Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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29 de marzo de 2026

Manuel Vicent - Principios

 

PRINCIPIOS

Es una fortuna caminar en compañía de gente sabia, divertida y escéptica, que esté dispuesta a cambiar cualquier verdad absoluta por un queso de cabra, cualquier honor, premio o reconocimiento por la corona de un sombrero de paja, cualquier clase de eternidad por la embriaguez de la duda unida a la armonía de la naturaleza. Por el contrario, encontrarse con gente de principios sólidos e inalterables es el peligro más grave que puede correr uno en esta vida. Un hombre de principios fue aquel que, sintiéndose puro, arrojó la primera piedra contra la adúltera; es el mismo que te indica con el dedo el camino recto que debes seguir y en cuanto te desvíes será el que te delate, el que te incluya en la lista negra o borre definitivamente tu nombre del mapa. En el caso en que este hombre de principios obtenga un poder absoluto, si además es muy devoto, no dudará en mandarte a la horca rezando por tu alma sin ahorrarse las lágrimas, puesto que también se puede llegar a la extrema violencia a través de la piedad. Huye de ese ser misericordioso que busca tu salvación por medio del terror del espíritu y te obliga a desayunar cada mañana con una rueda de molino. No es ninguna broma aquello que dijo Groucho Marx: «Éstos son mis principios, Si no le gustan, tengo otros». El fanático es capaz de saltar de un risco al risco contrario, ambas cimas situadas a la misma altura bajo un cielo nítido y puro, donde se siente igual de seguro, aunque armado esta vez con distinto látigo. El dogma es una forma de locura, del mismo modo que la pureza extrema alcanza a veces la forma de la más refinada crueldad. Los principios inalterables nos fueron inoculados en una edad muy temprana cuando nuestro cerebro estaba aún desvalido. En la mayoría de los casos aquellos principios fermentaron y se diluyeron en la inteligencia, en la imaginación y en el placer de los sentidos; pero hay personas que conservan incólumes aquellos mitos de la infancia en su cerebro de reptil sin que encuentren salida sino a través de los latidos de sangre que conforman su pensamiento. Hoy es un domingo de primavera y hay dos clases de desayuno. Por un lado, café, tostadas, queso de cabra y alguna duda relativa; por otro, principios inalterables y ruedas de molino.

Manuel Vicent


(El País, 29 de marzo de 2009)



21 de diciembre de 2025

Manuel Vicent - Hacia la nueva luz

 

HACIA LA NUEVA LUZ

Ya verás, un día volveremos a ser jóvenes y viajaremos de nuevo a Siracusa como aquella vez. Sentados en una terraza, junto a la fuente de Aretusa, un manantial de agua dulce que cita Virgilio en las Geórgicas, esperaremos a que se levante el viento del Sur que nos traerá como un regalo el violento olor del espliego que brota en las descarnadas galerías de las minas de mármol, abiertas al sol, con las que se fabricaron las estatuas de todos los dioses. Tomaremos ciertos licores después de pasear entre ruinosos templos y antiguos anfiteatros donde resuenen todavía las tragedias de Esquilo, y al oírnos recitar sus versos, por las grietas de los sillares asomarán su cabeza las lagartijas. Este lugar era entonces la isla Ortigia, donde la ninfa Calipso retuvo a Ulises en sus brazos. Ya verás, un día volveremos a ser jóvenes y navegaremos por el Egeo hasta Creta y llegaremos a las ruinas de Cnosos que se levantan en un valle de olivos, viñedos y cipreses cerca del mar y como aquella mañana, allí podremos contemplar unos frescos con delfines, cenefas adornadas con vírgenes y serpientes, imágenes de sacerdotisas que llevan en las manos vasos de incienso y de príncipes coronados con lirios, toda esa belleza sostenida por las columnas color sangre y el canto de los mirlos. Ya verás, un día volveremos a ser jóvenes y viajaremos por las ciudades del mundo donde habrá siempre un antiguo Hotel Inglés con una reserva a nuestro nombre. Llevaremos un sombrero de ala blanda y un maletín de fuelle en el que quedará el rastro de su paso por Nairobi, Serengueti, Kilimanjaro, Nueva Orleans, Montparnasse, Rodas, Deauville, Praga, Bangkok. Volver a ser joven no es tan difícil, si es eso lo que te inquieta. Hoy, 21 de diciembre, es el solsticio de invierno. La luz del sol comenzará a crecer cada día. Es el dios que renace todos los años, despierta la savia de los árboles dormidos y llena de nueva vida las viejas ramas. Bastará con que dejes que ese dios haga contigo este mismo milagro.

Manuel Vicent


(El País, 21 de diciembre de 2025)



25 de octubre de 2025

Manuel Vicent - Una hora más

 

UNA HORA MÁS

“Dijo un día un panadero: Dios creó el tiempo, pero dejó que nosotros fabricáramos las horas. Y el panadero durante una hora hizo un pan gallego, crujiente y perfumado en su horno de leña. Dijo un día una maestra: Dios creó el tiempo, pero dejó que durante una hora de clase ella abriera la mente de sus alumnos y les trazara en la pizarra la ruta hacia la isla del tesoro. Dios creó el tiempo, pero un cirujano solo necesitó una hora para extirpar un cáncer al paciente y salvarle la vida. Dios creó el tiempo, pero el artista aprovechó una hora de inspiración para culminar una obra de arte. En una hora pintó Leonardo da Vinci la inquietante y ambigua sonrisa de la Gioconda y Velázquez inició el impresionismo desde el pañuelo de la infanta Margarita. Dios creó el tiempo, dijo el fontanero, quien llegó a casa y en una hora arregló el grifo, el calentador y la cisterna. Dios creó el tiempo, dijo el poeta, pero quiso que escribiera que no había que afligirse por aquellas horas felices de esplendor en la hierba porque su belleza permanece siempre en el recuerdo. Dios creó el tiempo, pero Otis Redding sentado en el muelle de la bahía dejó que transcurrieran las horas viendo entrar y salir los barcos. Dios creó el tiempo, pero Hamlet en solo una hora pudo decidir entre ser o no ser. Dios creó el tiempo, pero Gary Cooper esperó esa hora fatídica en el reloj de la estación para enfrentarse solo ante el peligro. En algunos relojes medievales de sol se halla grabada esta inscripción: todas las horas hieren, la última mata. Ciertamente la última hora nos va a matar, pero hoy habrá una hora más en todos los relojes. Einstein ha demostrado que la eternidad está incluida en una sola hora, esa que a uno lo puede hacer inmortal. El tiempo no existe. El tiempo son solo las cosas que nos pasan, por eso pasa tan deprisa cuando a uno no le pasa nada.”

