Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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26 de agosto de 2026

Eugenio Montejo

 

La memoria del escritor de Caracas sale del cine y tropieza con el pan que tiene en la mesa. Su padre tenía una panadería y él se refugiaba allí. "Me impresionaba", cuenta, "la harina por todas partes, el rito de poner el horno al rojo vivo, el sentido de la responsabilidad de aquella gente, trabajando toda la noche. Ése fue mi taller literario"

Eugenio Montejo



Leído en «Almuerzo con… Eugenio Montejo. “Chávez viola el significado de las palabras”, entrevista de Javier Rodríguez Marcos en El País (14-2-2008)




12 de agosto de 2026

Enrique Vila-Matas - El eclipse de la era de la lectura (11-8-26)

 

EL ECLIPSE DE LA ERA DE LA LECTURA 

En un ensayo publicado este verano en The Atlantic, advierte Rose Horowitch que “el fin de la era de la lectura” (The Age of Reading Is Over) ya está aquí, en realidad lleva tiempo entre nosotros. Horowitch nos recuerda las circunstancias que envolvieron el definitivo cierre en el siglo IV de la biblioteca de Alejandría, que si se desmoronó para siempre no fue –como se cree– solo por el famoso incendio, sino por las más variadas negligencias posteriores.

La dejadez y la fragilidad de los papiros acabó con la biblioteca y cuando, diez siglos después, Gutenberg inventó la imprenta, volvieron las luces y se abrió otra “era de la lectura”, que es la que se estaría apagando actualmente. Con Gutenberg la humanidad fue dejando atrás la oscuridad y las supersticiones de la Edad Media. Y los optimistas pensaron que la alfabetización universal era inevitable. Pero ahora estamos viendo que otra época oscura se perfila peligrosamente en el horizonte y “la era de la lectura” podría haber sido solo una breve anomalía en la historia de la humanidad.

Es algo que se vislumbra incluso en detalles triviales como el que nos señala Horowitch al informarnos de que los best-sellers del New York Times tienen frases aproximadamente un tercio más cortas que hace un siglo: “Las frases más largas no son necesariamente mejores. Pero su antigua omnipresencia sugiere una época en la que los estadounidenses tenían la inclinación y la capacidad de leer obras literarias serias”.

Obviamente, no es casual que sean las de ahora frases más cortas, pues la atención está muy fragmentada y el uso masivo de móviles y redes sociales destroza las condiciones para la concentración interna, la atención plena y la deducción lógica que nos abriría a nuevos tipos de pensamiento. Cada día hay más adictos a los TikTok y otros adefesios de minuto y medio que, por cierto, curiosamente será la duración del mediático eclipse de mañana miércoles.

Atrás van quedando las lecturas profundas y prolongadas de libros densos y de frases complejas con subordinadas que parecen hoy pertenecer a otro mundo, porque contaban con el corazón y el cerebro del lector inteligente, pero también con su espina dorsal. Y todo indica que vamos olvidando que los primeros humanos pasaron milenios comunicándose únicamente de palabra y que la llegada de la lectura y la escritura transformó la sociedad, alteró la conciencia y la política de las personas, así como sus capacidades intelectuales.

Este declive actual de la era de la lectura trae consigo cambios de igual magnitud. Oigamos a László Krasznahorkai: “El mundo entero de la literatura está perdido para siempre, desaparecerá, ahora mismo no tengo ninguna esperanza de que, tal como lo conocemos, sobreviva. Por eso también creo que los mejores logros literarios son aquellos en los que el escritor se despide, se marcha”

Los cambios ya están afectando nuestros pensamientos más íntimos y la forma en que contamos la historia de nuestra civilización. La dejadez avanza. Y la pregunta es obligada. ¿Qué vendrá después o qué ha llegado ya?

Enrique Vila-Matas


(El País, 11 de agosto de 2026)




29 de marzo de 2026

Manuel Vicent - Principios

 

PRINCIPIOS

Es una fortuna caminar en compañía de gente sabia, divertida y escéptica, que esté dispuesta a cambiar cualquier verdad absoluta por un queso de cabra, cualquier honor, premio o reconocimiento por la corona de un sombrero de paja, cualquier clase de eternidad por la embriaguez de la duda unida a la armonía de la naturaleza. Por el contrario, encontrarse con gente de principios sólidos e inalterables es el peligro más grave que puede correr uno en esta vida. Un hombre de principios fue aquel que, sintiéndose puro, arrojó la primera piedra contra la adúltera; es el mismo que te indica con el dedo el camino recto que debes seguir y en cuanto te desvíes será el que te delate, el que te incluya en la lista negra o borre definitivamente tu nombre del mapa. En el caso en que este hombre de principios obtenga un poder absoluto, si además es muy devoto, no dudará en mandarte a la horca rezando por tu alma sin ahorrarse las lágrimas, puesto que también se puede llegar a la extrema violencia a través de la piedad. Huye de ese ser misericordioso que busca tu salvación por medio del terror del espíritu y te obliga a desayunar cada mañana con una rueda de molino. No es ninguna broma aquello que dijo Groucho Marx: «Éstos son mis principios, Si no le gustan, tengo otros». El fanático es capaz de saltar de un risco al risco contrario, ambas cimas situadas a la misma altura bajo un cielo nítido y puro, donde se siente igual de seguro, aunque armado esta vez con distinto látigo. El dogma es una forma de locura, del mismo modo que la pureza extrema alcanza a veces la forma de la más refinada crueldad. Los principios inalterables nos fueron inoculados en una edad muy temprana cuando nuestro cerebro estaba aún desvalido. En la mayoría de los casos aquellos principios fermentaron y se diluyeron en la inteligencia, en la imaginación y en el placer de los sentidos; pero hay personas que conservan incólumes aquellos mitos de la infancia en su cerebro de reptil sin que encuentren salida sino a través de los latidos de sangre que conforman su pensamiento. Hoy es un domingo de primavera y hay dos clases de desayuno. Por un lado, café, tostadas, queso de cabra y alguna duda relativa; por otro, principios inalterables y ruedas de molino.

Manuel Vicent


(El País, 29 de marzo de 2009)



11 de enero de 2026

César Gavela - Mi padre


Artículo publicado por César Gavela (Ponferrada, 1953 - Valencia, 2020) en el Diário de León el 11 de enero de 2002.

* * *


Ayer mi padre hubiera cumplido noventa y dos años. Cuando murió publiqué esta columna en el Diario de León. Remembrante que anda uno.


MI PADRE

Diario de León
11 Enero 2002

Mi padre llegó a Ponferrada en 1931. Era un niño de ocho años que había nacido en El Bao, una aldea asturiana rodeada de prados y fuentes, lobos y osos de las laderas del monte de Muniellos. Su padre, mi abuelo Segundo, era un hombre laborioso y recto que había recorrido toda la España forestal como comprador y vendedor de maderas hasta que un día, ya con sus 53 años cumplidos, decidió emprender la aventura del Bierzo.

