Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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20 de mayo de 2025

Robert Walser - Ceniza, aguja, lápiz y cerilla

 

Ceniza, aguja, lápiz y cerilla

Una vez escribí un ensayo sobre la ceniza, que me granjeó no pocos aplausos y en el saqué a la luz un montón de cuestiones muy curiosas, entre otras la observación de que la ceniza no posee consistencia digna de mención. De hecho, sobre este objeto en apariencia tan poco interesante, cabe decir, tras un análisis más profundo, algunas cosas que en absoluto carecen de interés, como por ejemplo lo que sigue: Cuando se sopla la ceniza, no existe nada en ella que se niegue a dispersarse instantáneamente. La ceniza es la humildad, la insignificancia y la nimiedad mismas, y lo que es más bonito: está transida por la creencia de que no sirve para nada. ¿Se puede ser más inconsistente, débil y pobre que la ceniza? No es fácil. ¿Hay alguna cosa más dúctil y tolerante que ella? No. La ceniza no tiene carácter, y está más alejada de cualquier tipo de madera que el abatimiento de la alegría desbordante. Donde hay ceniza, en realidad no hay nada en absoluto. Pon tu pie encima de la ceniza y apenas notaras que has pisado algo. Sí, sí, así es, y no creo equivocarme mucho si me atrevo a manifestar la convicción de que basta abrir los ojos y mirar en derredor con atención para ver cosas que merecen que se las contemple con cierto sentimiento y cuidado. Ahí está, por ejemplo, la aguja que, como es sabido, es tan puntiaguda como útil, y no tolera que se la trate con rudeza, porque, por diminuta que sea, parece muy consciente de su valía. Por lo que hace al pequeño lápiz, es digno de ser tenido en cuenta porque hay que saber hasta la saciedad que se afila y se afila hasta que ya no queda nada que afilar, tras lo cual, inútil debido al uso despiadado, se le arroja a un lado, sin que a nadie se le ocurra dedicarle una palabrita de reconocimiento y gratitud por los múltiples servicios prestados. El hermano del lápiz se llama lápiz azul, y, como ya he referido en varias ocasiones, los dos lápices dignos de lástima se aman fraternalmente, pues han trabado entre sí una tierna e íntima amistad para toda la vida. Ahora, como seguro afirmará todo el mundo, ya son tres objetos sumamente singulares, memorables e interesantes los que, tanto uno como el otro, servirán a lo mejor alguna vez, es decir, si se tercia, para conferencias especiales.

¿Qué dice el lector sobre la cerilla o el fósforo, que es una personita tan amable como grácil, gentil y peculiar, que yace paciente, formal y obediente junto a numerosas compañeras en la caja de cerillas, donde parece soñar o dormir? Mientras la cerilla descansa en la caja, en paz y sin utilizar, no posee especial valor. Espera, por así decirlo, los acontecimientos venideros. Pero un buen día la sacan de allí, la aprietan contra la superficie del raspador, frotándolo con su pobre, buena, querida cabecita hasta que se prende fuego, entonces arde y se consume. Éste es el gran acontecimiento en la vida de la cerilla que, al cumplir la finalidad de su existencia y prestar su servicio caritativo, perece abrasada. ¿No es conmovedor? La cerilla tiene que consumirse miserablemente, perecer de manera lastimosa, para demostrar su encantadora utilidad, para despertar de la indolencia, inactividad e inutilidad y demostrar su valía, abrasándose en el fervor de servir y cumplir con su deber y obligación. Cuando la cerilla se alegra de su destino, muere, y cuando despliega su importancia, perece. Su alegría vital es su muerte, y su despertar, su final. Cuando ama y sirve, se desploma sin vida.


Robert Walser




12 de noviembre de 2021

Robert Walser - El paseo

 

Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. Podría añadir que en la escalera me encontré a una mujer que parecía española, peruana o criolla. Mostraba cierta pálida y marchita majestad. Sin embargo, he de prohibirme del modo más estricto detenerme aunque no sean más que dos segundos con esta brasileña o lo que fuere; porque no puedo desperdiciar ni espacio ni tiempo. Hasta donde puedo acordarme hoy, cuando escribo todo esto, me encontraba, al salir a la calle abierta, luminosa y alegre, en un estado de ánimo romántico-extravagante, que me satisfacía profundamente. El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez. Todo lo que veía me daba la agradable impresión de cordialidad, bondad y juventud. Olvidé con rapidez que arriba en mi cuarto había estado hacía un momento incubando, sombrío, sobre una hoja de papel en blanco. Toda la tristeza, todo el dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado, aunque aún sentía vivamente delante y detrás de mí el eco de una cierta seriedad. Esperaba con alegre emoción todo lo que pudiera encontrarme o salirme al paso durante el paseo. Mis pasos eran medidos y tranquilos, y, por lo que sé, mostraba al caminar un semblante bastante digno. Me gusta ocultar mis sentimientos a los ojos de mis congéneres, sin que, no obstante, me esfuerce aprensivamente en hacerlo, lo que consideraría un gran defecto y una gran tontería. Todavía no había recorrido veinte o treinta pasos de una amplia plaza poblada de gente, cuando me salió ligero al encuentro el profesor Meili, una inteligencia de primer orden. Como la autoridad inconmovible, el profesor Meili caminaba con paso grave, solemne y soberano; en la mano llevaba un inflexible y científico bastón de paseo, que me inspiró espanto, reverencia y respeto. La nariz del profesor Meili era una severa, imperiosa, rigurosa nariz de águila o de azor, y la boca estaba jurídicamente cerrada y apretada. El paso del famoso erudito asemejaba una férrea ley; la Historia Universal y el reflejo de actos heroicos largamente pasados brillaban en los duros ojos del profesor Meili, ocultos tras boscosas cejas. Su sombrero parecía un soberano inderrocable. Los soberanos secretos son los más orgullosos y más duros. Sin embargo, tomado en su conjunto el profesor Meili se comportaba con gran suavidad, como si no necesitara en modo alguno hacer notar la suma de poder e influencia que personificaba, y a pesar de su implacabilidad y dureza su figura me resultó simpática, porque pude decirme que los que no sonríen de forma dulce y bella son sinceros y dignos de confianza. Como se sabe, hay golfos que se hacen los amables y buenos y tienen el espantoso talento de sonreír cortés y gentilmente durante los delitos que cometen.

Robert Walser


El paseo [Der Spaziergang, 1917]. Traducción del alemán de Carlos Fortea. Siruela, 8ª ed. sept  de 2009 (1ª oct de 1996)