Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1
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28 de julio de 2026

Braulio Ortiz Poole - Carpe diem

 

CARPE DIEM

A menudo ha irrumpido en tu memoria
ese campo al que escapabais los domingos,
ese campo
con un altivo eucalipto como guarda,
un caserón que jugaba con el eco
y unos perros que siempre tenían hambre.

Allí tu padre os mostraba con orgullo
la última variedad de algun naranjo
que habían incorporado aquellas tierras.
Recuerdas con qué emoción pelaba aquella fruta
y os daba a probar su carne dulce,
recuerdas
que aunque pusierais cuidado en el empeño
el zumo os cubría la mandíbula.

A menudo te viene aquella imagen
y te preguntas
si tu padre, que no pudo jubilarse,
que renunció a sus sueños por vosotros,
sabía que esa naranja, esa simple naranja,
era en su pequeñez la plenitud,
era toda la verdad que escondía el mundo.

Quizá
esa sea la lección que te trae el viento:
que en vez de fantasear con el futuro
hay que tomar la carne dulce, el jugo,
del momento en que vives.


Braulio Ortiz Poole


(Sevilla, 1974)



6 de abril de 2026

Luz Helena Cordero - Santo y seña

 

SANTO Y SEÑA

Mi padre,
severo y absorto,
cuando estalla la ternura
solo encuentra una expresión
que se le sale por los ojos,
como quien toma el barro
y sopla para crear a Dios:
¡Qué belleza!
Con estas palabras forja
el asombro y la fuerza,
el sortilegio y el gozo de la vida.
Vuelvo a ese santo y seña
para redimir de las cenizas
la sustancia de mi padre.

Luz Helena Cordero

(Bucaramanga, Colombia, 1961)



(Leído en La otra - Revista de poesía) 



19 de marzo de 2026

Eugenio Montejo - Caballo real

 

CABALLO REAL   

Aquel caballo que mi padre era
y que después no fue, ¿por dónde se halla?
Aquellas altas crines de batalla
en donde galopé la tierra entera.

Aquel silencio puesto dondequiera
en sus flancos con tactos de muralla;
la silla en que me trajo, donde calla
la filiación fatal de su quimera.

Sé que vine en el trecho de su vida
al espoleado trote de la suerte
con sus alas de noche ya caída,

y aquí me desmontó de un salto fuerte,
hízose sombras y me dio la brida
para que llegue solo hasta la muerte.

Eugenio Montejo



Revista Palimpsesto



Piedad Bonnett - Biografía de un hombre con miedo

 

BIOGRAFÍA DE UN HOMBRE CON MIEDO

Mi padre tuvo pronto miedo de haber nacido.
Pero pronto también
le recordaron los deberes de un hombre
y le enseñaron
a rezar, a ahorrar, a trabajar.
Así que pronto fue mi padre un hombre bueno.
(“Un hombre de verdad”, diría mi abuelo).
No obstante,
—como el perro que gime, embozalado
y amarrado a su estaca— el miedo persistía
en el lugar más hondo de mi padre.
De mi padre,
que de niño tuvo los ojos tristes y de viejo
unas manos tan graves y tan limpias
como el silencio de las madrugadas.
Y siempre, siempre, un aire de hombre solo.
De tal modo que cuando yo nací me dio mi padre
todo lo que su corazón desorientado
sabía dar. Y entre ello se contaba
el regalo amoroso de su miedo.
Como un hombre de bien mi padre trabajó cada mañana,
sorteó cada noche y cuando pudo
se compró a cuotas la pequeña muerte
que siempre deseó.
La fue pagando rigurosamente,
sin sobresalto alguno, año tras año,
como un hombre de bien, el bueno de mi padre.

Piedad Bonnett


De La cicatriz en el espejo (1995), en Poesía reunida, Lumen, 2016



16 de marzo de 2026

Octavio Robleto - Daguerrotipo

 

DAGUERROTIPO

Vi
en la fotografía familiar
a mi madre
                          perdonando

Octavio Robleto


(Comalapa, Nicaragua, 1935)


27 de febrero de 2026

Miguel Arteche - Escrito al amanecer

 

ESCRITO AL AMANECER

Y me dormí pensando en él, mientras la nieve
cae profundamente en mi pasado, y cae
sobre este mar de tinta. Por la noche y el alba
siguió la nave sola.
La esperanza perdí
de encontrarlo.
Nadie había en la nave
y en las islas del viento
nadie me dio noticias de mi padre,
ni más allá en la tierra de la pócima mágica.
Por el alba y la noche siguió sola la nave.

