En el tictac palpita la calavera del tiempo.
El tiempo camina con un solo pie: el péndulo.
Ramon Gómez de la Serna
En el tictac palpita la calavera del tiempo.
El tiempo camina con un solo pie: el péndulo.
Ramon Gómez de la Serna
DOS POBRES
Anoche anduvo por el sueño
la neoyorkina,
la que dormía en la esquina helada
rica de manta y de sombrilla.
Hoy veo al cotidiano vagabundo quietísimo,
constante bajo el puente,
también oculto en manta por la noche.
A todos nos hallará muerte
en nuestro sitio.
Ida Vitale
Procura de lo imposible (1998)
Luego que se marcharon, alzó el mendigo la cabea, miró el aire frente a sí, y dijo en voz baja y suave: «La Vida y la Muerte» son dos cofrecillos cerrados, cada uno de los cuales contiene la llave del otro.
Isak Dinesen, Un cuento consolador
Leído en Noticias de la quimera (1975), de Eliseo Diego
Éxodo
durante años
hasta ayer
era una niña
pasó mucha vida hasta llegar a ser mujer
para mí crecer fue muy difícil
ahora digo que soy mujer y niña a la vez
las dos cosas las domino
son mías
seré vieja y sólo yo lo sabré
Phoebe Giannisi
Homérica, de Phoebe Giannisi. Edición bilingüe griego-español. Traducción de Vicente Fernández González y Ioanna Nicolaidou. Vaso Roto, 2023
Viendo esta foto de Danilo Colombo, Ícaro, de 2017, recordé las dos imágenes siguientes...
("Ceiling fresco from a Greek tomb at Paestum, 480 BC, the dive by the youth into waves symbolizes the passage from life into death.")
MUERTE
¡Qué esfuerzo!
¡Qué esfuerzo del caballo por ser perro!
¡Qué esfuerzo del perro por ser golondrina!
¡Qué esfuerzo de la golondrina por ser abeja!
¡Qué esfuerzo de la abeja por ser caballo!
Y el caballo,
¡qué flecha aguda exprime de la rosa!,
¡qué rosa gris levanta de su belfo!
Y la rosa,
¡qué rebaño de luces y alaridos
ata en el vivo azúcar de su tronco!
Y el azúcar,
¡qué puñalitos sueña en su vigilia!
Y los puñales diminutos,
¡qué luna sin establos, qué desnudos,
piel eterna y rubor, andan buscando!
Y yo, por los aleros,
¡qué serafín de llamas busco y soy!
Pero el arco de yeso,
¡qué grande, qué invisible, qué diminuto!,
sin esfuerzo.
Federico García Lorca
Poeta en Nueva York
(escrito entre 1929 y 1930; publicado en 1940)
Unos van por un sendero recto,
Otros caminan en círculo,
Añoran el regreso a la casa paterna
Y esperan a la amiga de otros tiempos.
Mi camino, en cambio, no es ni recto, ni curvo,
Llevo conmigo el infortunio,
Voy hacia nunca, hacia ninguna parte,
Como un tren sobre el abismo.
Anna Ajmátova
Traducción de Jorge Bustamante García en El instante maravilloso - Poesía rusa del siglo XX. Universidad Nacional Autónoma de México, 2014, primera reimpresión de la primera edición, 2004.
QUE LA VIDA IBA EN SERIO...
Fue lo único
que me enseñó
mi padre
—una tarde
de invierno,
allí, de pie,
junto a su féretro—;
no hubo tiempo
para más.
Karmelo C. Irigoyen
Seguro que esta historia te suena. Poesia completa (1985 - 2015), pg. 231
Dulce enemiga
Que llevas al hombre
Más allá de sí mismo
Adoro tus perfecciones
Y tus fulgores sobre mi cuerpo helado
Recorres a zancadas
Los cielos –nada apacibles –
Y las estrellas incesantes
Y las estrellas quietas
Bella al alba y al crepúsculo
Dueña de la vida
Todo te magnifica.