Cuando Ponferrada tenía siete mil habitantes, arrendó un café en la actual plaza de Fernando Miranda, y en aquel entorno pasó sus últimos años, que fueron apenas cinco hasta su muerte, sucedida el 31 de diciembre de 1936. En el mismo día que Miguel de Unamuno, como solía recordar mi padre, quien a partir de entonces inició una costumbre que ningún año rompió: ir a misa en esa fecha y honrar así la memoria de su padre, aunque yo creo que se acordaba de él todos los días, e incluso que adornaba su recuerdo con sucesos nuevos que él iba incorporando, y que terminaron por ser verdaderos: todo un magma de hechos y sueños que yo conocí muy bien, de tanto que me los contaba. Y es por eso que ahora mi abuelo Segundo, que murió mucho antes de que yo naciera, también es mi amigo, y sé de sus manías y consejos, y de su ilusión por establecerse en Valencia, la ciudad donde sesenta y cinco años después moriría su hijo benjamín, mi padre, cuyo corazón se paró definitivamente en el hospital de La Fe, mientras yo le contaba cosas pequeñas, noticias de lluvias y deportes, de viajes y libros, que así fue como nos despedimos, a las veinte horas del día ocho de enero de 2002.

Mi padre nunca tuvo ambiciones, ni tampoco conoció la vanidad ni la envidia. Su profesión fue la de viajante. Tenía un almacén de coloniales con dos de sus hermanos, y el negocio consistía en vender alimentos no perecederos a los pequeños comerciantes de las aldeas y los pueblos de una brumosa demarcación que abarcaba las tierras de Trives, Valdeorras, el Bierzo, Laciana, Cepeda y la zona alta de los valles asturianos del Navia y el Narcea. En ese territorio, que es muy literario, mi padre se ganó la vida visitando a tenderos que pronto fueron sus amigos y confidentes. Luego, al final de cada jornada, se recogía en cafés y tabernas donde escuchaba pareceres y noticias, y a ratos sucesos fabulosos del monte y los caminos.

Mi padre hizo noche en muchas ciudades menores, villas y pueblos, y mientras llevaba aquella existencia libre y vagabunda que tanto le gustaba, sus cinco hijos y mi madre hacíamos vida de ciudad en el barrio de La Puebla de Ponferrada, entre colegios y mercados, y en esa dualidad pasaba el tiempo hasta que dos días a la semana venía él, siempre al atardecer, con boina en los primeros inviernos de mi memoria, con su voz grave en todos, con su maletín de cuero forrado con una funda gris, y con una libreta donde anotaba los pedidos comerciales: vinos de jerez, bacaladas, jaulas de queso, fardos de alubias, latas de conserva o barriles de aceitunas.

Por aquel tiempo vivíamos todos en una casa grande y arrendada, y con nosotros también un hermano de mi padre, José, quien, como tantos hombres de mi familia, permaneció soltero de por vida, ajeno a obligaciones y alharacas, dedicado al inofensivo estupor de contemplar la vida, y al sabio placer de pasar desapercibido. Si ahora cierro los ojos tardo exactamente un segundo en ver aquella vivienda en ebullición: mi madre, que era muy bohemia, pintando paisajes al óleo en el comedor; mis hermanos pequeños, David y Emma, pegándose por riguroso turno sin hacerse nunca mucho daño; mi hermana Belén soñando con novios maravillosos que venían de Orense o de Zamora; mi hermano Carlos organizando combates navales en la bañera con gran lujo de soldaditos; mi tío José pasando por el “hall” como una sombra y mi padre, entre viaje y viaje, leyendo libros de historia de Roma o de la segunda guerra mundial en la salita, lector empedernido, y acaso yo a su lado, en el otro sillón, mirando mapas probablemente, un vicio pacífico del que nunca me quité.

Luego vinieron muchos otros años, y mi padre tuvo que superar pruebas muy duras, que no estaban escritas en el guión de aquella familia de clase media baja que veraneaba en tienda de campaña por las playas de Galicia o en las riberas del lago de Sanabria. Mi padre sufrió una trombosis muy severa en 1980 y a partir de entonces su vida cambió; se volvió más pacífica y del todo ajena a sus viajes mercantiles. Él se volcó en la lectura, en hablar con los amigos o en intensificar su presencia en asociaciones cristianas y caritativas. Yo ya vivía fuera, y mi padre pasó a ser en aquel tiempo un señor maduro de Ponferrada al que yo veía en las vacaciones; un hombre de bien y del sosiego que a veces me mandaba alguna carta y con el que hablaba poco por teléfono, protagonismo que mi madre ejercía de un modo inapelable.

Mi padre, entonces, estaba un poco oscurecido, y fue la muerte de mi madre, curiosamente, la que nos lo devolvió, a mí y a mis hermanos, nuevo y diferente. Sobre los escombros de aquella tragedia, mi padre fecundó la trayectoria yo creo que más importante y profunda de toda su vida: sus ocho años de ancianidad joven y animosa al principio, algo más mesurada y solitaria después, y alicaída de cuerpo pero siempre vital de ilusiones en su tramo final. Mi padre vivía entre riguroso Norte y el placentero Mediterráneo: pasaba los veranos en el Bierzo y los inviernos en Valencia. Seguidor veteranísimo de la Ponferradina, dobló su afición al fútbol, siempre intensa aunque moderada en las formas, con su abono en el campo de Mestalla, donde disfrutó lo suyo, lo mismo que en la plaza de toros de la calle Xátiva. Y fue precisamente en Valencia donde yo le conocí más y mejor, aunque nos veíamos menos veces de las que él y yo hubiéramos querido. En Valencia, en su sencilla casa del barrio de Torrefiel, me dijo muchas cosas de su familia y de sus amigos, de sus viajes y creencias; y me dio muchos consejos que siempre eran de dignidad y de respeto; de honradez y transparencia, y por eso es mi mayor orgullo ser hijo de aquel hombre independiente y libre, bueno y modesto, que se llamó Julio Rodríguez Gavela.

César Gavela


En la foto, mi padre el día de su boda, con 31 años. Entonces ya era un viajante de comercio de cierto prestigio pequeño. 




21 de diciembre de 2025

Manuel Vicent - Hacia la nueva luz

 

HACIA LA NUEVA LUZ

Ya verás, un día volveremos a ser jóvenes y viajaremos de nuevo a Siracusa como aquella vez. Sentados en una terraza, junto a la fuente de Aretusa, un manantial de agua dulce que cita Virgilio en las Geórgicas, esperaremos a que se levante el viento del Sur que nos traerá como un regalo el violento olor del espliego que brota en las descarnadas galerías de las minas de mármol, abiertas al sol, con las que se fabricaron las estatuas de todos los dioses. Tomaremos ciertos licores después de pasear entre ruinosos templos y antiguos anfiteatros donde resuenen todavía las tragedias de Esquilo, y al oírnos recitar sus versos, por las grietas de los sillares asomarán su cabeza las lagartijas. Este lugar era entonces la isla Ortigia, donde la ninfa Calipso retuvo a Ulises en sus brazos. Ya verás, un día volveremos a ser jóvenes y navegaremos por el Egeo hasta Creta y llegaremos a las ruinas de Cnosos que se levantan en un valle de olivos, viñedos y cipreses cerca del mar y como aquella mañana, allí podremos contemplar unos frescos con delfines, cenefas adornadas con vírgenes y serpientes, imágenes de sacerdotisas que llevan en las manos vasos de incienso y de príncipes coronados con lirios, toda esa belleza sostenida por las columnas color sangre y el canto de los mirlos. Ya verás, un día volveremos a ser jóvenes y viajaremos por las ciudades del mundo donde habrá siempre un antiguo Hotel Inglés con una reserva a nuestro nombre. Llevaremos un sombrero de ala blanda y un maletín de fuelle en el que quedará el rastro de su paso por Nairobi, Serengueti, Kilimanjaro, Nueva Orleans, Montparnasse, Rodas, Deauville, Praga, Bangkok. Volver a ser joven no es tan difícil, si es eso lo que te inquieta. Hoy, 21 de diciembre, es el solsticio de invierno. La luz del sol comenzará a crecer cada día. Es el dios que renace todos los años, despierta la savia de los árboles dormidos y llena de nueva vida las viejas ramas. Bastará con que dejes que ese dios haga contigo este mismo milagro.