Manuel Vicent

(El País, 27 de octubre de 2019)



14 de septiembre de 2025

Manuel Vicent - Los lápices de colores

 

LOS LÁPICES DE COLORES

Por mucho tiempo que haya pasado, cuando empieza septiembre vuelven siempre a mi memoria aquellos lápices de colores Alpino que sonaban dentro del plumier cuando de niño iba saltando charcos camino de la escuela. Habían llegado las lluvias en forma de furiosos aguaceros que entonces no se llamaban gota fría ni dana. Era la consabida riada de final de verano que se lo llevaba todo por delante y dejaba el campo encharcado donde bajaban a beber las aves de paso que volaban hacia el Sur. Podían desbordarse todos los barrancos, podía el borrascoso mar asolar las playas, pero allí estaban los lápices Alpino con todos los colores del arco iris, que en medio del desastre eran la señal de que todo volvería a su cauce, que el mundo seguiría siendo maravilloso si un niño usaba aquellos colores para pintarlo. Esos lápices, el sacapuntas, el lapicero de grafito, marca Faber y la goma de borrar Milan que olía a turrón de coco han llegado a convertirse en categorías de la mente. Asociados a la luz dorada de septiembre, todavía hoy significan para mí una actitud optimista, positiva y placentera ante la vida. Mientras aprendía en la escuela las primeras letras y las cuatro reglas, con los lápices Alpino me gustaba pintar barquitos de vela azules, rojos, verdes y amarillos; fueron aquellos barquitos cargados de promesas los que me han traído sano y salvo hasta esta orilla. Aún hoy en mis horas más oscuras siempre vuelvo a imaginar sus colores como un regreso a la inocencia que es el asa más firme donde agarrarse frente a este mundo que se desmorona. De alguna forma, a lo largo de mi vida no he hecho otra cosa que seguir usando aquellos lápices, aquella goma, aquel sacapuntas. Con la goma he borrado muchos errores que pude cometer, con el sacapuntas he afilado el lapicero de grafito con el que he llenado de palabras propias aquel cuaderno escolar. Es septiembre, empieza el nuevo curso, hay que volver a la escuela, limpios, bien peinados y con la cara lavada.

Manuel Vicent


(El País, 7-9-25)



9 de agosto de 2025

Manuel Vicent - Formas

 

FORMAS

Cuando uno vuelve a su lugar de origen después de muchos años se encuentra con los utensilios domésticos y las viejas herramientas que se usaban en la niñez: el molinillo de café, el almud, la balanza romana, el molde de las magdalenas, el almirez, el arado, el trillo, la hoz, los trébedes, la plancha de carbón... Al haber perdido su carácter utilitario, la mirada nueva que se posa sobre estos instrumentos los convierte en objetos puros. Están depositados todavía en alacenas o despensas polvorientas y en almacenes derrumbados, un espacio que ha sido abandonado. También el tiempo se ha ido alejando de sus formas hasta dejarlas detenidas en un punto del pasado que se confunde con el espíritu. A esos utensilios caseros y herramientas agrícolas estuvieron pegados el amor y el sudor de unos seres desaparecidos, además de todos los flujos y aromas de alimentos, de tierra, de heno y animales.
   Estos vapores se han esfumado dejando la materia venteada y desnuda. Si alguien desubicara estos objetos y los trasladara desde el espacio donde duermen bajo el polvo a la sala de un museo y los colocara bien iluminados sobre un plinto, una nueva energía zen brotaría de su interior para transformarlos en obras de arte minimalista. El mismo viajero que un día regresó a su lugar de origen puede entrar ahora fuera del tiempo, en la sala de exposición, después de un largo camino en el que la existencia se le ha hecho dura y compleja.
    En las formas simples de estos objetos hallará el inicio de su alma cuando ésta también era todavía una forma pura: el trillo, la niñez, el molde de las magdalenas, las primeras lágrimas, el molinillo de café, la inocencia perdida, el almirez, el nombre de aquel perro, los juegos en la noche de verano, el costurero, el aguamanil de cerámica, aquella niña de las pecas, los trébedes, la noticia del primer crimen, la plancha de carbón, el sentimiento de culpa estremecido junto al primer placer del cuerpo. Después de todo, la vida no es sino una sensación que se extiende sobre las formas de la materia que uno ha amado.

