para que eu pudesse fazer esta rude & tosca escritura, que por herança deixo aos meus filhos
Fernão Mendes Pinto
Leído en A Musa Irregular, de Fernando Assis Pacheco, Assírio & Alvim, Lisboa, 2006
para que eu pudesse fazer esta rude & tosca escritura, que por herança deixo aos meus filhos
Fernão Mendes Pinto
Leído en A Musa Irregular, de Fernando Assis Pacheco, Assírio & Alvim, Lisboa, 2006
POIS
O respeitoso membro de azevedo e silva
nunca perpenetrou nas intenções de elisa
que eram as melhores. Assim tudo ficou
em balbúrdias de língua cabriolas de mão.
Assim tudo ficou até que não.
Azevedo e silva ao volante do mini
vê a elisa a ultrapassá-lo alguns anos depois
e pensa pensa com os seus travões
Ah cabra eram tão puras as minhas intenções
E a elisa passa rindo dentadura aos clarões.
POIS POIS
Sobre o tampo da mesa
Rabo de Cavalo cotovelo-groselha
defronta Patilhas Grisalhas cerveja-cotovelo
Falam de dominguins versus ordoñez
de hemingways na brecha na querela
do assassino mano a mano
Falam a ouro e a sangue no ruedo de mármore
Sob o tampo da mesa
três joelhos conversam roçagantes:
o dele (sarja) entre os dela (nylon).
Rabo de Cavalo está quadrada.
Patilhas Grisalhas então entra a matar.
O sobre e o sob logo se confundem.
Que prometia (olé) o cartaz dele?
Alexandre O’Neill
Entre a Cortina e a Vidraça (1972)
τώρα στα γεράματα μάθε γέρο γράμματα
aprender até morrer
Historia de un cuaderno azul
El taxi subía lentamente por una de las calles del barrio lisboeta del Chiado y cerca de la plaza de Camões me fijé en el escaparate de una pequeña papelería. Me llamaron la atención unos cuadernos de color azul que no había visto nunca. Colecciono blocs y libretas. Me gustan especialmente los cuadernos que vienen del pasado y traen consigo el recuerdo de los tiempos lentos. Me complace observarlos y los suelo usar para anotaciones rápidas, sin ninguna intención literaria. Debo confesar que escribo muy poco a mano, con una letra indisciplinada, casi ilegible –lletra de metge, decimos en catalán-, que ni yo mismo entiendo cuando repaso mis notas. Admiro a la gente que es capaz de concluir la jornada resumiendo reflexivamente las impresiones del día con letra clara y bien ordenada. Lo mío podríamos llamarlo fetichismo. Me interesaron esos cuadernos azules y le dije al taxista que me apeaba.
El dueño de la papelería me los mostró y se confirmó el flechazo. Tapa dura de tela azul empastada, con una etiqueta blanca con doble orla. Algunas de las etiquetas estaban visiblemente torcidas. Trabajo manual sin pensar en el qué diran. Cuadernos autárquicos. Tres tamaños: de bolsillo, de mesa y uno muy alargado para la contabilidad de antes. Quizás en uno de esos cuadernos azules, María Jesús Caetano, la legendaria ama de llaves del dictador Oliveira Salazar, apuntaba el número de huevos que ponían las gallinas del palacio presidencial, que ella misma vendía cada mañana a una tienda cercana. En uno de esos cuadernos quizás algún joven oficial del ejército portugués apuntó las contraseñas del levantamiento del 25 de abril de 1974. Eran muy dispares. No había ningún cuaderno igual a otro. Variaba siempre el numero de páginas, que podían ser blancas, a rayas o con cuadrícula. Los lomos del papel estaban ligeramente tintados de rosa o azul, como si se hubiesen utilizado resmas de papel sobrante. Cuadernos de batalla. Cuadernos rudos. Nada que ver con los estilizados Moleskine, el viejo bloc de los artistas parisinos relanzado como producto de éxito por la diseñadora italiana Maria Segronbodi.
El encargado de la papelería me hablaba en portugués y yo le respondía en castellano. Antes de despedirme, le hice una pregunta un poco relamida. Le dije: “Hay un escritor americano llamado Paul Auster que habla de unos cuadernos azules portugueses en una de sus últimas novelas, ¿podrían ser estos?”. El señor Luis Bordalo me miró sonriente y me dio cuerda: “Creo que lo son”. Subí las cuestas del Barrio Alto más contento que un niño con zapatos nuevos. Había encontrado los cuadernos azules portugueses que aparecen en la novela La noche del oráculo, me alojaba en la pensión Londres, con una vista fenomenal sobre Lisboa, y por las noches leía fragmentos del Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Sólo faltaba una canción de Madredeus como música de fondo. Me sentía un personaje de Wim Wenders en la película Lisbon Story. Fetichismos.