Manuel Vicent


(El País, 21 de diciembre de 2025)



22 de noviembre de 2025

Leila Guerriero - La mirada excepcional

 

LA MIRADA EXCEPCIONAL

Tengo un amigo que dice frases extraordinarias sin intención de que sean extraordinarias. Las va soltando acá y allá, involuntariamente, como pinceladas virtuosas. En plena pandemia, y después de mucho tiempo sin poder hacerlo, fue hasta el microcentro de Buenos Aires y me hizo un reporte de ese sitio que entonces nos resultaba tan lejano como Manila: “Están las cosas, pero hay algo que no está. Es como si se estuviera haciendo el ensayo de una obra, pero todavía no es el estreno y no se sabe cuándo va a ser”. Hace poco, después de una seguidilla de días preciosos, me dijo: “Necesito que llueva. Los días lindos son tan exigentes”. No hay palabra más exacta: exigentes. Esos días parecen recordarnos que es imposible que se repitan translúcidos, coralinos, uno tras otro y al infinito. Parecen recordarnos que en algún momento vendrán un frente frío, un frente cálido, lluvias, vientos del Norte o del Sur. Quizás es que en la belleza extrema anida el recordatorio de la corrupción. Cuando los días son así, lisos, exuberantes, surge la necesidad, la exigencia de “aprovecharlos”. De salir al día como si fuera un palacio abierto sólo en momentos excepcionales, como esos edificios magníficos que se abren una vez cada cuatro años y exhiben sus maravillas durante algunas horas para cerrarse otra vez y permanecer ausentes cuatro años más. Hay unos versos de Mary Oliver que dicen: “No me quiero perder un solo hilo / del suntuoso brocado de esta felicidad. / Quiero acordarme de todo”. Pero nadie puede acordarse de todo. Habitar lo excepcional requiere de resignación: hay que entender que eso sólo permanecerá vivo en la memoria hasta el próximo encuentro, que no está garantizado. Supongo que es, en parte, lo que nos hace ir hacia adelante: la ilusión de encontrar otro día excepcional en el futuro y tener el coraje de saber perderlo decorosamente después de haberlo vivido.

Leila Guerriero


(El País, 22 de noviembre de 2025)




14 de septiembre de 2025

Manuel Vicent - Los lápices de colores

 

LOS LÁPICES DE COLORES

Por mucho tiempo que haya pasado, cuando empieza septiembre vuelven siempre a mi memoria aquellos lápices de colores Alpino que sonaban dentro del plumier cuando de niño iba saltando charcos camino de la escuela. Habían llegado las lluvias en forma de furiosos aguaceros que entonces no se llamaban gota fría ni dana. Era la consabida riada de final de verano que se lo llevaba todo por delante y dejaba el campo encharcado donde bajaban a beber las aves de paso que volaban hacia el Sur. Podían desbordarse todos los barrancos, podía el borrascoso mar asolar las playas, pero allí estaban los lápices Alpino con todos los colores del arco iris, que en medio del desastre eran la señal de que todo volvería a su cauce, que el mundo seguiría siendo maravilloso si un niño usaba aquellos colores para pintarlo. Esos lápices, el sacapuntas, el lapicero de grafito, marca Faber y la goma de borrar Milan que olía a turrón de coco han llegado a convertirse en categorías de la mente. Asociados a la luz dorada de septiembre, todavía hoy significan para mí una actitud optimista, positiva y placentera ante la vida. Mientras aprendía en la escuela las primeras letras y las cuatro reglas, con los lápices Alpino me gustaba pintar barquitos de vela azules, rojos, verdes y amarillos; fueron aquellos barquitos cargados de promesas los que me han traído sano y salvo hasta esta orilla. Aún hoy en mis horas más oscuras siempre vuelvo a imaginar sus colores como un regreso a la inocencia que es el asa más firme donde agarrarse frente a este mundo que se desmorona. De alguna forma, a lo largo de mi vida no he hecho otra cosa que seguir usando aquellos lápices, aquella goma, aquel sacapuntas. Con la goma he borrado muchos errores que pude cometer, con el sacapuntas he afilado el lapicero de grafito con el que he llenado de palabras propias aquel cuaderno escolar. Es septiembre, empieza el nuevo curso, hay que volver a la escuela, limpios, bien peinados y con la cara lavada.

Manuel Vicent


(El País, 7-9-25)



9 de agosto de 2025

Manuel Vicent - Formas

 

FORMAS

Cuando uno vuelve a su lugar de origen después de muchos años se encuentra con los utensilios domésticos y las viejas herramientas que se usaban en la niñez: el molinillo de café, el almud, la balanza romana, el molde de las magdalenas, el almirez, el arado, el trillo, la hoz, los trébedes, la plancha de carbón... Al haber perdido su carácter utilitario, la mirada nueva que se posa sobre estos instrumentos los convierte en objetos puros. Están depositados todavía en alacenas o despensas polvorientas y en almacenes derrumbados, un espacio que ha sido abandonado. También el tiempo se ha ido alejando de sus formas hasta dejarlas detenidas en un punto del pasado que se confunde con el espíritu. A esos utensilios caseros y herramientas agrícolas estuvieron pegados el amor y el sudor de unos seres desaparecidos, además de todos los flujos y aromas de alimentos, de tierra, de heno y animales.
   Estos vapores se han esfumado dejando la materia venteada y desnuda. Si alguien desubicara estos objetos y los trasladara desde el espacio donde duermen bajo el polvo a la sala de un museo y los colocara bien iluminados sobre un plinto, una nueva energía zen brotaría de su interior para transformarlos en obras de arte minimalista. El mismo viajero que un día regresó a su lugar de origen puede entrar ahora fuera del tiempo, en la sala de exposición, después de un largo camino en el que la existencia se le ha hecho dura y compleja.
    En las formas simples de estos objetos hallará el inicio de su alma cuando ésta también era todavía una forma pura: el trillo, la niñez, el molde de las magdalenas, las primeras lágrimas, el molinillo de café, la inocencia perdida, el almirez, el nombre de aquel perro, los juegos en la noche de verano, el costurero, el aguamanil de cerámica, aquella niña de las pecas, los trébedes, la noticia del primer crimen, la plancha de carbón, el sentimiento de culpa estremecido junto al primer placer del cuerpo. Después de todo, la vida no es sino una sensación que se extiende sobre las formas de la materia que uno ha amado.