Manuel Vicent


(El País, 9 de agosto de 1998)



7 de agosto de 2025

Manuel Vicent - El temporal

 

El temporal

Cuando el mar se ve azotado por un temporal, a la tripulación del barco siempre le queda el consuelo de saber que tarde o temprano obedecerá a su nombre y pasará, porque es temporal. En el Curso de Navegación a Vela de Glénans se dice que en medio de una gran borrasca es necesario que la tripulación le tema más al patrón que al mar, pero si el patrón tiene carácter y no pierde la calma podrá controlar el desánimo o la rebelión a bordo, de forma que cada uno esté a la altura de las circunstancias. Desde el puente gritará: “Hombre libre, siempre amarás el mar” y en ese grito se reconocerá el que ha echado las tripas, pero no ha perdido el humor; el que no advierte el peligro, pero acepta ponerse el arnés y el chaleco mientras explica que en las Orcadas y en el cabo de Hornos la cosa era todavía peor; estará quien no dice nada, pero se ata la melena con una cinta roja como un día cualquiera. En medio de la borrasca un tripulante bisoño primero se asustará porque cree que va a morir y después se asustará más aún al ver que no se muere. Según una leyenda malaya, el primer ser humano que navegó tuvo que luchar contra los Siete Tormentos del Mar: el hambre, la sed, la soledad, la autocompasión, la pena, el miedo y la esperanza. La leyenda cuenta que logró pasar los seis primeros, pero fracasó en el séptimo, por ello la esperanza está ensartada en el corazón de los navegantes. Un buen patrón sabe que un temporal se afronta derrotando cada ola. Salvada una, todo el esfuerzo se dirige a salvar la otra, hasta que al final el peligro se aleja y el combate termina. Los malajes han ido por la borda al agua. Entonces alguien preguntará: ¿todo bien, patrón? ¿Preparo un café? Con el mar ya en calma es el momento en que cada tripulante deberá juzgar si el patrón ha dado la talla y pensar si volvería a enrolarse en su barco para una nueva travesía.

Manuel Vicent


(El País, 12 de abril de 2020)




30 de junio de 2025

Manuel Vicent - Así es el paraíso

 

ASÍ ES EL PARAÍSO

En mi caso el paraíso es ese lugar del universo donde me está esperando aquella bicicleta que desde los 10 años me llevaba al mar en el verano. Sé que cuando muera, si me he portado bien, volveré a encontrarla muy puesta con las ruedas hinchadas, con la cadena engrasada, el manillar, los tubos del cuadro y los guardabarros relucientes, el timbre funcionando y un naipe de la baraja, el as de oros, engarzado entre los radios para que suene como un motor al ponerla en marcha. Si Jesucristo y la Virgen María subieron a los cielos en carne mortal, según me enseñaron en la catequesis, también pudo hacerlo mi bicicleta que tantas horas de placer me había proporcionado. Era una Orbea de color gris antracita; al principio tenía que levantarme del sillín al pedalear, pero con el tiempo fui creciendo sobre ella hasta dominarla por completo y convertirla en una prolongación de mi cuerpo. Todos los viernes me llevaba a la estación donde a una hora incierta pasaba un tren borreguero y por la ventanilla del vagón correo un ferroviario lanzaba sobre el andén un paquetón de tebeos. Llevo asociada a la bicicleta toda clase de lecturas que llenaban mi cerebro de corsarios y tigres de Bengala, pero no había aventura más excitante que llegar con ella a la playa en el verano y sentir bajo sus ruedas los cantos rodados llenos de espuma. Montado en esa Orbea fui un niño que buscaba entre los naranjos nidos de pájaros y durante la pubertad sentí en su sillín caliente los primeros latidos del sexo. Las rodillas varias veces sangrantes y un brazo roto por las caídas fue el sacrificio que me exigió a cambio de tanto placer. Sé muy bien que cuando muera todo va a ser como antes, ella me estará esperando para llevarme de nuevo a una estación de tren y a un mar muy azul que sin duda existen en algún lugar del universo y, si se me pincha una rueda, espero que en el paraíso haya un taller que huela a grasa y a pegamento como huelen los talleres de bicicletas aquí en la Tierra.

Manuel Vicent


(El País, 29-6-25)



7 de marzo de 2025

Manuel Vicent - Elegancia

 

ELEGANCIA   

En Londres, donde vivía exiliado con su hija, el príncipe anarquista ruso Kropotkin le preguntó al pedagogo José Castillejo: "¿Por qué trae usted tantos jóvenes españoles a educarse en Inglaterra?". Castillejo, que era director de la Junta de Ampliación de Estudios de la Institución Libre de Enseñanza, le contestó: "Para tratar de que se parezcan a los caballeros británicos". El príncipe anarquista comentó con una sonrisa irónica: "Ah, claro está, ahora me explico la impresión que me causaron en mis viajes en ferrocarriles lentos y sucios por España los pobres aldeanos que nos ofrecían con tanta naturalidad sus viandas a la hora de comer y ayudaban a mi hija a descender del tren tomándola delicadamente por la cintura. Yo no podía imaginar que aquellos viajeros estuvieran educados en Oxford y en Cambridge". El viejo historiador Ramón Carande, que había presenciado este diálogo en 1914, me contó: "Éramos demasiado elitistas, aunque yo entonces tenía alguna falta de modales, como demostré en una mesa rodeado de ancianas aristócratas y de un par de lores ingleses, anfitriones y amigos de Castillejo. Durante la comida, sin saber qué hacía, incrusté con el tenedor un trozo de pan en el huevo escalfado. El huevo no se quejó en absoluto, pero a mi alrededor se produjo un silencio sepulcral y me miraron todos con ojos como platos". Los intelectuales españoles han sido siempre muy exclusivistas. En su tiempo Ortega y Azaña se odiaban públicamente, pero ambos coincidían en su capacidad de desprecio hacia el pueblo. El mundo ha cambiado: aquella estirpe de caballeros y de aldeanos ya no existe. Hoy Inglaterra exporta manadas de hooligans que compiten con el ganado cabrío y muchos de aquellos finos británicos ahora eructan cerveza por las orejas. Por otro lado, bajo el cúmulo de basura que se ha establecido en la política y en la moral de nuestro país, han desaparecido también aquellas figuras cuya alma poseía una profunda educación natural: el pastor solitario que se alimentaba de horizontes, el labriego sentencioso, el viejo marinero curtido por varios naufragios, los hidalgos arruinados y llenos de honor sentados en las raídas butacas en sus casas solariegas. Sólo aquellos personajes serían capaces hoy de tomar por la cintura a la hija de un príncipe anarquista con una delicada elegancia. Los intelectuales de aquel tiempo los despreciaban, pero si ahora aquellos aldeanos vivieran, no todo estaría perdido en esta sociedad encanallada.