De vuelta a Madrid escribí un artículo sobre los cuadernos azules portugueses que llamó la atención de algunos lectores viajeros. Finales de febrero del 2007. Aún no había comenzado la crisis económica y la gente viajaba mucho. En julio regresé a Lisboa y empecé a trabar amistad con Luis y Sandra, los propietarios de la pequeña papelería del Largo de Calhariz, a dos pasos de la plaza de Camões. Habían ampliado el negocio. Ella se ocupaba primordialmente de la pequeña papelería y él atendía un quiosco cercano en el que se vendían todo tipo de revistas internacionales.
Corrió la voz sobre los cuadernos azules portugueses, que evidentemente se podían comprar en otras papelerías del país. La revista de la TAP, las aerolíneas portugueses, les dedicó un artículo de una página, que los Bordalo colgaron inmediatamente en el escaparate. Había en aquellos momentos en Portugal un fuerte apego a los productos tradicionales: colonias, perfumes, jabones de afeitar, envases, latas de sardina con las viejas marcas, carteles, cestos…. Una cadena de tiendas llamada A vida portuguesa tiene un amplio catálogo de productos que remiten a los tiempos pasados. Este año han puesto a la venta una infusión de clavel rojo para conmemorar el cincuenta aniversario de la Revolución de Abril. El cuaderno azul también formaba parte de ese catálogo.
El mundo antes de la eclosión definitiva de internet. Europa antes del garrotazo financiero del 2009. Portugal antes de la intervención de la troika en 2011. Lisboa antes de la explosión del turismo en 2014. Aquella modesta papelería del Largo de Calhariz nos decía que en una de las zonas más visitadas de Lisboa aún quedaban pequeños intersticios para el comercio local, espacios para el esfuerzo individual autopropulsado. Las grandes marcas y las cadenas internacionales aún no lo habían arrasado todo. La supervivencia de ese pequeño comercio local era uno de los atractivos de la ciudad. Lisboa y Oporto parecían caminar un poco más lentas en el gran circuito de la globalización. Y los cuadernos azules podían considerarse un símbolo de esa lentitud. En la novela de Auster también aparece una pequeña y modesta papelería en la que el protagonista de la narración, el escritor Sydney Orr, compra unos cuadernos portugueses de tapa dura con tela azul, con los que vuelve al trabajo después de una dura enfermedad. El comercio se llama Palacio de Papel y lo regenta un comerciante chino llamado Chang. Sydney Orr descubrirá que sólo logra escribir cuando dispone de un cuaderno azul portugués. Y después deberá descubrir también por qué su mujer llora desconsoladamente.
Luis y Sandra se interesaron por la novela de Auster, otearon el mercado y se dispusieron a dar la batalla. Escribieron a los fabricantes pidiéndoles una mayor estilización del producto. Mientras estos se lo pensaban, en la pequeña papelería del Chiado vendían los cuadernos azules junto con una gruesa goma elástica para mantenerlos cerrados. Con esa goma elástica construyeron una pequeña leyenda. Al cabo de unos años, cuando el turismo empezaba a desbordar Lisboa, los fabricantes decidieron finalmente estilizar el cuaderno azul: más elegancia, mejor papel, una hoja inicial para apuntar el nombre y las señas, más una cinta elástica de tela azul perfectamente incorporada a la tapa. Con ese cambio también llegaron malas noticias para los Bordalo.
Después de la crisis, Portugal estaba exhausto y los grandes fondos empezaron a fijarse primero en Lisboa y después en Oporto. Se empezaron a construir nuevos hoteles, llegaron los pisos turísticos, abrieron nuevos restaurantes y todo tipo de tiendas, mientras cerraban muchos viejos comercios. Nada que no hayamos experimentado en las grandes ciudades españolas. Un día, los Bordalo recibieron la notificación de que sus contratos de alquiler no serían renovados. La papelería y el quiosco deberían cerrar. “La papelería de los cuadernos azules ha cerrado”, me comentó un amigo que acababa de regresar de Lisboa.
Al cabo de unos meses, la música del azar se puso en marcha. Luis y Sandra Bordalo me escribieron informándome que se habían trasladado a un pueblo del interior de Portugal en el que pensaban abrir una papelería. Y aquí apareció la mano de Paul Auster, que hoy está en los cielos. El lugar al que se habían trasladado se llama Covilhã, a los pies de la sierra de la Estrella, un viejo centro textil no muy lejano de la frontera con España, hoy convertido en ciudad universitaria. Y en esa ciudad hay alguien que conoce muy bien la magia de los cuadernos azules.