Manuel Vicent


(El País, 9 de agosto de 1998)



7 de agosto de 2025

Manuel Vicent - El temporal

 

El temporal

Cuando el mar se ve azotado por un temporal, a la tripulación del barco siempre le queda el consuelo de saber que tarde o temprano obedecerá a su nombre y pasará, porque es temporal. En el Curso de Navegación a Vela de Glénans se dice que en medio de una gran borrasca es necesario que la tripulación le tema más al patrón que al mar, pero si el patrón tiene carácter y no pierde la calma podrá controlar el desánimo o la rebelión a bordo, de forma que cada uno esté a la altura de las circunstancias. Desde el puente gritará: “Hombre libre, siempre amarás el mar” y en ese grito se reconocerá el que ha echado las tripas, pero no ha perdido el humor; el que no advierte el peligro, pero acepta ponerse el arnés y el chaleco mientras explica que en las Orcadas y en el cabo de Hornos la cosa era todavía peor; estará quien no dice nada, pero se ata la melena con una cinta roja como un día cualquiera. En medio de la borrasca un tripulante bisoño primero se asustará porque cree que va a morir y después se asustará más aún al ver que no se muere. Según una leyenda malaya, el primer ser humano que navegó tuvo que luchar contra los Siete Tormentos del Mar: el hambre, la sed, la soledad, la autocompasión, la pena, el miedo y la esperanza. La leyenda cuenta que logró pasar los seis primeros, pero fracasó en el séptimo, por ello la esperanza está ensartada en el corazón de los navegantes. Un buen patrón sabe que un temporal se afronta derrotando cada ola. Salvada una, todo el esfuerzo se dirige a salvar la otra, hasta que al final el peligro se aleja y el combate termina. Los malajes han ido por la borda al agua. Entonces alguien preguntará: ¿todo bien, patrón? ¿Preparo un café? Con el mar ya en calma es el momento en que cada tripulante deberá juzgar si el patrón ha dado la talla y pensar si volvería a enrolarse en su barco para una nueva travesía.

Manuel Vicent


(El País, 12 de abril de 2020)




11 de julio de 2025

Dos poemas de Rosario Castellanos

 


Los adioses

Quisimos aprender la despedida
y rompimos la alianza
que juntaba al amigo con la amiga.
Y alzamos la distancia
entre las amistades divididas.

Para aprender a irnos, caminamos.
Fuimos dejando atrás las colinas, los valles,
los verdeantes prados.
miramos su hermosura
pero no nos quedamos.



A la mujer que vende frutas en la plaza

Amanece en las jícaras
y el aire que las toca se esparce como ebrio.
Tendrías que cantar para decir el nombre
de estas frutas, mejores que tus pechos.

Con reposo de hamaca
tu cintura camina
y llevas a sentarse entre las otras
una ignorante dignidad de isla.

Me quedaré a tu lado,
amiga,
hablando con la tierra
todo el día.

*_________________________________*


Los 100 años de Rosario Castellanos: una vida comprometida marcada por la tragedia

México conmemora a la autora que dio voz a las mujeres con la reedición de sus libros, obras de teatro, exposiciones y conversatorios. Su legado literario y social sigue vigente en un país que no supera las injusticias y desigualdades

CARLOS S. MALDONADO México - 25 MAY 2025 - 06:00 CEST

Si Macondo resuena como el lugar mágico donde ocurren milagros y habitan los fantasmas de la tragedia latinoamericana, Comitán, en el Estado de Chiapas, es el microcosmos de tensiones sociales, choques culturales y sometimiento de género que anuncia y denuncia la obra de la escritora mexicana Rosario Castellanos, que este domingo hubiera celebrado su cien cumpleaños. Ambos poblados, uno imaginario y el otro real, se convierten en territorios que advierten desde la literatura las tensiones que siguen presentes en el continente, pero es tal vez en ese espacio de opresión recreado por Castellanos donde quedó reflejado de manera más potente el silencio opresivo de las mujeres, el racismo y la marginalización de las culturas indígenas. Es la voz potente de una escritora comprometida con el cambio. “No puedes escribir lo que escribió Rosario Castellanos si no tienes una enorme sensibilidad”, dice Gabriel Guerra, único hijo de la escritora. “Tenía un enorme compromiso con temas que en su momento eran un tabú, mal vistos o que generaban ruido”, explica.

Ahora que se cumplen los cien años del nacimiento de Castellanos, el mundo de la política y la cultura se llena de homenajes. Se reeditan sus libros, estrenan obras de teatro, abren exposiciones en los museos y las academias organizan conversatorios sobre su creación literaria. Pero la autora hoy tan celebrada enfrentó en su tiempo un muro que le fue difícil destruir, el del machismo. “El mundo que para mí está cerrado tiene un nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos ellos del sexo masculino”, denunció. Es por eso que su obra fue pionera en alzar la voz contra la opresión de la mujer, tema que abordó en novelas hoy celebradas como Oficio de tinieblas y Balún Canán. “Confrontó al poder, y cuando digo poder, no solamente me refiero al Gobierno, sino al establishment, a los poderes fácticos, a los muchos machismos de los cacicazgos intelectuales”, afirma Guerra.

Y lo hizo con una imaginación desbordada de los recuerdos de Comitán, lugar convertido por ella en casi mítico, en el que tuvo sus primeros choques con una realidad colonial, donde sufrió sus tragedias personales y donde habitan sus fantasmas. La escritora nación en Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, pero su infancia la vivió en ese poblado de Chiapas, al sur de México, una región empobrecida, desigual y donde entonces había una profunda división de clases, que aplastaba (y aún lo sigue haciendo) a los indígenas. “Éramos los amos, pero no lo sabíamos. Éramos los culpables, pero no lo sabíamos”, reconoció Castellanos en Balún Canán.

La poeta Sara Uribe, que ahondado en la vida de la escritora en su obra Materia que Arde (Lumen), recuerda en ella que Castellanos formo parte de un mundo marcado por las diferencias de clases. “Los hijos de los patrones recibían para su entretenimiento una criatura de su misma edad. Como ella misma la describió, esa niña a veces se convertía en compañera de juegos y otras tanto en mero objeto en el que el otro descargaba sus humores: la energía inagotable de la infancia, el aburrimiento, la cólera, el celo amargo de la posesión”, escribe Uribe usando citas de la propia autora. “Cuando Rosario se percató a cabalidad de que su cargadora era, en efecto, una persona, decidió, para el resto de su vida, no utilizar su posición de poder para humillar a otro”, cuenta Uribe.

Tan duro habrá sido aquel descubrimiento, que la escritora pasó buena parte de su vida con el compromiso de la causa indígena, denunciando el racismo estructural, la desigualdad y el avasallamiento. “Viajaba a la Sierra en Chiapas llevando teatro a comunidades indígenas apartadas. Hacía trayectos de dos o tres días en mula o a caballo para llegar a esas comunidades”, recuerda su hijo.

