Andrés Dean - Sin título, Montevideo, 2012
DOS POBRES
Anoche anduvo por el sueño
la neoyorkina,
la que dormía en la esquina helada
rica de manta y de sombrilla.
Hoy veo al cotidiano vagabundo quietísimo,
constante bajo el puente,
también oculto en manta por la noche.
A todos nos hallará muerte
en nuestro sitio.
Ida Vitale
Procura de lo imposible (1998)
Rafael Barradas (1890-1929) - García Lorca, 1922
(National Museum of Visual Arts, Montevideo, Uruguay)
Watercolor and black crayon; 33 x 23 cm.
(Milton Sonn)
Rafael Barradas (Montevideo, 1890 - 1929) fue un pintor y dibujante uruguayo. Reconocido impulsor en España de la Sociedad de Artistas Ibéricos, fue muy estimado por el círculo de intelectuales de la generación del 27.
LAURELES
No iremos más al bosque,
cortaron los laureles,
cortaron los cipreses,
los álamos, los robles,
las civiles palmeras,
la atinada araucaria,
el pino, el eucalipto
después de escarmentarlos.
No iremos más al bosque,
en ningún lado, ¿adónde?,
si el desierto prospera
más que la mala hierba
Cortaron los laureles,
el aire, la esperanza,
cortaron lo posible:
cortaron lo cortable,
las nubes en lo alto,
los ríos a sus pies.
Nuestra muerte madura
con la muerte del pez.
Ida Vitale
Procura de lo imposible (1998), en Poesía reunida. Tusquets, 2ª ed. 2018; 1ª ed. 2017
No para Innita - José Mujica, presidente de Uruguay [2013]
suelta el ovillo, gato
desobedece, desobedécete
el yo como gato Félix
el yo como Eduardo Félix
el yo es un felino infeliz
montés, libre con hambre
ronda los barrios bajos de Montevideo
pasea por las palabras en busca de poesía, de yema
el yo como gato rayado de huevo
rompe la expectativa que la cultura uruguaya puso en él
un deseo de canto amargo de latas de coca
amargo de chapas de zinc del cincuenta y dos, cuando nació
–amo las calles cercanas al puerto, dueño, las fábricas viejas, los vidrios rotos
vamos por un medio y medio al mercado –no tenés farmacia, no tenés remedio–
–y no–
síntesis del recuento, sin techo ni plaza el yo como gato no canta
en Uruguay
Eduardo Milán
Reversura. Elefanta Editorial/Mantarraya Ediciones, 2024
Tres poemas más de este libro en el blog Nueva Provenza
Eduardo Félix Milán (Rivera, 27 de julio de 1952) es un poeta, ensayista y crítico literario uruguayo radicado en México. (Wikipedia)
MISTERIOS
Alguien abre una puerta
y recibe el amor
en carne viva.
Alguien dormido a ciegas,
a sordas, a sabiendas,
encuentra entre su sueño,
centelleante,
un signo rastreado en vano
en la vigilia.
Entre desconocidas calles iba,
bajo cielos de luz inesperada.
Miró, vio el mar
y tuvo a quién mostrarlo.
Esperábamos algo:
y bajó la alegría,
como una escala prevenida.
Ida Vitale
CORRER EL RIESGO
Entrar a un nuevo día para ver cómo muere.
Cubrirme bien los ojos para ver cómo veo.
Comenzar una hoja a ver cómo se escribe.
Acariciar el hielo para sentirme viva.
Leer, releer la palabra y la frase y el rostro.
Los rostros, sobre todo, y pesar lo que callan.
¿Intentarlo con pájaros para perder la ruta?
Ida Vitale
Tiempo sin claves, Tusquets, 2021
RESIDUA
Corta la vida o larga, todo
lo que vivimos se reduce
a un gris residuo en la memoria.
De los antiguos viajes quedan
las enigmáticas monedas
que pretenden valores falsos.
De la memoria sólo sube
un vago polvo y un perfume.
¿Acaso sea la poesía?
Ida Vitale
Hace cinco años, cuando el Gobernador decidió expulsar a Larsen (o Juntacadáveres) de la provincia, alguien profetizó, en broma e improvisando, su retorno, la prolongación del reinado de cien días, página discutida y apasionante —aunque ya casi olvidada— de nuestra historia ciudadana. Pocos lo oyeron y es seguro que el mismo Larsen, enfermo entonces por la derrota, escoltado por la policía, olvidó en seguida la frase, renunció a toda esperanza que se vinculara con su regreso a nosotros.