Manuel Vicent


(El País, 9-10-2004)



13 de febrero de 2025

Manuel Vicent - Placeres

 

PLACERES 

Será por eso que nadie quiere morirse, porque al final de la vida contemplar la salida del sol un día más tiene que ser un placer tan fuerte como el que te proporcionó el primer beso de aquel niño. Llega un momento en que los mortales se agarran como pueden a cada amanecer. Aquellos labios que sabian a fruta todavía un poco ácida serán sustituidos cada mañana por la nueva luz que llega hasta tu cama. Tal vez aspirar el perfume de una rosa con el tiempo sustituirá a aquel instante en que tu novio consintió en sentarse contigo por primera vez en la última fila del cine. Pudiste creer que no había en el mundo nada más excitante que aquel deseo en la oscuridad pero de pronto descubres que ahora lo cambiarias por una buena ensalada. Si se trata de vivir peligrosamente dime quién arriesga más, el joven escalando una pared del everest o el viejo sentado en un sillón de orejas; a cuál de los dos le ronda más cerca la muerte. Sin duda la muerte le sopla al viejo en la nuca su hálito de nieve forzándole a batir diariamente el recórd de vivir lo mas pegado posible a la eternidad. No hay deporte mas duro que esos últimos cien metros lisos. Cada edad tiene sus naipes que jugar, puesto que la vida no es sino una forma de ir sustituyendo unos placeres por otros, la carne de novio por la de novillo, el levantamiento de pesas por la lectura de unos versos de Eliot, sin que la gloria se quiebre. Entre todos los placeres tal vez uno muy grande sea ese de llegar a la suprema sabiduría de no entender ya nada de lo que pasa. Ese estado de gracia es otra forma de naturaleza. Frente a la estupidez humana, una sonrisa irónica;frente a la catástrofe planetaria, una leve mirada al cielo sin pedir explicaciones;frente a la injusticia o el crimen más execrable, el gesto impasible de la inocencia. Cada mañana la luz del sol establece en la ventana un asa donde agarrarse. Hoy mismo un adolescente acaba de descubrir por internet el primer sexo cibernético, un joven que practica el deporte de riesgo se ha tirado con un ala delta por un acantilado, un especulador en bolsa ha ganado cien millones en una hora, un señor maduro ha navegado en brazos de una nueva amante, una profesora se ha enamorado de su nuevo alumno, un viejo ha sentido el aroma de café al despertar y viendo el sol de primavera en la ventana se ha llevado la alegre sorpresa de no haber muerto. Nadie sabe cual de estos placeres es el más fuerte.

Manuel Vicent


(El País, 13 de febrero de 2000)



2 de febrero de 2025

Manuel Vicent - Ser joven, ser viejo

 

SER JOVEN, SER VIEJO

Ser joven consiste en verlas venir; ser viejo consiste en ver cómo se van. Me refiero a los placeres y los días, a aquellas palabras tan limpias y anheladas, la libertad, la democracia, que en tiempos de la dictadura, cuando eras joven, las imaginabas como esa brisa fresca del mar que te daba en la cara. Ser libre consistiría en poder respirarlas. Hoy han perdido su significado y ya viejo ves cómo un viento sucio de tierra se las lleva por tu espalda. En tiempos de Franco, cualquier clase de placer servía de arma contra su tiranía. En medio de la oscuridad bastaba una guitarra eléctrica, un viaje, un baño en la playa, una canción, un libro, un pecado de la carne, cualquier alegría, para que en ese nublado se abriera una grieta de sol como una herida luminosa que sangraba para dejarte ver el final del túnel. La libertad estaba dividida en pequeñas conquistas de cada día que uno se tomaba por su cuenta. La democracia era la forma de ser solidario y se ensayaba en las sobremesas levantando la copa con los amigos entre carcajadas. Muchos arriesgaron su vida e incluso la entregaron por defender esas palabras. Había que luchar para que no fuera arrebatado su sentido. Todo da a entender que esa batalla se ha perdido, puesto que la confusión de lenguas, la maldición de Yahvé infligida a los constructores de Babel, persiste más que nunca. Hoy todo significa lo mismo y lo contrario, todo es bueno y malo a la vez, todo está prohibido y permitido, ya no sabes si en un cóctel has dado la mano a un asesino. Aquel ángulo que se abría hacia la luz cuando uno era joven hace ya tiempo que se ha cerrado hacia la oscuridad, de modo que ser joven ya no consiste en ver cómo viene la vida de frente, sino buscar la forma de cargarla en la espalda. La tierra tiembla con cada telediario porque en el imperio gobierna un errático Nerón que cada día se repinta la cara con tres capas de crema chantilly y luego baja el pulgar y dice: nadie que no tenga al menos mil millones estará nunca a salvo.