La música del azar. En Covilhã vive y trabaja el profesor Gabriel Magalhães, entrañable amigo portugués y colaborador mensual de La Vanguardia desde hace más de una década. Avisé a Magalhães y pronto conoció a los propietarios de la nueva papelería. Hace un par de años tuve la ocasión de visitarles. Además de material escolar y pertrechos para los estudiantes universitarios, venden revistas internacionales y cuadernos azules. Trabajan mucho. En ocasiones abren los domingos. La vida es más tranquila en el interior del país, fondos e inmobiliarias no hostigan como en Lisboa, pero el coste de la vida también ha subido. Vivir modestamente en Portugal hoy no es fácil. Quizá ello nos ayude a entender los resultados de las últimas elecciones legislativas en ese país. Bajo las buenas formas portuguesas, late también una fuerte tensión. Fue un encuentro entrañable en el que se habló de Paul Auster y de la noche del oráculo.
La papelería de Covilhã se llama ‘Parágrafo Seguinte’. El Párrafo Siguiente.
Enric Juliana
E mais as boas pessoas
são todas pobres a eito;
e eu por este respeito
nunca trato em cousas boas,
porque não trazem proveito.
Toda a glória de viver
das gentes é ter dinheiro,
e quem muito quiser ter
cumpre-lhe de ser primeiro
o mais roim que puder.
Gil Vicente, Auto da Feira
Leído en Auto dos Danados, de António Lobo Antunes. Publicações Dom Quixote, 18ª edição (1ª edição ne varietur): Abril de 2005. 1ª edição: 1985
— Digades, filha, mia filha velida,
por que tardastes na fontana fria?
(— Os amores hei.)
— Digades, filha, mia filha louçãa:
por que tardastes na fria fontana?
(— Os amores hei.)
Tardei, mia madre, na fontana fria…
cervos do monte a áugua volviam.
(os amores hei);
Tardei, mia madre, na fria fontana,
cervos do monte volviam a áugua.
(os amores hei).
— Mentir, mia filha! Mentir por amigo!
Nunca vi cervo que volvess' o rio.
(— Os amores hei.)
— Mentir, mia filha! Mentir por amado!
Nunca vi cervo que volvess' o alto. (água funda)
- Os amores hei!
Pero Meogo
[«Poema já estudado (…) em função do seu emprego da técnica do à parte»]
Do Cancioneiro de amigo, de Stephen Reckert e Helder Macedo, Assírio & Alvim, Lisboa, Fevereiro 1976
VII
Ponho na altiva mente o fixo esforço
Da altura, e à sorte deixo,
E às suas leis, o verso;
Que, quando é alto e régio o pensamento,
Súbdita a frase o busca
E o escravo ritmo o serve.
s.d. (1ª publ. in Atena , nº 1. Lisboa: Out. 1924)
Ricardo Reis
Como uma criança antes de a ensinarem a ser grande,
Fui verdadeiro e leal ao que vi e ouvi.
s.d.
Alberto Caeiro
Subiste à glória pela escada abaixo.
Paradoxo? Não: a realidade.
O paradoxo é o que é palavras;
A realidade é o que és.
Subiste porque desceste.
Está bem.
Amanhã talvez eu faça a mesma coisa.
Por ora, se calhar, invejo-te,
Não sei se te invejo a vitória,
Não sei se te invejo o consegui-la,
Mas realmente creio que te a invejo...
Sempre é vitória...
Façam um embrulho de mim
E depois deitem-me ao rio.
E não esqueçam o «se calhar» quando lá me deitarem.
Isso é importante.
Não esqueçam o «se calhar».
Isso é que é importante.
Porque tudo é se calhar...
30-11-1934
Álvaro de Campos
Vinha elegante, depressa,
Sem pressa e com um sorriso.
E eu, que sinto co a cabeça,
Fiz logo o poema preciso.
No poema não falo dela
Nem como, adulta menina,
Virava a esquina daquela
Rua que é a eterna esquina...
No poema falo do mar,
Descrevo a onda e a mágoa.
Relê-lo faz-me lembrar
Da esquina dura — ou da água.
14-8-1932
Fernando Pessoa
Não falta por aí, nunca faltou, quem afirme que os poetas, verdadeiramente, não são indispensáveis, e eu pergunto o que seria de todos nós se não viesse a poesia ajudar-nos a compreender quão pouca claridade têm as coisas a que chamamos claras.
José Saramago,
A Jangada de Pedra, 1986
Le lettere d’amore si nutrono di lontananza.
Carlo Gragnani
Πού θα μας φέρουν τέτοιοι δρόμοι;
Γιώργος Σεφέρης, Τρία κρυφά ποιήματα (1966)
[¿Dónde nos llevarán estos caminos?]
Sendeiros
que levam a nenhures.
Alexandre O'Neill, Dezanove poemas (1983)