Si la opresión indígena despertó en ella un profundo sentimiento de compromiso, las tragedias personales la marcaron para siempre. Sus fantasmas son su hermano, Mario Benjamín, de quien ella reconoció que “nació dueño de un privilegio que nadie le disputaría: Ser varón”. El hermano menor, adorado por los padres y por quien Castellanos se sentía en un segundo plano, falleció por una obstrucción intestinal en 1933. “¿Por qué el varón, por qué el varón?“, lamentaron sus padres. Aquel niño nunca dejaría de poblar sus sueños.

Sus padres, que nunca superaron el fallecimiento del benjamín, murieron cuando Castellanos tenía 20 años, lo que representó, además de pérdida, una especie de liberación. Castellanos viajó a Ciudad de México, estudió Filosofía en la UNAM y se sumergió en el mundo de la literatura, publicando sus primeros poemas. Era una escritora incansable, disciplinada y ambiciosa. Su hijo recuerda el clac, clac, clac constante de la máquina de escribir de la madre, que marcaba un ritmo cotidiano y una advertencia: cuando ella estaba encerrada en su mundo literario, él no se acercaba. “Se encerraba un rato con la máquina de escribir a teclear. Y ahí hay un método que era como mi señal, porque cuando terminaba el ruido de la máquina ya me podía asomar. Podías estar con ella en esos momentos de escritura, pero sabías que te iba a ignorar y que te iba a voltear a ver con cara de estoy trabajando".

Guerra perdió a su madre a los 12 años. La versión que se ha conocido es que se electrocutó en su casa de Israel, donde fungía como embajadora de México designada por el presidente Luis Echeverría, al salir de la bañera con los pies mojados para arreglar el foco de una lámpara que no funcionaba. El hijo estaba de vacaciones en México, porque Castellanos insistía que pasara los veranos con su padre, el filósofo Ricardo Guerra Tejada, porque, dice, ella insistía en que mantuviera la figura paterna. “Era muy cariñosa, muy cálida, cercana, muy de leerme cosas, de contarme historias. Tengo, además, un recuerdo muy grato, muy cálido de los últimos años en Israel, donde estuvimos juntos porque ella fue muy feliz allá”, recuerda Guerra. Castellanos fue embajadora en aquel país durante tres años. “Fue una etapa muy productiva para ella, de mucha obra. Recuerdo a mi madre vibrante, contenta, feliz, emocionada de las cosas que estaba haciendo, escribiendo con mucha disciplina”, agrega.

La relación con el filósofo fue compleja, a pesar del amor y la admiración que le profesaba, según revela su correspondencia. Algunos biógrafos de Castellanos, sin embargo, afirman que también había celos de parte de Guerra, así como resentimiento por la capacidad productiva de Castellanos y su éxito creciente. La pareja se separó, pero el hijo recuerda que fue “un divorcio muy civilizado, porque los dos fueron muy cuidadosos de preservar, mantener, promover mi relación con el otro. Es decir, mi papá jamás me hablaba mal de mi mamá. Mi mamá tampoco me hablaba mal de mi papá”, recalca.

Guerra rechaza la visión que se tiene de Castellanos como una mujer melancólica, triste, agobiada por fantasmas. “No comparto esa visión victimizante”, aclara. “La rechazo, porque me parece que deja de lado buena parte de su biografía, buena parte de su creación y la parte que yo viví, que conocí de ella. Tú no puedes ser un melancólico y ensimismado y estar en la sierra en Chiapas ayudando a las comunidades indígenas. Creo que con esas visiones buscaban por todos los medios posibles tratar de minimizar, reducir a las mujeres y qué mejor manera de hacerlo que decir: ‘Ay, es que estaba triste. Ay, es que era melancólica’. Es el fondo profundamente ofensivo, muy ilustrativo de esa visión patriarcal de que las mujeres están al final del día en el rincón de lo sentimental”, critica.

El hijo prefiere quedarse con la imagen de la mujer comprometida, la escritora incansable, la pionera del feminismo, la intelectual combativa, la poeta, la funcionaria y la diplomática. Una exposición en el Colegio de San Ildefonso hace un repaso de esa vida corta, pero intensa, que inicia con la máquina de escribir que Castellanos compró con esfuerzo, porque en aquel momento era una herramienta de trabajo cara, y por eso a la máquina la acompaña el recibo de compra porque, como dice su hijo, “era una mujer muy ordenada”.

La exposición reúne fotos, manuscritos, diarios, recibos de la compra, la obra literaria de la autora y su pasión por ayudar a los indígenas de México. “La exposición se basa en los pequeños detalles”, dice Juan Pablo López Quintana, investigador del Departamento de Exposiciones de San Ildefonso. “Queríamos mostrar esta parte humana y cotidiana de una escritora de su nivel, aunque lo más importante es seguir leyéndola, porque sus ideas siguen teniendo vigencia, con su punto de vista muy claro en la política, en las desigualdades y en las diferencias entre hombres y mujeres”, explica. Si Macondo es el lugar mágico donde ocurren milagros, el mundo de Rosario Castellanos, su Comitán, el que se expone en San Ildefonso, es el microcosmos del anuncio y la denuncia.


(El País / México, 25-5-2025)

30 de junio de 2025

Manuel Vicent - Así es el paraíso

 

ASÍ ES EL PARAÍSO

En mi caso el paraíso es ese lugar del universo donde me está esperando aquella bicicleta que desde los 10 años me llevaba al mar en el verano. Sé que cuando muera, si me he portado bien, volveré a encontrarla muy puesta con las ruedas hinchadas, con la cadena engrasada, el manillar, los tubos del cuadro y los guardabarros relucientes, el timbre funcionando y un naipe de la baraja, el as de oros, engarzado entre los radios para que suene como un motor al ponerla en marcha. Si Jesucristo y la Virgen María subieron a los cielos en carne mortal, según me enseñaron en la catequesis, también pudo hacerlo mi bicicleta que tantas horas de placer me había proporcionado. Era una Orbea de color gris antracita; al principio tenía que levantarme del sillín al pedalear, pero con el tiempo fui creciendo sobre ella hasta dominarla por completo y convertirla en una prolongación de mi cuerpo. Todos los viernes me llevaba a la estación donde a una hora incierta pasaba un tren borreguero y por la ventanilla del vagón correo un ferroviario lanzaba sobre el andén un paquetón de tebeos. Llevo asociada a la bicicleta toda clase de lecturas que llenaban mi cerebro de corsarios y tigres de Bengala, pero no había aventura más excitante que llegar con ella a la playa en el verano y sentir bajo sus ruedas los cantos rodados llenos de espuma. Montado en esa Orbea fui un niño que buscaba entre los naranjos nidos de pájaros y durante la pubertad sentí en su sillín caliente los primeros latidos del sexo. Las rodillas varias veces sangrantes y un brazo roto por las caídas fue el sacrificio que me exigió a cambio de tanto placer. Sé muy bien que cuando muera todo va a ser como antes, ella me estará esperando para llevarme de nuevo a una estación de tren y a un mar muy azul que sin duda existen en algún lugar del universo y, si se me pincha una rueda, espero que en el paraíso haya un taller que huela a grasa y a pegamento como huelen los talleres de bicicletas aquí en la Tierra.

