu cómica persona
sobre los manteles, mona
y entre las sábanas, Marta.


Qué sabrá ese tahúr, ese amargado
lo que es amor.

La Noche trae entre los pliegues de su toga
un polvillo de música, como el del ala de la mariposa.
Una música hilada en la vihuela
del maestro del danzar, nuestro vecino.
En la cocina estará escuchando Marta;
danzará, mientras barre el suelo que no ve,
manchado de ceniza, de aroma, de trigo candeal,
de jazmines, de estrellas, de papeles rompidos.
Danza y barre Marta.

Pido a la Noche que se vaya. Hasta mañana, Noche.
Déjame que descanse. Cuando amanezca regaré el jardín,
saldré después a decir misa
―Deus meus, Deus meus, quare tristis est anima mea―,
luego volveré a casa, terminaré una epístola en tercetos,
escribiré unas hojas
de la comedia que encargaron unos representantes.
Que las cosas no marchan bien en el teatro,
y uno no puede dormirse en los laureles.

Hasta mañana, Noche.
Tengo que dar la cena a Marta,
asearla, peinarla (ella no vive ya en el mundo nuestro),
cuidar que no alborote mis papeles,
que no apuñale las paredes con mis plumas
―mis bien cortadas plumas―,
tengo que confesarla. «Padre, vivo en pecado»
(no sabe que el pecado es de los dos),
y dirá luego: «Lope, quiero morirme»
(y qué sucedería si yo muriese antes que ella).
Ego te absolvo.
Y luego, sosegada, le contaré, para dormirla,
aventuras de olas, de galeones, de arcabuces, de
rumbos marinos, de lugares vividos y soñados: de lo que fue
y que no fue y que pudo ser mi vida.

Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar.


José Hierro


De Agenda (1991)



18 de enero de 2026

Claudio Rodríguez - Nuevo día

 

NUEVO DÍA 

Después de tantos días sin camino y sin casa
y sin dolor siquiera y las campanas solas
y el viento oscuro como el del recuerdo
llega el de hoy.

Cuando ayer el aliento era misterio
y la mirada seca, sin resina,
buscaba un resplandor definitivo,
llega tan delicada y tan sencilla,
tan serena de nueva levadura
esta mañana…

Es la sorpresa de la claridad,
la inocencia de la contemplación,
el secreto que abre con moldura y asombro
la primera nevada y la primera lluvia
lavando el avellano y el olivo
ya muy cerca del mar.

Invisible quietud. Brisa oreando
la melodía que ya no esperaba.
Es la iluminación de la alegría
con el silencio que no tiene tiempo.
Grave placer el de la soledad.
Y no mires el mar porque todo lo sabe
cuando llega la hora
adonde nunca llega el pensamiento
pero sí el mar del alma,
pero sí este momento del aire entre mis manos,
de esta paz que me espera
cuando llega la hora
-dos horas antes de la media noche-
del tercer oleaje, que es el mío.

Claudio Rodríguez


Casi una leyenda, Tusquets, 1991




11 de enero de 2026

César Gavela - Mi padre


Artículo publicado por César Gavela (Ponferrada, 1953 - Valencia, 2020) en el Diário de León el 11 de enero de 2002.

* * *


Ayer mi padre hubiera cumplido noventa y dos años. Cuando murió publiqué esta columna en el Diario de León. Remembrante que anda uno.


MI PADRE

Diario de León
11 Enero 2002

Mi padre llegó a Ponferrada en 1931. Era un niño de ocho años que había nacido en El Bao, una aldea asturiana rodeada de prados y fuentes, lobos y osos de las laderas del monte de Muniellos. Su padre, mi abuelo Segundo, era un hombre laborioso y recto que había recorrido toda la España forestal como comprador y vendedor de maderas hasta que un día, ya con sus 53 años cumplidos, decidió emprender la aventura del Bierzo.

Cuando Ponferrada tenía siete mil habitantes, arrendó un café en la actual plaza de Fernando Miranda, y en aquel entorno pasó sus últimos años, que fueron apenas cinco hasta su muerte, sucedida el 31 de diciembre de 1936. En el mismo día que Miguel de Unamuno, como solía recordar mi padre, quien a partir de entonces inició una costumbre que ningún año rompió: ir a misa en esa fecha y honrar así la memoria de su padre, aunque yo creo que se acordaba de él todos los días, e incluso que adornaba su recuerdo con sucesos nuevos que él iba incorporando, y que terminaron por ser verdaderos: todo un magma de hechos y sueños que yo conocí muy bien, de tanto que me los contaba. Y es por eso que ahora mi abuelo Segundo, que murió mucho antes de que yo naciera, también es mi amigo, y sé de sus manías y consejos, y de su ilusión por establecerse en Valencia, la ciudad donde sesenta y cinco años después moriría su hijo benjamín, mi padre, cuyo corazón se paró definitivamente en el hospital de La Fe, mientras yo le contaba cosas pequeñas, noticias de lluvias y deportes, de viajes y libros, que así fue como nos despedimos, a las veinte horas del día ocho de enero de 2002.