De todos modos, cinco años después de la clausura de aquella anécdota, Larsen bajó una mañana en la parada de los 'omnibuses' que llegan de Colón, puso un momento la valija en el suelo para estirar hacia los nudillos los puños de seda de la camina, y empezó a entrar en Santa María, poco después de terminar la lluvia, lento y balanceándose, tal vez más gordo, más bajo, confundible y domado en apariencia.
Tomó el aperitivo en el mostrador del Berna, persiguiendo calmoso los ojos del patrón hasta obtener un silencioso reconocimiento. Almorzó allí, solitario y rodeado por las camisas a cuadros de los camioneros. (Ahora éstos disputaban al ferrocarril las cargas hasta El Rosario y los pueblos litorales del norte; parecían haber sido paridos así, robustos, veinteañeros, gritones y sin pasado, junto con el camino de macadam inaugurado unos meses atrás). Se cambió después a una mesa próxima a la puerta y a la ventana para tomar el café con gotas.
Son muchos los que aseguran haberlo visto en aquel mediodía de fines de otoño. Algunos insisten en su actitud de resucitado, en los modos con que, exageradamente, casi en caricatura, intentó reproducir la pereza, la ironía, el atenuado desdén de las posturas y las expresiones de cinco años antes; recuerdan su afán por ser descubierto e identificado, el par de dedos ansioso, listo para subir hasta el ala del sombrero frente a cualquier síntoma de saludo, a cualquier ojo que insinuara la sorpresa del reencuentro. Otros, al revés, siguen viéndolo apático y procaz, acodado en la mesa, el cigarrillo en la boca, paralelo a la humedad de la avenida Artigas, mirando las caras que entraban, sin otro propósito que la contabilidad sentimental de lealtades y desvíos; registrando unas y otros con la misma fácil, breve sonrisa, con las contracciones involuntarias de la boca.
Pagó el almuerzo, con la exagerada propina de siempre, reconquistó su pieza en la pensión de encima del Berna y después de la siesta, más verdadero, menos notable por haberse aliviado de la valija, se puso a recorrer Santa María, pesado, taconeando sin oírse, paseando ante la gente y puertas y vidrieras de comercios su aire de forastero incurioso. Caminó sobre los cuatro costados y las dos diagonales de la plaza como si estuviera resolviendo el problema de ir desde A hasta B, empleando todos los senderos y sin pisar sus pasos anteriores; fue y volvió frente a la verja negra, recién pintada, de la iglesia; entró en la botica que seguía siendo de Barthé —más lento que nunca, más característico, más alerta— para pesarse, comprar jabón y dentífrico, contemplar como a la imprevista foto de un amigo el cartel que anunciaba: «El farmacéutico estará ausente hasta las 17».
Insinuó después una excursión a los alrededores, fue bajando, aumentando el balanceo del cuerpo, tres o cuatro de las cuadras que llevan a la convergencia del camino de la costa con el que va a la Colonia, por la descuidada calle en cuyo final está la casita con balcones celestes, alquilada ahora por Morentz, el dentista. Lo vieron más tarde cerca del molino de Redondo, con los zapatos hundidos en el pasto mojado, fumando contra un árbol; golpeó las manos en la granja de Mantero, compró un vaso de leche y pan, no contestó directamente a las preguntas de los que trataron de ubicarlo («estaba triste, envejecido y con ganas de pelear; mostraba el dinero como si tuviéramos miedo de que se fuera sin pagarnos»). Llegó, probablemente, a perderse durante unas horas en la Colonia, y reapareció, a las siete y media de la tarde, en el mostrador del bar del Plaza, que no había visitado nunca cuando vivió en Santa María. Estuvo repitiendo allí, hasta la noche, las farsas de agresión y curiosidad que atribuyeron a su estada del mediodía en el Berna.
Disputó benévolo con el barman —con una tácita, mantenida alusión al tema que llevaba cinco años de enterrado— acerca de fórmulas de cócteles, del tamaño de los pedazos de hielo, del largo de las cucharas de revolver. Tal vez haya esperado a Marcos y sus amigos; miró al doctor Díaz Grey y no quiso saludarlo. Pagó esta otra cuenta, empujó sobre el mostrador la propina y fue bajándose con seguridad y torpeza del taburete, fue caminando por la tira de linóleo, balanceándose con el premeditado compás, corto y ancho, seguro de que la verdad, aunque marchita, iba naciendo de los golpes de sus zapatos y se transfería al aire, a los demás, con insolencia, con sencillez.
