Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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10 de enero de 2024

Carmen Martín Gaite - Tres eran tres

 

TRES ERAN TRES   

Tres eran tres mis bienes de antaño:
tu letra, tu voz y un pañuelo blanco.

Tu letra entre miles reconocería,
la T de "te quiero", el A de "alma mía";
tu voz brasa y miel en la noche fría.
Y desde el balcón, al rayar el día,
el pañuelo "vuelve" y "adiós" te decía.

Tres eran tres mis bienes de antaño,
y los tres son hoy recuerdo aventado.

Tu voz se me pierde por esos barrancos,
las cartas las lleva el viento a otro lado.
Ni letra, ni voz,
ni el pañuelo sabe
a quién dice adiós.

Carmen Martín Gaite


Poemas (2001)



23 de marzo de 2023

Carmen Martín Gaite - Ni aguantar ni escapar

 

Ni aguantar ni escapar

Ni aguantar ni escapar,
ni el luto ni la fiesta,
ni designio ni azar,
ni el llano ni la cuesta.

Ni puro ni perverso,
ni denso ni vacío,
ni en uno mismo inmerso
ni extroverso
ni abrasador ni frío.

Ni de ida ni de vuelta
ni al margen ni en el ajo,
ni pasión ni desdén:
vacilación resuelta
con el suelo debajo
por entre el mal y el bien.

Ni cubierta la faz
ni mirando al abismo,
ni a mandobles ni en paz
que viene a ser lo mismo.

Ni falta de criterio
ni sobra de juicio
ni un carnaval tan serio
ni el dicterio
tan sacado de quicio.

Ni súbdito ni rey
ni a cualquier viento hoja
ni el paso altivo y fuerte:
por dónde pisa el buey
pero en la cuerda floja
mientras llega la muerte.

Carmen Martín Gaite




17 de noviembre de 2022

Carmen Martín Gaite - El cuento de nunca acabar

 

Tendría yo ocho años y estaba con mi hermana en una habitación de nuestra casa de Salamanca que llamábamos «el cuarto de atrás». Era el cuarto de jugar y el de dar clase y tenía un sofá viejo tapizado de pana verde. Aquella tarde, doña Ángeles, una maestra delgada y amable, que vestía de luto y a la que yo admiraba mucho porque tenía las cejas muy finas y la letra muy clara, abrió con solemnidad un libro de tapas grises que ya nos había encomiado en otras ocasiones, nos volvió a advertir que encerraba los mayores tesoros de la lengua castellana, y se dispuso a leernos uno de sus episodios que, según ella, ya estábamos capacitadas para degustar. «Atender bien –nos dijo–, porque mañana me tenéis que hacer una redacción sobre este capítulo.» Yo me puse a mirar a la ventana. Por encima de una tapia que respaldaba el cobertizo con lavaderos donde bajaban a hacer la colada las criadas de la vecindad, asomaban las copas de unos árboles pertenecientes al jardín de la casa de al lado. Era un atardecer de invierno y una luz muy bonita teñía de rosa los contornos cambiantes de las nubes que viajaban sobre aquellos árboles. Así, con los ojos fijos en la transformación de las nubes y presa de una excitada desazón, escuché por primera vez la lectura de aquel texto que estaba condenada a entender y apreciar debidamente.
  Dos extraños personajes andariegos y charlatanes, de los cuales previamente se nos había informado que uno estaba loco y otro no, llegaban platicando y cabalgando en compañía de otros dos a quienes habían encontrado por el camino, duque y duquesa, al castillo de esta pareja ilustre, y allí se les deparaba una solemne acogida. Doña Ángeles leía de una manera reverente, pero a ratos hacía pausas en las que yo, dejando de mirar las nubes para mirarla a ella, me daba cuenta de que estaba sonriendo con deleite y con una especie de complicidad, como si nos forzara a compartir su placer y su sonrisa. Yo me sentía incómoda, expulsada de aquel placer incomprensible, al que más que invitarme se me obligaba.

Carmen Martín Gaite


El cuento de nunca acabar (1988)