Así comienza el romance «Describiendo un terremoto», escrito por el poeta y dramaturgo Gabriel Bocángel (1603 - 1658)
Discordias gime la tierra,
violencias el aire esgrime,
y, mientras se
muda todo,
solo la mudanza es firme.
Así comienza el romance «Describiendo un terremoto», escrito por el poeta y dramaturgo Gabriel Bocángel (1603 - 1658)
Discordias gime la tierra,
violencias el aire esgrime,
y, mientras se
muda todo,
solo la mudanza es firme.
Soy garridica
y vivo penada
por ser mal casada.
Yo soy, no repuno,
hermosa sin cuento,
amada de uno,
querida de ciento.
No tengo contento
si valgo ya nada
por ser mal casada
Con estos cabellos
de bel parecer
haría con ellos
los hombres perder.
Quien los puede haber
no los tiene en nada
por ser mal casada.
Juan de Timoneda
(Valencia, entre 1518 y 1520 - 1583)
QUE LA VIDA ES SIEMPRE BREVE Y FUGITIVA
Todo tras sí lo lleva el año breve
de la vida mortal, burlando el brío,
al acero valiente, al mármol frío,
que contra el tiempo su dureza atreve.
Antes que sepa andar, el pie se mueve
camino de la muerte, donde envío
mi vida oscura, pobre y turbio río
que negro mar con altas ondas bebe.
Todo corto momento es paso largo
que doy a mi pesar en tal jornada,
pues parado y durmiendo siempre aguijo;
breve suspiro, y último, y amargo,
es la muerte forzosa y heredada;
mas si es ley y no pena, ¿qué me aflijo?
Francisco de Quevedo
Hermosas damas si la pasión ciega
nios arma de desdén, no os arma de ira,
¿quién con piedad al andaluz no mira
y quién al andaluz su favor niega?
¿En el terrero, quién humilde ruega,
fiel adora, idólatra suspira?
¿Quién en la plaza los bohordos tira,
mata los toros y las cañas juega?
¿En los saraos quién lleva las más veces
los dulcísimos ojos de la sala,
sino galanes del Andalucía?
A ellos les dan siempre los jueces,
en la sortija, el premio de la gala,
en el torneo, de la valentía.
(1603)
Luis de Góngora
La rosa en los cristales de una fuente
flor a flor todo el prado desafía;
hermosa en plumas de carmín se abría
a ser narciso en el cristal luciente.
Y cuando más purpúrea y floreciente
en copas de rubí perlas bebía,
del achaque de un sol, del mal de un día,
murió: que aun la hermosura en flores miente.
¡Oh flor!, el primer paso de tu vida
fue el último también que pudo darte,
antes escarmentada que nacida.
¡Oh documento de la humana suerte!
¡Oh verdad de los campos escondida!
¿Quién no se desengaña con tu muerte?
Pedro de Castro y Anaya
(Murcia, 1610 - 1644)
Dedicó su vida a las armas. Fue elogiado por Lope, Montalbán y Calderón.
¡Oh claro honor del líquido elemento,
dulce arroyuelo de corriente plata,
cuya agua entre la hierba se dilata
con regalado son, con paso lento!,
pues la por quien helar y arder me siento,
mientras en ti se mira, Amor retrata
de su rostro la nieve y la escarlata
en tu tranquilo y blando movimiento,
vete como te vas, no dejes floja
la undosa rienda al cristalino freno
con que gobiernas tu veloz corriente,
que no es bien que confusamente acoja
tanta belleza en su profundo seno
el gran señor del húmido tridente.
(1582)
Luis de Góngora
Suelta mi manso, mayoral extraño,
pues otro tienes de tu igual decoro,
deja la prenda que en alma adoro
perdida por tu bien y por mi daño.
Ponle su esquila de labrado estaño
y no le engañen tus collares de oro,
toma en albricias este blanco toro
que a las primeras yerbas cumple un año.
Si pides señas, tiene el vellocino
pardo encrespado, y los ojuelos tiene
como durmiendo en regalado sueño.
Si piensas que no soy su dueño, Alcino,
suelta y verasle si a mi choza viene,
que aun tienen sal las manos de su dueño.
Querido manso mío, que venistes
por sal mil veces junto aquella roca,
y en mi grosera mano vuestra boca
y vuestra lengua de clavel pusistes,
¿por qué montañas ásperas subistes,
que tal selvatiquez el alma os toca?
¿Qué furia os hizo condición tan loca,
que la memoria y la razón perdistes?
Paced la anacardina, porque os vuelva
de ese cruel y interesable sueño,
y no bebáis del agua del olvido.
Aquí está vuestra vega, monte y selva;
yo soy vuestro pastor, y vos mi dueño;
vos mi ganado, y yo vuestro perdido.
Vireno, aquel mi manso regalado
del collarejo azul; aquel hermoso
que con balido ronco y amoroso
llevaba por los montes mi ganado;
aquel del vellocino ensortijado,
de alegres ojos y mirar gracioso,
por quien yo de ninguno fui envidioso,
siendo de mil pastores envidiado;
aquel me hurtaron ya, Vireno hermano:
ya retoza otro dueño y le provoca;
toda la noche vela y duerme el día.
Ya come blanca sal en otra mano;
ya come ajena mano con la boca
de cuya lengua se abrasó la mía.
Lope de Vega
No hay bien que del mal me guarde,
temeroso y encogido,
de sinrazón ofendido
y de ofendido cobarde.