Harold Alvarado Tenorio
En este poema se describe un ser femenino en términos admirativos (1-3, 4-5, 10-12). Pero desde el primer verso se comienza a ver la contradicción, que hace comprender que no describe a una mujer sino a la muerte. Una descripción que pasa por el tamiz de un lenguaje exaltante y valorativo como si se estuviera describiendo un encuentro erótico y, como el que se haría a un cuerpo deseado, pero que sirve en este caso para resaltar la magnificencia y poderío de la muerte. La Muerte es personificada, y se ve como una mujer imparable que puede recorrer «a zancadas los cielos». En una época turbulenta que hace que el yo poético se considere tomado por la muerte al referirse a su propio cuerpo con el adjetivo «helado».
El erotismo en la poesía colombiana de la Generación desencantada de Golpe de Dados, de Alejandra Toro Murillo
¡Magnífico! ¡Magnífico!
Nadie conoce la última palabra.
El fondo del mar está en llamas.
Fuera del Vacío
saltan los corderos de madera.
Fumon
(1302 - 1369)
Poesía Zen. Antología crítica de poesía Zen de China, Corea y Japón, de Juan W. Bahk, Verbum, 2001
Roma, Palazzo Barberini, Galleria Nazionale d'Arte Antica. Fotografías de Giovanni Rivetti, 2016
LA VIDA
A Vicente Gerbasi
La Vida toma aviones y se aleja;
sale de día, de noche, a cada instante
hacia remotos aeropuertos.
La Vida se va, se fue, llega más tarde;
es difícil seguirla: tiene horarios
imprevistos, secretos;
cambia de ruta, sueña a bordo, vuela.
La Vida puede llegar ahora, no sabemos,
puede estar en Nebraska, en Estambul,
o ser esa mujer que duerme
en la sala de espera.
La Vida es el misterio en los tableros,
los viajantes que parten o regresan,
el miedo, la aventura, los sollozos,
las nieblas que nos quedan del adiós
y los aviones puros que se elevan
hacia los aires altos del deseo.
Eugenio Montejo
La estación dolorosa
Vivo en un lugar lleno de árboles y vacas, y mujeres con niños en sus brazos que caminan largos trayectos buscando un poco de leña, un poco de agua, un poco de leche; mujeres hechas de viento, de madera gastada y de sed.
Mujeres que amasan el barro del desamparo en sus costillas y encienden sus lámparas con el aceite que brota de sus muslos.
En el verano el lugar que habito se llena de polvo, el sol quiebra el rostro de los animales y Dios se esconde como un niño detrás de los árboles.
Todo se transforma en esa estación dolorosa, hay una llaga que acosa el pie izquierdo y un ángel lanzallamas juega con su aburrimiento a las puertas del cielo.
Pero el invierno es lo peor, el barro se pega al alma como una maldición y no hay manera de transportarse, el camino se llena de Cristos con sus cruces a cuestas y sólo caminar nos vuelve mansos.
Me toca vivir aquí, cada día debo ponerme una máscara que oculte las lágrimas; yo que soñaba con una casita frente al mar y pescadores de piel renegrida hablando de sus dulces preocupaciones; hablando del sol, del viento y la marea.
En este lugar hay una montaña donde ayer hubo hombres con la inteligencia de un pequeño dios, el alma blanca y las manos cuarteadas por el trabajo.
Aquí Dios ha olvidado sus zapatos para que recordáramos que no todo es luz en su reino.
Y a mí sólo me ha tocado el viento amenazando con llevarse mi casa, y dentro de poco no seré más que un cristal esparcido después de la estampida.
Ela Cuavas
(Montería, Córdoba, Colombia, 1979)
De Juntar los huesos, 2011
(Abisinia Review)
Como la noche para el lobo,
tengo que ser el cuenco
de tu aullido solo
Atardecer:
también hoy
se ha hecho ayer.
Tenerte presente,
memoria de antaño,
verdad no será,
pero tampoco engaño.