Manuel Vicent


(El País, 2 de febrero de 2025)



22 de enero de 2025

Manuel Vicent - Navegar

 

NAVEGAR

El viejo marinero que me enseñó a navegar, me decía: si un día te sorprende una gran borrasca en alta mar, prepárate para un largo desafío en el que se va a medir tu carácter. Se trata de capear el temporal. En ese caso no olvides que esa ola que crees que te va a ahogar es precisamente la que te tiene que salvar. Dispón el tormentín y la vela mayor con sus rizos necesarios a favor de la marea, de forma que unos segundos antes de que rompa violentamente contra el costado de tu barco sea esa misma ola la que lo acune y lo impulse siempre un poco más allá, donde ya no llega su zarpa. Tu deber consiste en aliarte con esa ola que amenaza con hacerte naufragar. Puede que el horizonte esté cerrado, que sople un viento huracanado, que todo el mar esté hirviendo “como cazuela en el horno” como escribe Ausias March en su poema Veles i vents. Tu destino es sobrevivir. Colócate bien el arnés y piensa que el tiempo ya no existe. Como su propio nombre indica, el temporal siempre será pasajero. Pronto o tarde el viento amainará, el oleaje irá cayendo y el sol volverá a salir entre las nubes. Así acontece también en la vida. Al final de la tempestad te va a llegar el veredicto. Hasta ese momento no sabías si eras valiente o cobarde, débil o fuerte, pero el mar te habrá dado tu exacta medida, que va a depender de si supiste aprovechar la fuerza adversa para avanzar. Y aunque llegues a tierra sano y salvo no creas que has vencido. Sucede que por esta vez el mar te ha respetado y si lo celebras en el bar del puerto con una cerveza y dejes caer su espuma a lo largo de tu pecho intrépido, nunca presumas con los amigos de tu pericia. Después de salir victorioso de un duro temporal siempre serás un superviviente y deberás considerar que el hecho de seguir vivo con cierta dignidad es el único desafío. Esa es la lección que me dio el viejo marinero que me enseñó a navegar.

Manuel Vicent


(El País, 22 de enero de 2023)


12 de enero de 2025

Manuel Vicent - ¿Dónde están los sabios?

 

¿DÓNDE ESTÁN LOS SABIOS?

Hay sabios que todo lo que saben es porque lo han leído; hay sabios que todo lo que saben es porque lo han vivido. Ignoro qué da más profundidad a la vida, si leer a Shakespeare u oler una hogaza de pan candeal recién salida del horno. Puede que ese perfume del pan posea más hondura que el monólogo de Hamlet, puesto que permanece arraigado en el cerebro hasta la muerte, mientras las dudas de aquel príncipe de Dinamarca se las lleva el viento. Creo que el triángulo que el panadero traza sobre la corteza crujiente de una hogaza de pan de pueblo tiene más verdad que aquel equilátero que contenía el ojo vigilante de Jehová. Si algún joven aspirante a escritor me pidiera un consejo le diría: “Lee a Horacio, lee a Shakespeare, lee a todos los grandes, pero después abre la ventana, asómate a la calle y disponte a oír el grito del chatarrero”. Al llegar a cualquier ciudad desconocida visita antes el mercado que la catedral, antes los bares que los museos, y en lugar de ir al teatro prueba a sentarte en una terraza soleada para ver pasar el río de la gente. Cada persona lleva un mapa en la cara que te remite a regiones ignotas del alma humana. En este año que empieza no formules ningún propósito, salvo el de pasar los días un poco entretenido en medio del disparate de la vida que nos rodea. Busca la compañía de los científicos y de los sabios que lo saben todo por experiencia, pero no de los intelectuales cabreados que cambian de garita para disparar sin saber que lo hacen sobre su propio cabreo. ¿Dónde están los sabios de antaño? Aquellos labriegos herméticos, aquellos marineros cocidos por el sol de la mar, hay que ir a buscarlos en las tabernas del puerto o en las solanas de los pueblos abandonados. Allí se ven algunos viejos con el bastón entre las piernas luciendo una camiseta de la Harvard University. Se la ha mandado su nieto que está haciendo un máster en Estados Unidos. Tal vez de su boca salga alguna sentencia parecida a las de Epicteto o de Marco Aurelio.

Manuel Vicent


(El País, 12 de enero de 2024)



31 de julio de 2024

Manuel Vicent - Más allá de la meta

 

MÁS ALLÁ DE LA META

Imagino al poeta Píndaro sentado en la grada del hipódromo de Olimpia gritando al ver pasar por delante en medio de una gran polvoreda el carro de Terón, rey de Agrigento, tirado por cuatro caballos. A simple vista el poeta era un hincha más entre el público que vociferaba alentando a su héroe favorito. En su honor escribió: “Hoy celebrar el triunfo/ con voz sonora debo/ que la veloz cuadriga/ donó a Terón excelso/, varón hospitalario/, columna de Agrigento/,flor de gloriosa raza/ señor de vasto reino”. En la antigua Grecia los juegos olímpicos, que se celebraban cada cuatro años, daban paso a una tregua de paz entre los estados que solían estar siempre en guerra. Desde todas las ciudades de la Magna Grecia acudían los atletas a Olimpia, en el Peloponeso, con el espíritu dispuesto a llevar el cuerpo siempre un poco más allá, contra el tiempo y el espacio. Más alto, más fuerte, más rápido, era el reto que Zeus, dios de dioses, imponía a los humanos que buscaban la gloria en la palestra, solo que más allá de la meta no había nada salvo una corona con hojas de acebuche y los versos de un poeta que te haría inmortal. Agesias de Siracusa, Diágoras de Rodas, Saumis de Camarina, Ergósteles de Himera, Jenofonte de Corín, estos atletas fueron algunos de los aclamados como héroes entonces, pero si hoy recordamos sus nombres es solo porque merecieron que los poetas Anacreonte, Simónides de Ceos y Píndaro dedicaran unos versos a sus hazañas. Los juegos olímpicos que se van a celebrar dentro de unos días en París no impediran que siga la guerra de Ucrania, ni ayudarán a que ceda en absoluto la ignominia del genocidio de Gaza. Tal vez la publicidad todo lo pudre hasta el punto que se puede confundir la velocidad de héroe con la marca de sus zapatillas y el sudor de su esfuerzo con un determinado refresco. Pero lo cierto es que la victoria en el deporte es el único don capaz de arrancar un grito ciego de las entrañas que equipara a los humanos con los dioses.