Manuel Vicent


(El País, 29-6-25)



28 de junio de 2025

Julio Llamazares - Paisaje y memoria

 

PAISAJE Y MEMORIA

Antes de la mirada el paisaje sólo era territorio. La frase es de Joan Nogué, geógrafo catalán estudioso del paisaje, a cuya interpretación ha dedicado muchas horas. Para Nogué, como para tantos paisajistas y geógrafos, el paisaje es una construcción social con efectos sobre las personas, pero también un producto de la actividad de éstas. Sin la mirada del hombre el paisaje no existe y sin su intervención tampoco.

He recordado a Nogué estos días a propósito de la polémica que se ha desatado en Soria ante la posibilidad de que el machadiano Cerro de los Moros, que mira al Duero por el que paseó el poeta, se vea transformado por una urbanización que prevé construir 1.200 viviendas justo sobre la perspectiva del río, allí donde San Polo y San Saturio continúan custodiando los árboles añosos que conservan en sus cortezas los corazones y los nombres que inmortalizó Machado (“Estos chopos del río que acompañan/ con el sonido de sus hojas secas/ el son del agua cuando el viento sopla/ tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas…”) y frente al romántico monte de las Ánimas en el que Gustavo Adolfo Bécquer, otro poeta andaluz, situó una de sus famosas Leyendas. Suficiente motivo para que los sorianos y muchos otros que no lo son, pero que aman a Machado y la ciudad, hayan alzado sus voces contra lo que a todas luces es un sacrilegio cultural y estético. Técnicamente, el debate se libra en términos legalistas, con un Ayuntamiento obligado a cumplir la decisión tomada por una corporación anterior que declaró urbanizables los terrenos y cuyo incumplimiento sería una ilegalidad (la única posibilidad que el Ayuntamiento de Soria tiene es permutar los terrenos por otros o comprárselos a la promotora, algo imposible para su tesorería), pero emocional y culturalmente trasciende la cuestión legal, como se ha puesto de manifiesto estos días. Un escrito promovido por el Instituto de Estudios Sorianos y firmado por dos centenares de personas ha hecho que la polémica salte las fronteras de Soria para alcanzar a España y al mundo entero. Machado, el gran poeta español del siglo XX junto con Lorca, universalizó la ciudad de Soria y lo que suceda en ella interesa a todo el planeta.

Decía alguien que los paisajes no existen hasta que los colonizan los escritores o los pintores y esa curva de ballesta que el río Duero traza a los pies de Soria es el ejemplo más claro de que es así. La mirada de Antonio Machado compuso ese lugar para nosotros y ya siempre será como él lo cantó en sus versos, impregnado el paisaje de la emoción que a él le produjo y que es ya patrimonio de todos independientemente de su propiedad real. El paisaje es memoria y como tal nos pertenece a todos, y más en el caso de que constituya un patrimonio cultural y estético, como es el de Soria para su suerte.

Hasta el Romanticismo el paisaje era el decorado del teatro de la vida de los hombres, el telón el fondo del escenario que para nada o muy poco influía en la obra, pero hoy ya sabemos que el paisaje es algo más y lo sabemos por personas como Machado, gente que entendió muy pronto que el paisaje es el alma de las personas, el espejo que refleja sus emociones y sus deseos y que los guarda cuando desaparecen.

Julio Llamazares


(El País, 6-2-2021)




13 de abril de 2025

Unos versos de Hilde Domin

 

Prefiero un cuchillo a una palabra
Un cuchillo puede estar romo
Un cuchillo no acierta muchas veces con el corazón
La palabra, sí.

Hilde Domin


Besser ein Messer als ein Wort.
Ein Messer kann stumpf sein.
Ein Messer trifft oft
am Herzen vorbei.
Nicht das Wort.



(Los versos en español, leídos en «Hilde Domin, poeta alemana», necrológica de José Comas (El País, 26-2-2006)


Hilde Domin (Colonia, 1909 – Heidelberg, 2006). Poeta e hispanista. [UNAM]

 


7 de marzo de 2025

Manuel Vicent - Elegancia

 

ELEGANCIA   

En Londres, donde vivía exiliado con su hija, el príncipe anarquista ruso Kropotkin le preguntó al pedagogo José Castillejo: "¿Por qué trae usted tantos jóvenes españoles a educarse en Inglaterra?". Castillejo, que era director de la Junta de Ampliación de Estudios de la Institución Libre de Enseñanza, le contestó: "Para tratar de que se parezcan a los caballeros británicos". El príncipe anarquista comentó con una sonrisa irónica: "Ah, claro está, ahora me explico la impresión que me causaron en mis viajes en ferrocarriles lentos y sucios por España los pobres aldeanos que nos ofrecían con tanta naturalidad sus viandas a la hora de comer y ayudaban a mi hija a descender del tren tomándola delicadamente por la cintura. Yo no podía imaginar que aquellos viajeros estuvieran educados en Oxford y en Cambridge". El viejo historiador Ramón Carande, que había presenciado este diálogo en 1914, me contó: "Éramos demasiado elitistas, aunque yo entonces tenía alguna falta de modales, como demostré en una mesa rodeado de ancianas aristócratas y de un par de lores ingleses, anfitriones y amigos de Castillejo. Durante la comida, sin saber qué hacía, incrusté con el tenedor un trozo de pan en el huevo escalfado. El huevo no se quejó en absoluto, pero a mi alrededor se produjo un silencio sepulcral y me miraron todos con ojos como platos". Los intelectuales españoles han sido siempre muy exclusivistas. En su tiempo Ortega y Azaña se odiaban públicamente, pero ambos coincidían en su capacidad de desprecio hacia el pueblo. El mundo ha cambiado: aquella estirpe de caballeros y de aldeanos ya no existe. Hoy Inglaterra exporta manadas de hooligans que compiten con el ganado cabrío y muchos de aquellos finos británicos ahora eructan cerveza por las orejas. Por otro lado, bajo el cúmulo de basura que se ha establecido en la política y en la moral de nuestro país, han desaparecido también aquellas figuras cuya alma poseía una profunda educación natural: el pastor solitario que se alimentaba de horizontes, el labriego sentencioso, el viejo marinero curtido por varios naufragios, los hidalgos arruinados y llenos de honor sentados en las raídas butacas en sus casas solariegas. Sólo aquellos personajes serían capaces hoy de tomar por la cintura a la hija de un príncipe anarquista con una delicada elegancia. Los intelectuales de aquel tiempo los despreciaban, pero si ahora aquellos aldeanos vivieran, no todo estaría perdido en esta sociedad encanallada.