Mi padre nunca tuvo ambiciones, ni tampoco conoció la vanidad ni la envidia. Su profesión fue la de viajante. Tenía un almacén de coloniales con dos de sus hermanos, y el negocio consistía en vender alimentos no perecederos a los pequeños comerciantes de las aldeas y los pueblos de una brumosa demarcación que abarcaba las tierras de Trives, Valdeorras, el Bierzo, Laciana, Cepeda y la zona alta de los valles asturianos del Navia y el Narcea. En ese territorio, que es muy literario, mi padre se ganó la vida visitando a tenderos que pronto fueron sus amigos y confidentes. Luego, al final de cada jornada, se recogía en cafés y tabernas donde escuchaba pareceres y noticias, y a ratos sucesos fabulosos del monte y los caminos.

Mi padre hizo noche en muchas ciudades menores, villas y pueblos, y mientras llevaba aquella existencia libre y vagabunda que tanto le gustaba, sus cinco hijos y mi madre hacíamos vida de ciudad en el barrio de La Puebla de Ponferrada, entre colegios y mercados, y en esa dualidad pasaba el tiempo hasta que dos días a la semana venía él, siempre al atardecer, con boina en los primeros inviernos de mi memoria, con su voz grave en todos, con su maletín de cuero forrado con una funda gris, y con una libreta donde anotaba los pedidos comerciales: vinos de jerez, bacaladas, jaulas de queso, fardos de alubias, latas de conserva o barriles de aceitunas.

Por aquel tiempo vivíamos todos en una casa grande y arrendada, y con nosotros también un hermano de mi padre, José, quien, como tantos hombres de mi familia, permaneció soltero de por vida, ajeno a obligaciones y alharacas, dedicado al inofensivo estupor de contemplar la vida, y al sabio placer de pasar desapercibido. Si ahora cierro los ojos tardo exactamente un segundo en ver aquella vivienda en ebullición: mi madre, que era muy bohemia, pintando paisajes al óleo en el comedor; mis hermanos pequeños, David y Emma, pegándose por riguroso turno sin hacerse nunca mucho daño; mi hermana Belén soñando con novios maravillosos que venían de Orense o de Zamora; mi hermano Carlos organizando combates navales en la bañera con gran lujo de soldaditos; mi tío José pasando por el “hall” como una sombra y mi padre, entre viaje y viaje, leyendo libros de historia de Roma o de la segunda guerra mundial en la salita, lector empedernido, y acaso yo a su lado, en el otro sillón, mirando mapas probablemente, un vicio pacífico del que nunca me quité.

Luego vinieron muchos otros años, y mi padre tuvo que superar pruebas muy duras, que no estaban escritas en el guión de aquella familia de clase media baja que veraneaba en tienda de campaña por las playas de Galicia o en las riberas del lago de Sanabria. Mi padre sufrió una trombosis muy severa en 1980 y a partir de entonces su vida cambió; se volvió más pacífica y del todo ajena a sus viajes mercantiles. Él se volcó en la lectura, en hablar con los amigos o en intensificar su presencia en asociaciones cristianas y caritativas. Yo ya vivía fuera, y mi padre pasó a ser en aquel tiempo un señor maduro de Ponferrada al que yo veía en las vacaciones; un hombre de bien y del sosiego que a veces me mandaba alguna carta y con el que hablaba poco por teléfono, protagonismo que mi madre ejercía de un modo inapelable.

Mi padre, entonces, estaba un poco oscurecido, y fue la muerte de mi madre, curiosamente, la que nos lo devolvió, a mí y a mis hermanos, nuevo y diferente. Sobre los escombros de aquella tragedia, mi padre fecundó la trayectoria yo creo que más importante y profunda de toda su vida: sus ocho años de ancianidad joven y animosa al principio, algo más mesurada y solitaria después, y alicaída de cuerpo pero siempre vital de ilusiones en su tramo final. Mi padre vivía entre riguroso Norte y el placentero Mediterráneo: pasaba los veranos en el Bierzo y los inviernos en Valencia. Seguidor veteranísimo de la Ponferradina, dobló su afición al fútbol, siempre intensa aunque moderada en las formas, con su abono en el campo de Mestalla, donde disfrutó lo suyo, lo mismo que en la plaza de toros de la calle Xátiva. Y fue precisamente en Valencia donde yo le conocí más y mejor, aunque nos veíamos menos veces de las que él y yo hubiéramos querido. En Valencia, en su sencilla casa del barrio de Torrefiel, me dijo muchas cosas de su familia y de sus amigos, de sus viajes y creencias; y me dio muchos consejos que siempre eran de dignidad y de respeto; de honradez y transparencia, y por eso es mi mayor orgullo ser hijo de aquel hombre independiente y libre, bueno y modesto, que se llamó Julio Rodríguez Gavela.