Isabel Escudero
Fiat umbra. Pre-Textos, 2008
EN MEMORIA DE MIJAÍL BULGÁKOV
Esto te ofrezco en vez de rosas mortuorias,
en vez del humo del incienso:
tan ceñida tu vida y hasta el fin
con ese espléndido desdén.
Bebías vino, eras el mejor para las bromas
y te ahogabas entre cuatro paredes;
tú mismo abriste a la oscura visitante
y te quedaste a solas con ella.
Ya no estás, y todo alrededor guarda silencio
sobre el padecimiento y nobleza de tu vida,
sólo mi voz, como una flauta, suena,
en tu mudo, callado funeral.
Oh, quién podría pensar que yo, la medio loca,
yo, la plañidera de los días ya idos,
yo, que me consumo en un fuego sin llama,
que todo lo perdió y lo olvidó todo,
habría de recordar a quien lleno de fuerza,
lleno de voluntad y de proyectos brillantes,
me hablaba ayer tan sólo, o así me lo parece,
ocultando el temblor de su dolor mortal.
Anna Ajmátova
Traducido por Olvido García Valdes, Monica Zgustova
«Y yo me iré…»
otras veces voy al cine, que es
como un río pero retratado
Bilbao. Me voy ya pronto,
y no sé si volveré.
Esta vez llevo mis libros,
mis discos, y otras chanfainas
menudas. No volveré.
Te padecí hasta el ahogo,
Bilbao: tu cielo, tus casas
negras. Y tu hipocresía.
No, no volveré.
Quemaste mi juventud
como un trapo viejo. Un día,
me rebelé. Vi, y volví.
No, no volveré.
Me laceraste hasta el fondo
del alma. Me arrebañaste
la ilusión: no el entusiasmo.
Insistí hasta lo inverosímil.
Eso me salvó. Rompí
la puerta, y me fuí. Y volví.
No, no volveré.
Labrad, amigos,
un túmulo a mi ausencia (si
es plagio, mejor) Si muero,
Dejaré el balcón abierto:
no sé si en Cuba, en Madrid,
en Moscú, en París. No sé
dónde. Pero lo que sé
seguro, es que me voy. Y
no volveré.
Blas de Otero
De Hojas de Madrid con La galerna [1968-79], leído en Expresión y reunión A modo de antología. Alianza Editorial, 2ª reimp. 1985
______________________________________
El viaje definitivo
… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…
Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.
Juan Ramón Jiménez
Tomado de «Corazón en el viento», en Poemas agrestes, 1910-1911.
“Yo que bellotas comí,
y pan y galletas vos,
gusanos ambos a dos
nos han de comer aquí”.
“¡Oh, Muerte llena de daños,
que a los más seguros matas
y a quien te llama dilatas
con mill trabajos estraños!;
son tus lazos tan tacaños
que a los alegres enlazas
y a los tristes amenazas
y dexas bivir mill años!”.
Diego Sánchez de Badajoz
(1479-1549)
(Leído en El juego de la taba)
En el barrio suenan disparos,
me apresuro a cerrar la puerta
pero un conocido la empuja
para resguardarse y lo dejo entrar.
Les disparan
a los que juegan cartas
en la esquina, dice.
Corro hacia el lugar
pero un vecino me detiene,
me abraza contra una reja,
pide que no me mueva
e intenta que no mire al sicario.
Decido mirarlo
mientras me apunta con el arma,
mi miedo no representa un peligro.
Las sillas y las mesas están agujereadas,
yo busco una billetera,
una camisa o una chancleta,
algo a lo que aferrarme.
Junto al árbol de níspero
veo el cuerpo de mi padre,
lo volteo para acunarlo
en mis brazos,
abre sus ojos
y su mirada penetra en mí
como bálsamo sobre una herida.
***
Desde aquel día
la muerte se pasea por el barrio,
junto a la puerta de mi casa.
Tiene veinte años,
nombre y apellido,
siempre usa una gorra
que no permite ver
sus ojos cafés,
esos que me gustaron
cuando era chica.
Ahora me obligan a jugar
a que no les conozco.
Johanna Barraza Tafur
(Zenda)