© Désirée Dolron (Haarlem, 1963)
IMITANDO UNA ODA DE SAFO
¡Feliz quien junto a ti por ti suspira!
¡Quien oye el eco de tu voz sonora!
¡Quien el halago de tu risa adora
y el blando aroma de tu aliento aspira!
Ventura tanta —que envidioso admira
el querubín que en el empíreo mora,
el alma turba, al corazón devora,
y el torpe acento, al expresarla, espira.
Ante mis ojos desparece el mundo,
y por mis venas circular ligero
el fuego siento del amor profundo.
Trémula, en vano resistirte quiero...
De ardiente llanto mi mejilla inundo,
¡Deliro, gozo, te bendigo y muero!
Carilda Oliver Labra
Ego
Mi madre teñía túnicas al lado de las termas
mi padre juró: “con el escudo o sobre él”, y volvió
sobre el escudo.
Nací en una pobreza suave
donde no sobró nunca una golosina
ni faltaba un plato de legumbres de estación.
El país que recibí estaba roto
sembrado con la sal del enemigo.
Carecí con la fe de que era salvable
y mi generación trajo tierra fértil de ultramar.
Ahora estoy cansado
para Cruzadas oceánicas
y mis hermanos prefieren no cargar la tierra
sino habitarla.
Me faltaron esos extremos que te facilitan ser feliz
o ser genial
y sin embrago me obstino en poetizar estas vivencias
cuando el molino no muele
ni los lobos intentan mutilar el rebaño.
Por qué los sueños
por qué el insomnio
por qué los versos que niego haber escrito
mientras el Señor me exige abanicar su palanquín de nubes.
Yo
yo no necesito arcilla ni estilete
otro será el dueño de estas manos.
Yerandy Pérez Aguilar
(Pinar del Río, Cuba, 1990)
Madrigal 1
Sencilla y vertical
como una caña en el cañaveral.
Oh retadora del furor
genital:
tu andar fabrica para el espasmo gritador
espuma equina entre tus muslos de metal.
Madrigal 2
Tu vientre sabe más que tu cabeza
y tanto como tus muslos.
Esa
es la fuerte gracia negra
de tu cuerpo desnudo.
Signo de selva el tuyo,
con tus collares rojos,
tus brazaletes de oro curvo,
y ese caimán oscuro
nadando en el Zambeze de tus ojos.
Nicolás Guillén
(Palabra virtual)
AGUA DEL RECUERDO
¿Cuándo fue?
No lo sé.
Agua del recuerdo
voy a navegar.
Pasó una mulata de oro,
y yo la miré al pasar:
moño de seda en la nuca,
bata de cristal,
niña de espalda reciente,
tacón de reciente andar.
Caña
(febril le dije en mí mismo),
caña
temblando sobre el abismo,
¿quién te empujará?
¿Qué cortador con su mocha
te cortará?
¿Qué ingenio con su trapiche
te molerá?
El tiempo corrió después,
corrió el tiempo sin cesar,
yo para allá, para aquí,
yo para aquí, para allá,
para allá, para aquí,
para aquí, para allá…
Nada sé, nada se sabe,
ni nada sabré jamás,
nada han dicho los periódicos,
nada pude averiguar,
de aquella mulata de oro
que una vez miré al pasar,
moño de seda en la nuca,
bata de cristal,
niña de espalda reciente,
tacón de reciente andar.
Nicolás Guillén
FRENTE AL ESPEJO
En un abrir y cerrar de ojos
ya no estarás en donde estabas:
un triste viejo está mirándote
con qué terror desde tu cara.
Mirándote ávido y mirándote
mientras la luz te da en su cara:
en un abrir y cerrar de ojos,
ni tú, ni él, ni nada.
HAI KAI EN GERUNDIO
El toro de Guisando
no pregunta cómo ni cuándo,
va creciendo y temblando.
¿Cómo?
Acariciando el lomo
del escarabajo de plomo,
oro en el reflejo de oro contra el domo.
¿Cuándo?
En el muro raspando,
no sé si voy estando
o estoy ya entre los aludidos
de Menandro.
¿Cómo? ¿Cuándo?
Estoy entre los toros de Guisando,
estoy también entre los que preguntan
cómo y cuándo.
Creciendo y raspando,
temblando.
José Lezama Lima
HOMBRES QUE ME SERVISTEIS DE VERANO
Ese que no dejó de ser mi amante
y al que le debo siempre sepultura,
uno a quien nunca quise lo bastante;
aquél, obra de sueño, conjetura...
Alguien me jugó a nada y tuvo suerte,
otro que no ha venido de la guerra,
éste donde converso con mi muerte
porque me lo disputa hasta la tierra.
¡Salid de la memoria evocadora
con vuestro amor, pues tengo frío ahora!
Sabed todos que os llevo de la mano.
Vuestras sombras estallan como un mito
de vez en cuando aquí. Sois lo bendito,
hombres que me servisteis de verano.
Carilda Oliver Labra
POEMA DE MARZO
Prométeme que irás
y que irás sola.
Prométeme que el sol
va a estar en la distancia
opaco por las nubes
y los árboles.
Júrame que estarás
muy cerca
confundida
entre un grupo de extraños
Sin levantar la vista
salvándome del íntimo
destino que me acoge.
Prométeme que al menos
al final
vas a estar
lo más cerca posible
de mis ojos cerrados.
Raúl Rivero
(Morón, Cuba 1945 - Miami, 2021)
NO ES MÁS
por selva oscura...
Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque; un poema
no es más que unas palabras
que uno ha querido, y cambian
de sitio con el tiempo, y ya
no son más que una mancha,
una esperanza indecible;
un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.