Manuel Vicent


(El País, 9-10-2004)



13 de febrero de 2025

Manuel Vicent - Placeres

 

PLACERES 

Será por eso que nadie quiere morirse, porque al final de la vida contemplar la salida del sol un día más tiene que ser un placer tan fuerte como el que te proporcionó el primer beso de aquel niño. Llega un momento en que los mortales se agarran como pueden a cada amanecer. Aquellos labios que sabian a fruta todavía un poco ácida serán sustituidos cada mañana por la nueva luz que llega hasta tu cama. Tal vez aspirar el perfume de una rosa con el tiempo sustituirá a aquel instante en que tu novio consintió en sentarse contigo por primera vez en la última fila del cine. Pudiste creer que no había en el mundo nada más excitante que aquel deseo en la oscuridad pero de pronto descubres que ahora lo cambiarias por una buena ensalada. Si se trata de vivir peligrosamente dime quién arriesga más, el joven escalando una pared del everest o el viejo sentado en un sillón de orejas; a cuál de los dos le ronda más cerca la muerte. Sin duda la muerte le sopla al viejo en la nuca su hálito de nieve forzándole a batir diariamente el recórd de vivir lo mas pegado posible a la eternidad. No hay deporte mas duro que esos últimos cien metros lisos. Cada edad tiene sus naipes que jugar, puesto que la vida no es sino una forma de ir sustituyendo unos placeres por otros, la carne de novio por la de novillo, el levantamiento de pesas por la lectura de unos versos de Eliot, sin que la gloria se quiebre. Entre todos los placeres tal vez uno muy grande sea ese de llegar a la suprema sabiduría de no entender ya nada de lo que pasa. Ese estado de gracia es otra forma de naturaleza. Frente a la estupidez humana, una sonrisa irónica;frente a la catástrofe planetaria, una leve mirada al cielo sin pedir explicaciones;frente a la injusticia o el crimen más execrable, el gesto impasible de la inocencia. Cada mañana la luz del sol establece en la ventana un asa donde agarrarse. Hoy mismo un adolescente acaba de descubrir por internet el primer sexo cibernético, un joven que practica el deporte de riesgo se ha tirado con un ala delta por un acantilado, un especulador en bolsa ha ganado cien millones en una hora, un señor maduro ha navegado en brazos de una nueva amante, una profesora se ha enamorado de su nuevo alumno, un viejo ha sentido el aroma de café al despertar y viendo el sol de primavera en la ventana se ha llevado la alegre sorpresa de no haber muerto. Nadie sabe cual de estos placeres es el más fuerte.

Manuel Vicent


(El País, 13 de febrero de 2000)



2 de febrero de 2025

Manuel Vicent - Ser joven, ser viejo

 

SER JOVEN, SER VIEJO

Ser joven consiste en verlas venir; ser viejo consiste en ver cómo se van. Me refiero a los placeres y los días, a aquellas palabras tan limpias y anheladas, la libertad, la democracia, que en tiempos de la dictadura, cuando eras joven, las imaginabas como esa brisa fresca del mar que te daba en la cara. Ser libre consistiría en poder respirarlas. Hoy han perdido su significado y ya viejo ves cómo un viento sucio de tierra se las lleva por tu espalda. En tiempos de Franco, cualquier clase de placer servía de arma contra su tiranía. En medio de la oscuridad bastaba una guitarra eléctrica, un viaje, un baño en la playa, una canción, un libro, un pecado de la carne, cualquier alegría, para que en ese nublado se abriera una grieta de sol como una herida luminosa que sangraba para dejarte ver el final del túnel. La libertad estaba dividida en pequeñas conquistas de cada día que uno se tomaba por su cuenta. La democracia era la forma de ser solidario y se ensayaba en las sobremesas levantando la copa con los amigos entre carcajadas. Muchos arriesgaron su vida e incluso la entregaron por defender esas palabras. Había que luchar para que no fuera arrebatado su sentido. Todo da a entender que esa batalla se ha perdido, puesto que la confusión de lenguas, la maldición de Yahvé infligida a los constructores de Babel, persiste más que nunca. Hoy todo significa lo mismo y lo contrario, todo es bueno y malo a la vez, todo está prohibido y permitido, ya no sabes si en un cóctel has dado la mano a un asesino. Aquel ángulo que se abría hacia la luz cuando uno era joven hace ya tiempo que se ha cerrado hacia la oscuridad, de modo que ser joven ya no consiste en ver cómo viene la vida de frente, sino buscar la forma de cargarla en la espalda. La tierra tiembla con cada telediario porque en el imperio gobierna un errático Nerón que cada día se repinta la cara con tres capas de crema chantilly y luego baja el pulgar y dice: nadie que no tenga al menos mil millones estará nunca a salvo.

Manuel Vicent


(El País, 2 de febrero de 2025)



22 de enero de 2025

Manuel Vicent - Navegar

 

NAVEGAR

El viejo marinero que me enseñó a navegar, me decía: si un día te sorprende una gran borrasca en alta mar, prepárate para un largo desafío en el que se va a medir tu carácter. Se trata de capear el temporal. En ese caso no olvides que esa ola que crees que te va a ahogar es precisamente la que te tiene que salvar. Dispón el tormentín y la vela mayor con sus rizos necesarios a favor de la marea, de forma que unos segundos antes de que rompa violentamente contra el costado de tu barco sea esa misma ola la que lo acune y lo impulse siempre un poco más allá, donde ya no llega su zarpa. Tu deber consiste en aliarte con esa ola que amenaza con hacerte naufragar. Puede que el horizonte esté cerrado, que sople un viento huracanado, que todo el mar esté hirviendo “como cazuela en el horno” como escribe Ausias March en su poema Veles i vents. Tu destino es sobrevivir. Colócate bien el arnés y piensa que el tiempo ya no existe. Como su propio nombre indica, el temporal siempre será pasajero. Pronto o tarde el viento amainará, el oleaje irá cayendo y el sol volverá a salir entre las nubes. Así acontece también en la vida. Al final de la tempestad te va a llegar el veredicto. Hasta ese momento no sabías si eras valiente o cobarde, débil o fuerte, pero el mar te habrá dado tu exacta medida, que va a depender de si supiste aprovechar la fuerza adversa para avanzar. Y aunque llegues a tierra sano y salvo no creas que has vencido. Sucede que por esta vez el mar te ha respetado y si lo celebras en el bar del puerto con una cerveza y dejes caer su espuma a lo largo de tu pecho intrépido, nunca presumas con los amigos de tu pericia. Después de salir victorioso de un duro temporal siempre serás un superviviente y deberás considerar que el hecho de seguir vivo con cierta dignidad es el único desafío. Esa es la lección que me dio el viejo marinero que me enseñó a navegar.

Manuel Vicent


(El País, 22 de enero de 2023)


12 de enero de 2025

Manuel Vicent - ¿Dónde están los sabios?

 

¿DÓNDE ESTÁN LOS SABIOS?

Hay sabios que todo lo que saben es porque lo han leído; hay sabios que todo lo que saben es porque lo han vivido. Ignoro qué da más profundidad a la vida, si leer a Shakespeare u oler una hogaza de pan candeal recién salida del horno. Puede que ese perfume del pan posea más hondura que el monólogo de Hamlet, puesto que permanece arraigado en el cerebro hasta la muerte, mientras las dudas de aquel príncipe de Dinamarca se las lleva el viento. Creo que el triángulo que el panadero traza sobre la corteza crujiente de una hogaza de pan de pueblo tiene más verdad que aquel equilátero que contenía el ojo vigilante de Jehová. Si algún joven aspirante a escritor me pidiera un consejo le diría: “Lee a Horacio, lee a Shakespeare, lee a todos los grandes, pero después abre la ventana, asómate a la calle y disponte a oír el grito del chatarrero”. Al llegar a cualquier ciudad desconocida visita antes el mercado que la catedral, antes los bares que los museos, y en lugar de ir al teatro prueba a sentarte en una terraza soleada para ver pasar el río de la gente. Cada persona lleva un mapa en la cara que te remite a regiones ignotas del alma humana. En este año que empieza no formules ningún propósito, salvo el de pasar los días un poco entretenido en medio del disparate de la vida que nos rodea. Busca la compañía de los científicos y de los sabios que lo saben todo por experiencia, pero no de los intelectuales cabreados que cambian de garita para disparar sin saber que lo hacen sobre su propio cabreo. ¿Dónde están los sabios de antaño? Aquellos labriegos herméticos, aquellos marineros cocidos por el sol de la mar, hay que ir a buscarlos en las tabernas del puerto o en las solanas de los pueblos abandonados. Allí se ven algunos viejos con el bastón entre las piernas luciendo una camiseta de la Harvard University. Se la ha mandado su nieto que está haciendo un máster en Estados Unidos. Tal vez de su boca salga alguna sentencia parecida a las de Epicteto o de Marco Aurelio.