Manuel Vicent


(El País, 21 de julio de 2024)



18 de julio de 2024

Manuel Vicent - Formas

 

FORMAS

Cuando uno vuelve a su lugar de origen después de muchos años se encuentra con los utensilios domésticos y las viejas herramientas que se usaban en la niñez: el molinillo de café, el almud, la balanza romana, el molde de las magdalenas, el almirez, el arado, el trillo, la hoz, los trébedes, la plancha de carbón...Al haber perdido su carácter utilitario, la mirada nueva que se posa sobre estos instrumentos los convierte en objetos puros. Están depositados todavía en alacenas o despensas polvorientas y en almacenes derrumbados, un espacio que ha sido abandonado. También el tiempo se ha ido alejando de sus formas hasta dejarlas detenidas en un punto del pasado que se confunde con el espíritu. A esos utensilios caseros y herramientas agrícolas estuvieron pegados el amor y el sudor de unos seres desaparecidos, además de todos los flujos y aromas de alimentos, de tierra, de heno y animales.

Estos vapores se han esfumado dejando la materia venteada y desnuda. Si alguien desubicara estos objetos y los trasladara desde el espacio donde duermen bajo el polvo a la sala de un museo y los colocara bien iluminados sobre un plinto, una nueva energía zen brotaría de su interior para transformarlos en obras de arte minimalista. El mismo viajero que un día regresó a su lugar de origen puede entrar ahora fuera del tiempo, en la sala de exposición, después de un largo camino en el que la existencia se le ha hecho dura y compleja.

En las formas simples de estos objetos hallará el inicio de su alma cuando ésta también era todavía una forma pura: el trillo, la niñez, el molde de las magdalenas, las primeras lágrimas, el molinillo de café, la inocencia perdida, el almirez, el nombre de aquel perro, los juegos en la noche de verano, el costurero, el aguamanil de cerámica, aquella niña de las pecas, los trébedes, la noticia del primer crimen, la plancha de carbón, el sentimiento de culpa estremecido junto al primer placer del cuerpo. Después de todo, la vida no es sino una sensación que se extiende sobre las formas de la materia que uno ha amado.

Manuel Vicent



(El País, 9 de agosto de 1998)



21 de enero de 2024

Manuel Vicent - El tiempo huye

 

EL TIEMPO HUYE  

El tiempo huye y no hay forma de pararlo. Horacio en su famosa oda Carpe diem propone a su amante Leucónoe, como solución, que no piense en el futuro y que se agarre a los pequeños placeres que la vida le ofrece cada día. Esta oda ha sido muy manoseada por todos los vendedores de felicidad al por mayor con sus libros de autoayuda. Pero los verdaderos discípulos de Epicuro saben que no todos los días son buenos para agarrarse a ellos a modo de salvación, porque hoy el mundo está en poder de los criminales e idiotas, hasta el punto que hay días en que Horacio y su novia darían lo que fuera por quedarse en la cama. Por mi parte no tendría inconveniente en seguir el consejo del poeta latino siempre que ese día al que hay que agarrarse se me permitiera fabricarlo a mi gusto. Debería ser un día de abril, de junio o de septiembre con sus luces y sus frutos correspondientes. Me tendría que despertar el canto de los mirlos y durante una agradable somnolencia, después de estirarme como lo hace mi perra, mientras sonaba el concierto de Brandemburgo de Bach, comprobar con grata sorpresa que no me dolía nada del cuerpo ni del alma. Un sol amoroso de 25 grados me permitiría pasear junto al mar para sentarme luego a media mañana en una terraza a la sombra de los plátanos ante una cerveza fría y unas aceitunas amargas y leer el periódico en el que no habría noticias de niños destrozados por las bombas, ni políticos rebuznando. Luego tendría una comida divertida con amigos y precisamente ese día al caer la tarde se produciría esa llamada tan deseada. Una voz muy segura por teléfono me haría saber que el sueño que he acariciado durante tanto tiempo por fin se había cumplido. Nunca sabría quién me había llamado ni de qué sueño se trataba. Y de nuevo en la cama me gustaría quedar dormido con las gafas caídas en la punta de la nariz y unos poemas de Walt Whitman entre las piernas.

Manuel Vicent

(El País, 21 de enero de 2024)


9 de agosto de 2023

Manuel Vicent - Cine mudo


CINE MUDO

Al lado de casa, en el pueblo, había un balneario que tuvo cierta prestancia en los años veinte cuando allí cumplían la novena de aguas muchos ejemplares de la burguesía valenciana, damas con corpiño de avispa y señores con pajarita y sombrero blanco. Durante la guerra fue convertido en hospital de sangre, y la artillería de los nacionales no cesó de enviarle hierros hasta reducirlo a escombros. Jugando entre sus ruinas llegué al uso de razón. En el balneario había pérgolas, bañeras con garras de león, espejos velados, mosaicos con delfines, todo derruido; pero en medio de la destrucción quedó un espacio intacto. Era el cinematógrafo, un salón donde en los buenos tiempos pasaban películas de cine mudo y se realizaban bailes con gramolas de campana y placas de la Voz de su Amo. Las figuras de Charlot, de Jaimito, de El Gordo y El Flaco, tal vez de Douglas Fairbanks y de Mary Pickford, los héroes de la época, habían dejado sus sombras en el aire de aquel recinto cerrado. Cuando lo conocí, bajo la pantalla rota había una pianola con las tripas fuera. Luego, con los años, supe que en aquel cinematógrafo, en plena guerra, se había instalado un quirófano de campaña. La batalla de Teruel había sido muy cruenta, y hasta la retaguardia de este balneario llegaban ambulancias con soldados heridos o congelados a causa del rigorosísimo invierno. En medio de alaridos de dolor, allí se cortaban piernas y brazos y se realizaban operaciones a vida o muerte. Después, en aquel mismo lugar, los niños jugábamos a nuestras guerras sin saber que todavía perduraban las manchas oscuras de sangre en el suelo y en las paredes. A medida que fui creciendo tuve más noticias de aquellos hechos, y llegó un momento en que ya no lograba distinguir la realidad y la ficción, los fantasmas que pudo crear la máquina de cine en la pantalla y la carnicería real que había sucedido en el patio de butacas. Bailes de burgueses de entreguerras, carcajadas provocadas por Buster Keaton, heridas abiertas y miembros amputados con un serrucho, el olor a formol unido al clarinete de Benny Goodman o al pasodoble Mi jaca...; aquel mundo que sólo conocí como leyenda se fue adentrando en mi conciencia hasta imprimir en su cera virgen una visión feliz y cruel de la vida. Los muertos y los héroes, el glamour de las estrellas, la crueldad de la guerra, las alfombras rojas, todas las imágenes fascinantes y ensangrentadas que hoy nos devoran estaban ya en el oscuro salón de aquel cinematógrafo en el tiempo de la inocencia.