Y aunque mi queja, ya es tarde,
y razón me la defiende,
más en mi daño se enciende,
que voy contra quien me agravia,
como el perro que con rabia
a su mismo dueño ofende.
Vicente Espinel
(1550 - Madrid, 1624)
En sombra, en nada, tempus fugit.
Álvaro Fernández Sierra
(León, 1943 - Cracovia, 2019)
Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido al sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;
mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;
goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, lirio, clavel, cristal luciente,
no sólo en plata o víola troncada
se vuelva, mas tú y ello, juntamente,
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
(1582)
Luis de Góngora
(Córdoba, 1561 - 1627)
De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado
Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
distinto, oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto,
piedad halló, si no halló camino.
Salió el Sol, y entre armiños escondida,
soñolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
[1594]
Luis de Góngora
Arrepentimiento y lágrimas debidas al engaño de la vida
Huye sin percibirse lento el día,
y la hora secreta y recatada
con silencio se acerca, y despreciada
lleva tras sí la edad lozana mía.
La vida nueva, que en niñez ardía,
ya juventud robusta, y engañada,
en el postrer invierno sepultada,
yace entre negra sombra y nieve fría.
No sentí resbalar mudos los años,
hoy los lloro pasados, y los veo
riyendo de mis lágrimas y daños.
Mi penitencia deba a mi deseo,
pues me deben la vida mis engaños,
y espero el mal que paso, y no le creo.
Francisco de Quevedo
PERSEVERA EN LA EXAGERACIÓN DE SU AFECTO AMOROSO
Y EN EL EXCESO DE SU PADECER
En los claustros del alma la herida
yace callada; mas consume hambrienta
la vida, que en mis venas alimenta
llama por las medulas extendida.
Bebe el ardor hidrópica mi vida,
que ya, ceniza amante y macilenta,
cadáver del incendio hermoso, ostenta
su luz en humo y noche fallecida.
La gente esquivo, y me es horror el día;
dilato en largas voces negro llanto,
que a sordo mar mi ardiente pena envía.
A los suspiros di la voz del canto,
la confusión inunda l’alma mía:
mi corazón es reino del espanto.
Francisco de Quevedo
Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe
Qué bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.
Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen de ella tiene,
aunque es de noche.
Sé que no puede ser cosa tan bella,
y que cielos y tierra beben de ella,
aunque es de noche.
Bien sé que suelo en ella no se halla,
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.
Su claridad nunca es oscurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.
Sé ser tan caudalosos sus corrientes.
que infiernos, cielos riegan y las gentes,
aunque es de noche.
El corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.
El corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.
Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.
Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a oscuras
porque es de noche.
Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.
San Juan de la Cruz
FELICIDAD BARATA Y ARTIFICIOSA DEL POBRE
Con testa gacha toda charla escucho;
dejo la chanza y sigo mi provecho;
para vivir, escóndome y acecho,
y visto de paloma lo avechucho.
Para tener, doy poco y pido mucho;
si tengo pleito, arrímome al cohecho;
ni sorbo angosto ni me calzo estrecho:
y cátame que soy hombre machucho.
Niego el antaño, píntome el mostacho;
pago a Silvia el pecado, no el capricho;
prometo y niego: y cátame muchacho.
Vivo pajizo, no visito nicho;
en lo que ahorro está mi buen despacho:
y cátame dichoso, hecho y dicho.
Francisco de Quevedo
Encarece amor para obligar a su dama a que lo premie
Juana, mi amor me tiene en tal estado,
que no os puedo mirar, cuando no os veo;
ni escribo ni manduco ni paseo,
entretanto que duermo sin cuidado.
Por no tener dineros no he comprado
(¡oh Amor cruel!) ni manta, ni manteo;
tan vivo me derrienga mi deseo
en la concha de Venus amarrado.
De Garcilaso es este verso Juana:
todos hurtan, paciencia, yo os le ofrezco
Mas volviendo a mi amor, dulce tirana,
tanto en morir y en esperar merezco,
que siento más el verme sin sotana,
que cuanto fiero mal por vos padezco.
Lope de Vega
EJERCICIO CON QUEVEDO
Ayer se fue, mañana no ha llegado,
libertad pido hoy, agua y aliento.
Alegría y cansancio me persiguen
cuando por otras vidas ir te veo.
Sólo ya el no querer es lo que quiero,
libertad pido hoy, sangre y olvido,
para no amarte más, busco un silencio
donde apoyar la ruina de mis noches.
Escucho sordo y reconozco ciego,
libertad pido hoy, si te encontrara,
para no verte más y escapar lejos.
Un nuevo corazón, un hombre nuevo
libertad pide hoy, mañana acaso
espere derrotado tu regreso.
José Antonio Gabriel y Galán
RIESGO DE CELEBRAR LA HERMOSURA DE LAS TONTAS
Sol os llamó mi lengua pecadora,
y desmintiome a boca llena el cielo;
luz os dije que dábades al suelo,
y opúsose un candil, que alumbra y llora.
Tan creído tuviste ser aurora,
que amanecer quisiste con desvelo;
en vos llamé rubí lo que mi abuelo
llamara labio y jeta comedora.
Codicia os puse de vender los dientes,
diciendo que eran perlas; por ser bellos,
llamé los rizos minas de oro ardientes.
Pero si fueran oro los cabellos,
calvo su casco fuera, y, diligentes,
mis dedos los pelaran por vendellos.
Francisco de Quevedo