Salió del hotel y es seguro que cruzó la plaza para dormir en la habitación del Berna. Pero ningún habitante de la ciudad recuerda haberlo visto nuevamente antes de que se cumplieran quince días de su regreso. Entonces, era un domingo, todos lo vimos en la vereda de la iglesia, cuando terminaba la misa de once, artero, viejo y empolvado, con un diminuto ramo de violetas que apoyaba contra el corazón. Vimos a la hija de Jeremías Petrus —única, idiota, soltera— pasar frente a Larsen, arrastrando al padre feroz y giboso, casi sonreír a las violetas, parpadear con terror y deslumbramiento, inclinar hacia el suelo, un paso después, la boca en trompa, los inquietos ojos que parecían bizcos.
Juan Carlos Onetti
Primer capítulo de El astillero (1961)
YA NO
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volverá a tocarte.
No te veré morir.
(1958)
Idea Vilariño
(v. Arsenio Escolar en ArchiLetras)
INVIERNO
Como las gotas en el vidrio,
como las gotas de la lluvia
en una tarde somnolienta,
exactamente iguales,
superficiales,
ávidas todas,
breves,
se hieren y se funden,
tan, tan breves
que no podrían dar cabida al miedo,
que el espanto no debiera hacer huella
en nosotros.
Después, ya muertos, rodaremos,
redondos y olvidados
Ida Vitale
Jardín de sílice (1980), en Poesía reunida. Tusquets, 2ª ed. 2018; 1ª ed. 2017
EL DÍA, UN LABERINTO
El dia, un laberinto,
donde sólo tienes la luz
unos minutos.
Te asomas a la mesa que marea,
miras papeles,
mares que se ajan,
letras confusas,
hojas de otro otoño,
el registro del día,
el laberinto,
donde solo tuviste luz
unos minutos
Ida Vitale
Procura de lo imposible (1998), en Poesía reunida. Tusquets, 2ª ed. 2018; 1ª ed. 2017
(El pasado 2 de noviembre, Ida Vitale cumplió 101 años. Que sean muchos más y siga escribiendo. Su último libro es Tiempo sin claves, de 2021)
En "De Enrique", un poema de su libro Tiempo sin claves (Tusquets, 2021), Ida Vitale usaba como epígrafe este verso del mexicano Gabriel Zaid:
Éste es el poema de donde salió el verso:
El origen de la presión
En los manantiales del tiempo
no hay prisa ni presión. El espacio
crece despacio como un álamo
con rumores de tiempo en el espejo.
En el espacio está la eternidad
que se queda mirada.
Cuando, por fin, dichosa, parpadea,
el tiempo nace como interrupción.
El tiempo, la costilla de Narciso,
es una astilla de la Eternidad,
espejo roto de Eco en Eco.
El tiempo irrumpe cuando ya no hay tiempo.
Te amo, eternidad fugitiva.
Dichosa interrupción: detente.
Gabriel Zaid
"El origen de la presión ", Revista diagonales, número 3, México, 1987, p. 40.
SE RECOMIENDA
Tú quieta, aunque
el trapecio todavía se mueva
y te delate.
Leer y releer una frase,
una palabra, un rostro,
sobre todos los rostros,
y repasar, pesar bien
lo que callan.
Ida Vitale
Mínimas de aguanieve (2015), en Poesía reunida. Tusquets, 2ª ed. 2018; 1ª ed. 2017.
SIN EL NOMBRE DEL PÁJARO
QUÉ desolado ese piar en medio
de esta lluvia nocturna que anticipa el relámpago
y el rodar poderoso del trueno que lo sigue.
No tiene nido o ha perdido el rumbo.
Qué soledad, como de ser sin alma
o con más alma de la conveniente.
Alguien un día estará solo, oyendo
esta misma tristeza y este canto,
disperso entonces lo hoy entrelazado.
Ida Vitale
Tiempo sin claves, Tusquets, 2021
FUEGOS
Cada persona brilla con luz propia
entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales.
Hay fuegos grandes y fuegos chicos
y fuegos de todos los colores.
Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento,
y hay gente de fuego loco, que llena el aire de chispas.
Algunos fuegos, fuegos bobos,
no alumbran ni queman;
pero arden la vida con tantas ganas
que no se puede mirarlos sin parpadear,
y quien se acerca, se enciende.
Eduardo Galeano
RECURSOS
El sobresalto fuera del poema y dentro del poema, apenas aire contenido.
Leer y releer una frase, una palabra, un rostro. Los rostros, sobre todo.
Repasar, pesar bien lo que callan.
Como no estás a salvo de nada, intenta ser tú mismo la salvación de algo.
Caminar despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo.
Ida Vitale
Tiempo sin claves, Tusquets, octubre 2021