Manuel Vicent


(El País, 28 de enero de 2007)




30 de julio de 2023

Manuel Vicent - Hydra, 1960

 

HYDRA, 1960

Él se ha quedado dormido en la hamaca con las gafas caídas en la punta de la nariz, el lápiz a un lado y un cuaderno de notas abierto sobre su pecho desnudo; dentro del sueño oye los gritos de los niños de unos pescadores que se bañan en la cala. Algunos retales de sol se filtran entre la sombra de una parra donde en torno a los racimos de la uva dorada zumban las abejas. Ella se balancea en una vieja mecedora. Lleva una camisa de algodón, un sombrero de paja, unas sandalias grecolatinas, el pantalón corto impregnado de salitre, la piel quemada. La casa es muy humilde, tiene las paredes encaladas, las maderas pintadas de verde y en este momento la brisa que viene del mar infla las cortinas blancas. Todos los barrancos de la isla están llenos de espliego y alacranes y abren un ojo azul deslumbrado al Egeo. Nada era tan hermoso como estar juntos y habitar una aseada austeridad junto al mar, olvidados de todos, habiéndolo olvidado todo y oír de noche el sonido de las olas que les llevaba muy lejos con las velas ligeras de la imaginación desplegadas hacia las suaves calinas de una patria común donde habitan marineros semejantes a Telémaco y ninfas aromatizadas de brea y marihuana. Antes de abandonar la casa, ella ha dejado una nota escrita en la mesa de la cocina junto a una ensalada de apio y aguacate, que tanto le gustaba. El joven que duerme en la hamaca se llama Leonard Cohen; la mujer que se balanceaba en la mecedora era su novia Marianne. Estaban en Hydra, una isla griega, en 1960, Fue aquel día cuando después de una historia de amor que duró ocho años, al despertar del sueño, Leonard supo que Marianne lo había abandonado. Entonces él tomó el cuaderno de notas que tenía sobre su pecho y escribió: “Tu cuerpo, Marianne, estará siempre en esta casa, en cualquier otro mar” Leonard entendió que había llegado el tiempo de llorar.

Manuel Vicent


(El País, 30-7-23)



2 de abril de 2023

Manuel Vicent - Inspiración

 

INSPIRACION

Permanecen en el aire todavía los versos de Safo y de Píndaro que se perdieron; las melodías que inventaron los pastores de Virgilio soplando una caña o el filo de una hoja seca, música de la naturaleza que se llevó el viento; los cánticos, las danzas rituales, las plegarias a unos dioses que también ignoramos; la filosofía y las tragedias escritas en pergaminos que se pudrieron o se hundieron en el polvo o ardieron en la biblioteca de Alejandría. Permanecen en el aire todavía los cuentos narrados de viva voz sobre las alfombras en las esquinas de Bagdad; los consejos de los sabios budistas, místicos y sufíes, que no encontraron respuesta en el corazón de los discípulos y siguieron viaje en el tiempo. Solo una mínima parte de toda la belleza y sabiduría que se ha creado desde el fondo de los siglos en este planeta ha llegado hasta nosotros, pero el resto de ese inmenso caudal no ha desaparecido. Si fueron rimas, canciones o fábulas están todavía suspendidas en la atmósfera; si las enseñanzas grabadas en tablillas de barro, en papiros, vitelas o pasta de celulosa se convirtieron en ceniza o estiércol habrán fecundado la tierra y ahora dan fruto en árboles llenos de pájaros; si un día naufragaron las naves griegas o latinas, los bajeles sarracenos o los barcos cristianos que transportaban dioses de bronce, ánforas con aceite y vino, monedas de oro o mapas de islas del tesoro, ese sagrado cargamento forma parte del mar que ahora navegamos. También han sido infinitos los crímenes que han quedado sin castigo, los ríos de sangre que se han evaporado, los gritos de dolor que llegaban hasta el horizonte. Los nombres de los asesinos impunes componen un cielo muy estrellado. Existen hazañas y matanzas que nunca fueron contadas, enigmas de la historia que han quedado sin resolver, vicios y perversiones que tampoco han sido confesados. El aire de un arte y un horror desconocidos respiramos, pero ese soplo es el sueño que excita solo la imaginación de los poetas, de los músicos, de los pintores, de todos los artistas y al final se hace carne. Realmente la inspiración no es más que el don gratuito que tienen algunos seres para respirar esa carga perdida de belleza y maldad y rescatarla del poder del viento.