Eliseo Diego
POR EL OTOÑO ADENTRO EL HUMO VUELA
Por el otoño adentro el humo vuela
llevándose el aroma del verano.
Quedan los frutos de su amor lejano
en una luz que la nostalgia vela.
Húyese el tiempo y al dejarnos hiela
su no estar tan extraño, tan humano.
Se nos cae la penumbra de la mano,
gruñe el silencio como un perro en vela.
Y la joven de octubre va y se esfuma
por entre los resquicios del empeño
que quisiera salvarla con sus rosas.
Todo el campo se oculta en esta bruma
que no sabemos si es memoria o sueño
y no hay sino el perfume de las cosas.
Eliseo Diego
Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo. Esa máquina es la memoria. Gracias a ella puedo volver a vivir ese tiempo infeliz, feliz a veces. Pero, para suerte o desgracia, sólo puedo vivirlo en una sola dimensión, la del recuerdo. El intangible conocimiento (todo lo que yo sé de ella) puede cambiar algo tan concreto como el pasado en que ella vivió. Una canción contemporánea parece decirlo mejor que yo: «Cuando el inmóvil objeto que soy / encuentra esa fuerza irresistible que es ella». Los fotones pueden negar el pasado, pero siempre se proyectan sobre una pantalla –en este caso este libro. La única virtud que tiene mi historia es que de veras ocurrió.
Esta narración está siempre en el presente a pesar del tiempo de los verbos, que no son más que auxilios para crear o hacer crear el pasado. Una página, una página llena de palabras y de signos hay que recorrerla y ese recorrido se hace siempre ahora, en el momento que escribo la palabra ahora que se va a leer enseguida. Pero la escritura trata de forzar la lectura a crear un pasado, a creer en ese pasado –mientras ese pasado narrado hacia el futuro. No quiero que el lector crea en ese futuro, fruto de lo que he escrito, sino que lo crea al pasado que lee. Son estas convenciones –escritura, lectura– las que nos permiten, a ti y a mí, testigo, a volver a ver mis culpas, a revisar, si puedo, la persona que fui por un momento. Ese momento está escrito en este libro: queda inscrito.
Habrá momentos en que el ojo que lee no creerá lo que ve. Eso se llama ficción. Pero es necesario siempre que el lector confunda el presente de la lectura con el pasado de lo narrado y que ambos tiempos avancen en busca de un futuro que es la culminación de la acción en la narración. (Me gustan las rimas impensadas). Pero hay que recordar que toda narración es en realidad un flash-back. El ejemplo más nítido de flash-back es la narración que hace Ulises de sus aventuras y desventuras en la corte de Antinoo. Éste es un momento más que épico, dramático, casi melodramático ya que la narración de Ulises viene precedida por las notas musicales de la lira y el canto del cantor de la corte. Los narradores de cuentos de hadas siempre comienzan su historia con el imprescindible «Érase una vez». Como toda ficción es siempre érase una vez, esta narración mía no puede ser menos. Aunque es todo menos un cuento de hadas. Es, si acaso, un cuento de hados. De nada.
Tuve que hacer un hueco en medio de la realidad. Yo era, fui ese hueco. Aunque parezca una declaración asombrosa, que no quiero que sea, La Habana no existía entonces. Recuerdo (es un recuerdo infantil en que ardo) una postalita de la serie «Piratas de ayer». Cada postal venía con una galletica, que se compraba por la postal, nueva o no, repetida a veces. La galleta era un pretexto que sin embargo se comía. Una postalita se llamaba «Caminando el tablón» y presentaba a un hombre, en medio de un tablón que sobresalía de la nave. Era un bucanero, Boca negra. De este lado del tablón estaban los conocidos de la costa, sable en mano. Del otro lado quedaba el mar desconocido y unos visibles tiburones que nadaban cerca del navío. El condenado sobre el tablón estaba, como dice el proverbio inglés, «entre el diablo y el profundo mar azul».
Ahora era yo el infeliz en el tablón. Que la vida se organice como una postal de piratas era lo que se llama una ironía. Ella se había encargado de contaminarlo todo. Era, de veras, como una infección. Ese verano Ella lo había dominado todo, como domina una bacteria la vida. Pero había sido, en un momento de nuestro encuentro, una querida bacteria que produjo una infección amable. Larvado viví y estuve enfermo por un tiempo.
Pero no había realidad fuera de mí, de nuestra, realidad. Como en las películas, el tiempo en la pantalla suspendida, el tiempo afuera. Pero —eso lo veo ahora— la vida no es una película, por muy real que sea la vida. ¿Qué decir de los efectos especiales? La narración intenta llenar ese vacío, pero ese vacío es el centro de la narración porque era, ¿quién lo diría?, la propia Estelita. Una vez más, sólo la estela dejada por la fuga.
Contar (es decir, contando) implica correr riesgos. Uno de ellos es el riesgo que se corre en la vida, donde uno no cuenta. La vida está siempre en primera persona, aunque uno no sabe cómo va a ser, «en un final», el final. La tercera persona, que duda cabe, es más segura. Pero es también la transmisión a distancia que resulta siempre falsa. La falsa distancia es de la novela, la proximidad de la primera persona viene de la vida. La tercera persona no va a ninguna parte. Todo es ficción pero la primera persona, tan singular, no lo parece.
La vida es un prêt-à-porter si prêt es una abreviatura de pretérito. El Lector puede, si quiere, creer que nada ocurrió o que esta historia del periodista pobre y su hallazgo nunca tuvo lugar –excepto, claro, en mi memoria.
Guillermo Cabrera Infante
La ninfa inconstante, Galaxia Gutenberg, 2008 Copyright: Sucesores de Guillermo Cabrera Infante