Manuel Vicent


(El País, 12 de enero de 2024)



18 de noviembre de 2024

Leila Guerriero (y Clarice Lispector)

 

LA CONTABILIDAD

Corro alrededor del cementerio de mi barrio. Alguien me pregunta; "¿En cuánto tiempo le das la vuelta?". Digo: “Creo que en media hora”. Me pregunta: "¿Cuántos kilómetros son?". Digo: "No sé". "¿No te interesa saber?". Digo: "No". Porque no corro para medir o medirme. No corro para contabilizar o contabilizarme. No corro para saber cuánto corro y especular acerca de cuánto más podría correr. No corro para llegar más lejos ni para hacerlo más rápido. Corro, de hecho, para dejarme llevar, para perderme. Corro porque cuando empiezo a correr no sé qué va a pasar, hacia dónde van a ir mis pensamientos ni, en ocasiones, mis piernas: a veces salgo pensando en hacer un circuito determinado y, 15 minutos después, sin darme cuenta, tomo otro rumbo, distraída. Lo que se puede medir no es interesante. Lo que tiene una duración impuesta no es interesante. Lo que es previsible no es interesante. Lo que no es inesperado no es interesante. Lo que se conoce por completo no es interesante. Lo que se hace por estrategia de acumulación no es interesante. Lo que permanece inmóvil no es interesante. Lo que no es inestable —un poema, una vocación— no es interesante. A veces la gente se pregunta por qué dos personas siguen juntas después de muchos años. Yo creo que para averiguar qué pasa después. Hay un texto de Clarice Lispector: "Él buscaba y no veía, ella no veía que él no había visto que ella estaba allí. Sin embargo todo fue un error, y había la gran polvareda de las calles, y cuanto más se equivocaban, más querían con aspereza, sin una sonrisa. Todo sólo porque habían prestado atención, sólo porque no estaban lo bastante distraídos. Sólo porque, de repente, exigentes y duros, quisieron tener lo que ya tenían. Todo porque habían querido darle un nombre; porque quisieron ser. Y ellos ya eran". Grandes catástrofes provienen de querer tener lo que ya se tenía: los pies ligeros para correr sin pensar hasta dónde; la dulzura para querer a alguien quién sabe cuánto, quién sabe cómo ni durante cuánto tiempo.

Leila Guerriero

(El País, 9 de noviembre de 2024)


* * * * * 


POR NÃO ESTAREM DISTRAÍDOS

Havia a levíssima embriaguez de andarem juntos, a alegria como quando se sente a garganta um pouco seca e se vê que por admiração se estava de boca entreaberta: eles respiravam de antemão o ar que estava à frente, e ter esta sede era a própria água deles.
   Andavam por ruas e ruas falando e rindo, falavam e riam para dar matéria peso à levíssima embriaguez que era a alegria da sede deles. Por causa de carros e pessoas, às vezes eles se tocavam, e ao toque - a sede é a graça, mas as águas são uma beleza de escuras - e ao toque brilhava o brilho da água deles, a boca ficando um pouco mais seca de admiração.
   Como eles admiravam estarem juntos! Até que tudo se transformou em não. Tudo se transformou em não quando eles quiseram essa mesma alegria deles. Então a grande dança dos erros. O cerimonial das palavras desacertadas. Ele procurava e não via, ela não via que ele não vira, ela que, estava ali, no entanto.
   No entanto ele que estava ali. Tudo errou, e havia a grande poeira das ruas, e quanto mais erravam, mais com aspereza queriam, sem um sorriso. Tudo só porque tinham prestado atenção, só porque não estavam bastante distraídos. Só porque, de súbito exigentes e duros, quiseram ter o que já tinham. Tudo porque quiseram dar um nome; porque quiseram ser, eles que eram.
   Foram então aprender que, não se estando distraído, o telefone não toca, e é preciso sair de casa para que a carta chegue, e quando o telefone finalmente toca, o deserto da espera já cortou os fios.
   Tudo, tudo por não estarem mais distraídos.


Clarice Lispector



31 de julio de 2024

Manuel Vicent - Más allá de la meta

 

MÁS ALLÁ DE LA META

Imagino al poeta Píndaro sentado en la grada del hipódromo de Olimpia gritando al ver pasar por delante en medio de una gran polvoreda el carro de Terón, rey de Agrigento, tirado por cuatro caballos. A simple vista el poeta era un hincha más entre el público que vociferaba alentando a su héroe favorito. En su honor escribió: “Hoy celebrar el triunfo/ con voz sonora debo/ que la veloz cuadriga/ donó a Terón excelso/, varón hospitalario/, columna de Agrigento/,flor de gloriosa raza/ señor de vasto reino”. En la antigua Grecia los juegos olímpicos, que se celebraban cada cuatro años, daban paso a una tregua de paz entre los estados que solían estar siempre en guerra. Desde todas las ciudades de la Magna Grecia acudían los atletas a Olimpia, en el Peloponeso, con el espíritu dispuesto a llevar el cuerpo siempre un poco más allá, contra el tiempo y el espacio. Más alto, más fuerte, más rápido, era el reto que Zeus, dios de dioses, imponía a los humanos que buscaban la gloria en la palestra, solo que más allá de la meta no había nada salvo una corona con hojas de acebuche y los versos de un poeta que te haría inmortal. Agesias de Siracusa, Diágoras de Rodas, Saumis de Camarina, Ergósteles de Himera, Jenofonte de Corín, estos atletas fueron algunos de los aclamados como héroes entonces, pero si hoy recordamos sus nombres es solo porque merecieron que los poetas Anacreonte, Simónides de Ceos y Píndaro dedicaran unos versos a sus hazañas. Los juegos olímpicos que se van a celebrar dentro de unos días en París no impediran que siga la guerra de Ucrania, ni ayudarán a que ceda en absoluto la ignominia del genocidio de Gaza. Tal vez la publicidad todo lo pudre hasta el punto que se puede confundir la velocidad de héroe con la marca de sus zapatillas y el sudor de su esfuerzo con un determinado refresco. Pero lo cierto es que la victoria en el deporte es el único don capaz de arrancar un grito ciego de las entrañas que equipara a los humanos con los dioses.

Manuel Vicent


(El País, 21 de julio de 2024)