Manuel Vicent


(El País, 30 de marzo de 2014)




31 de julio de 2022

Dos columnas de Vicent

 

UN DÍA DE MAR

El sol salió a las 6.55 y su descarga luminosa fue la misma para todo el mundo, para los que a esa hora iban al trabajo, para los que abandonaban exhaustos las discotecas y para los que íbamos a pescar y a tomar el baño en alta mar. Yo llevaba un audífono acuático para oír música debajo del agua, un placer que me ha regalado la vida. Clareaba el día cuando ganamos la bocana y largamos los sedales con las plumas y las rapalas. Mientras navegábamos a la espera de que picara alguna llampuga, salió el sol con toda la gloria y de pronto recordé cómo aprendí a nadar. Tendría seis años y con otros niños desnudos jugábamos entre naranjos alrededor de una alberca de agua verde sobrevolada de libélulas, llena de limo y con ranas extasiadas con las patas abiertas. Uno de aquellos niños me empujó a traición, caí dentro de la alberca y empecé a bracear para no ahogarme. No he hecho otra cosa en esta vida. En aquel momento se estaba poniendo el sol y recuerdo que la luz del crepúsculo era tan dulce como lo era mi inocencia. Ahora estaba amaneciendo y no obstante yo era un viejo. Después de pescar unas caballas, algunos bonitos y un pez limón, de regreso a puerto viendo que el mar estaba sumamente tendido me eché al agua con el audífono acuático pegado a los parietales. La sinfonía de Mozart comenzó a surgir desde lo más hondo del abismo, las corrientes expandían la música muy lejos y servían a la vez de cajas de resonancia, de modo que todo el mar se convirtió en una apabullante orquesta. Generalmente en el cine los amaneceres se suelen rodar durante las puestas de sol, ya que las cámaras no distinguen la luz que nace por la mañana de la que muere por la tarde. Si uno toma la vida como una representación puede imaginar que esa luz del sol que recibe en la vejez es la misma que doró su infancia. Hay que aceptarla como un regalo.

Manuel Vicent

(El País, 31-7-22)



Y hoy mismo, apareció en una carpeta una columna de julio del año pasado, publicada curiosamente el sábado, en vez del acostumbrado domingo:



A CIERTA EDAD

Si por la mañana te despiertan los pájaros y al abrir los ojos desde tu habitación ves el mar; si en el momento de saltar de la cama toda la casa huele ya a café y a tostadas de pan candeal; si al desperezarte como un gato no te cruje ningún hueso y sientes el cuerpo bien macerado por un sueño agradable que ni siquiera recuerdas, considera que el día empieza muy bien. Si después del desayuno te das un baño en la playa desierta y luego en la terraza del bar en el pueblo a la sombra de los plátanos compartes una tertulia con amigos en que no se habla de política y ni de enfermedades, sino de las cosas simples de la vida, de experiencias, de proyectos, de recuerdos, este placer será acrecentado si al final te das una vuelta por el mercado de frutas y verduras, y en el puesto de confianza compras lo que te pidan los ojos, brevas, melocotones, cerezas. A la hora del almuerzo nunca te sientes a la mesa con alguien que te caiga mal. Recuerda que para una buena digestión serán más importantes que la comida los comensales que te acompañen. Las risas son muy digestivas. Por lo demás come poco y hazlo despacio. La canícula requiere una buena siesta con sonido de chicharras. Procura hacerla en una penumbra de maderas entornadas, con una brisa que infle los visillos y trasmita un aroma a alcanfor y membrillo. Mientras las horas siguen su camino hay un tiempo a media tarde para la música y la lectura, pero es imprescindible que la puesta de sol te sorprenda ante una copa en un bareto junto al mar donde suene el swing de Cole Porter. Sería ideal que encontraras algún amigo esteta con quien hablar, por ejemplo, de los prerrafaelistas para merecer que el sol al fundirse en el horizonte os regale el rayo verde. Tampoco importa. Ahora queda toda la noche para contemplar tumbado las vagas estrellas y esperar que ese milagro se produzca mañana.

(El País, 10-7-2021)



10 de abril de 2022

Manuel Vicent - Terror

 

TERROR

Al final todas las películas son de terror, porque los actores y actrices que trabajan en ellas han muerto. En la niñez fueron tus héroes. Trababas de imitar sus gestos cuando eras adolescente. Te enamoraste de aquellas mujeres seductoras en tu juventud. Hubo un tiempo en que Gary Cooper, Ingrid Bergman, Montgomery Clift, Audrey Hepburn, Steve McQueen, fueron maravillosos seres vivos junto a otros personajes fascinantes que llenaron tu vida de sueños imposibles. Si ves en televisión una película de cine clásico y estás solo en casa al poco rato te darás cuenta de que eres el único que sigue vivo en un mundo de fantasmas. Hubo un tiempo en que en la pantalla sólo morían los malos, los patilludos de mirada torva, los indios y los cuatreros. Nunca se daba el caso que ese lance le sucediera al guapo. Ningún público hubiera tolerado que Gary Cooper muriera de mala manera. De hecho, todos los actores a los que amábamos eran inmortales. Pero la vida es esa película de aventuras en que al final Gary Cooper muere de verdad. Para saber si te estás volviendo viejo existe una prueba irrebatible. Empieza a contar cuántos actores y actrices que llenaron de fascinación tu juventud viven todavía. Tuve esa experiencia una noche del pasado invierno. Para aliviar el insomnio me puse una película, la primera que salió de la estantería al alargar la mano. Resultó ser Casablanca. Todo iba bien al principio, pero agitada mi imaginación por el viento oscuro que silbaba en la ventana caí en la cuenta de que Bogart en realidad ya no existía y tampoco Peter Lorre ni Ingrid Bergman ni el negro que tocaba el piano ni el policía ni ninguno de aquellos espías alemanes ni nadie de aquellos franceses que puestos en pie cantaban a coro la Marsellesa. Todos habían muerto y yo me estaba moviendo entre ellos dentro de un panteón. Casablanca se había convertido en una película de terror. Tal vez no habría sido lo mismo si hubiera visto la película en un cine de verano bajo las estrellas. Porque envuelto en el aroma de jazmines habría imaginado que aquellos héroes que adornaron nuestra juventud seguían vivos fuera de la pantalla formando una nueva constelación, como seguían vivos los personajes de los libros que leímos un día tumbados en una hamaca.

Manuel Vicent


(El País, 27-7-2008)