César Gavela


En la foto, mi padre el día de su boda, con 31 años. Entonces ya era un viajante de comercio de cierto prestigio pequeño. 




4 de enero de 2026

Marcello Mastroianni - El pueblo más cercano

 

EL PUEBLO MÁS CERCANO

     Hay un hermoso relato de Kafka titulado El pueblo más cercano:
    «Mi abuelo solía decir: “La vida es asombrosamente corta. Ahora, al recordarla, me parece tan condensada que, por ejemplo, casi no comprendo cómo un joven puede tomar la decisión de ir a caballo hasta el pueblo más cercano, sin temer que incluso el espacio de tiempo en el que transcurre felizmente la vida no sea suficiente ni para emprender semejante viaje.”»


     Cuando yo era joven me parecía que la vida era larguísima, eterna.  Ahora en cambio, cuando miro hacia atrás, a veces digo: «Pero, esa película, ¿cuándo la hicimos? ¿Hace cinco años?» «¿Cinco años?¡Qué va! ¡Hace quince!» «¿Hace quince años?»
   De joven, cuando montas a caballo para hacer ese viaje, piensas que no tendrá fin, que será larguísimo. Y luego, en cambio, llegado a cierta edad, te das cuenta de que «el pueblo más cercano» no estaba muy lejos, que realmente ha sido un viaje corto, ¡cortísimo!
     La vida: sí, a cierta edad nos damos cuenta de que ha pasado como una exhalación.
     Y el pueblo está ahí, muy cerca.

Marcello Mastroianni


[Último capítulo] Sí, ya me acuerdo... Memorias. Ediciones B, 1997


IL PROSSIMO VILLAGGIO

     C'è un bellissimo racconto di Kafka, Il prossimo villaggio:
     «Mio nonno soleva dire: “La vita è straordinariamente breva. Ora nel ricordo mi si contrae al punto che per esempio io quasi non riesco a comprendere come un giovane possa decidersi ad andare a cavallo, sino al prossimo villaggio, senza temere che lo spazio di tempo in cui si svolgeva felicemente la vita, posta bastare anche lontanamente a una cavalcata.”»


     Quand'ero giovane mi sembrava che la vita fosse lunghissima, eterna. Adesso invece quando guardo all'indietro mi accade di dire: «Ma quel film, quando l'abbiamo fatto? Cinque anni fa?» «Ma che cinque anni fa! Quindici anni fa.» «Quindici anni fa?» 
    Da giovani quando si sale a cavallo per compiere questa cavalcata, si pensa che sarà un viaggio che non avrà fine, lunghissimo!! E poi invece raggiunta una certa età, ci si accorge che questo prossimo villaggio non era molto lontano, che veramente è stata una cavalcata breve, brevissima! 
     La vita:sì, ci si accorge a una certa età che è passata così, come... un bjjjnh!
     E il villaggio è lì, vicino.






31 de diciembre de 2025

Manuel Astur - Nieva

 

NIEVA        

Estoy sentado junto a la chimenea.
La luz blanca entra por la pequeña ventana.
El gorrión escribe
en el patio blanco

Siempre es la primera vez.

Nunca recuerdo la nieve
hasta que vuelvo a verla.
Igual que la página en blanco,
como el dolor cuando ha pasado.

Manuel Astur


El fruto siempre verde, Acantilado, 2024



21 de diciembre de 2025

Julio Aumente - Paseo Marítimo

 

PASEO MARÍTIMO

Un mar está lejano,
acaricia arrecifes.
Pez o rojo coral
en luz clara reviven.

Doras con tu presencia
el tibio, el puro, el cálido
dulce y húmedo viento.
En tu cuerpo descanso.

Tus ojos son el mar,
el mar eres tú mismo
-bronce aún débil-, un cielo
pesa en tus hombros, vivo

cuerpo amado. La arena
-luz que se entrega a todos-
sobre las piedras blancas
reverbera sus oros.

La luna en su menguante
roja se nos ofrece
como fruta lejana
que estrellas paladeen.

Tú estás allí y el mar.
Yo aquí frente a la tierra
con su forma tangible
que nos separa espesa.

Nos desune, gravita
lo sólido. Interpone
su densidad, distancia.
Nos va borrando nombres.

Oh, dulce amor, recuerdo
para siempre. Qué limpios
los que el aire me trae,
memoria sin olvido.

Viento de aquella mar
salado en nuestra sangre,
déjame en el presente.
Calla el alma. No sabe.

Julio Aumente