Ahora sé que está muerto, que es inútil la nave,
inútil es el mar y todos los conjuros
no importa donde esté, si en alguna ribera
sus huesos se deshacen en los dientes del viento:
inútil suena todo. Nunca estuvo conmigo,
ni siquiera el sueño me ha traído sus ojos.

Por el alba y la noche volvió la nave al puerto.


Miguel Arteche





17 de febrero de 2026

José Coronel Urtecho - Autorretrato

 

AUTORRETRATO 

Cuando al mirarme en el espejo
Veo en mi cara la de mi padre
Absurdamente tengo miedo.

José Coronel Urtecho


(Granada, Nicaragua, 1906 - Costa Rica, 1994)



11 de enero de 2026

César Gavela - Mi padre


Artículo publicado por César Gavela (Ponferrada, 1953 - Valencia, 2020) en el Diário de León el 11 de enero de 2002.

* * *


Ayer mi padre hubiera cumplido noventa y dos años. Cuando murió publiqué esta columna en el Diario de León. Remembrante que anda uno.


MI PADRE

Diario de León
11 Enero 2002

Mi padre llegó a Ponferrada en 1931. Era un niño de ocho años que había nacido en El Bao, una aldea asturiana rodeada de prados y fuentes, lobos y osos de las laderas del monte de Muniellos. Su padre, mi abuelo Segundo, era un hombre laborioso y recto que había recorrido toda la España forestal como comprador y vendedor de maderas hasta que un día, ya con sus 53 años cumplidos, decidió emprender la aventura del Bierzo.

Cuando Ponferrada tenía siete mil habitantes, arrendó un café en la actual plaza de Fernando Miranda, y en aquel entorno pasó sus últimos años, que fueron apenas cinco hasta su muerte, sucedida el 31 de diciembre de 1936. En el mismo día que Miguel de Unamuno, como solía recordar mi padre, quien a partir de entonces inició una costumbre que ningún año rompió: ir a misa en esa fecha y honrar así la memoria de su padre, aunque yo creo que se acordaba de él todos los días, e incluso que adornaba su recuerdo con sucesos nuevos que él iba incorporando, y que terminaron por ser verdaderos: todo un magma de hechos y sueños que yo conocí muy bien, de tanto que me los contaba. Y es por eso que ahora mi abuelo Segundo, que murió mucho antes de que yo naciera, también es mi amigo, y sé de sus manías y consejos, y de su ilusión por establecerse en Valencia, la ciudad donde sesenta y cinco años después moriría su hijo benjamín, mi padre, cuyo corazón se paró definitivamente en el hospital de La Fe, mientras yo le contaba cosas pequeñas, noticias de lluvias y deportes, de viajes y libros, que así fue como nos despedimos, a las veinte horas del día ocho de enero de 2002.

Mi padre nunca tuvo ambiciones, ni tampoco conoció la vanidad ni la envidia. Su profesión fue la de viajante. Tenía un almacén de coloniales con dos de sus hermanos, y el negocio consistía en vender alimentos no perecederos a los pequeños comerciantes de las aldeas y los pueblos de una brumosa demarcación que abarcaba las tierras de Trives, Valdeorras, el Bierzo, Laciana, Cepeda y la zona alta de los valles asturianos del Navia y el Narcea. En ese territorio, que es muy literario, mi padre se ganó la vida visitando a tenderos que pronto fueron sus amigos y confidentes. Luego, al final de cada jornada, se recogía en cafés y tabernas donde escuchaba pareceres y noticias, y a ratos sucesos fabulosos del monte y los caminos.

Mi padre hizo noche en muchas ciudades menores, villas y pueblos, y mientras llevaba aquella existencia libre y vagabunda que tanto le gustaba, sus cinco hijos y mi madre hacíamos vida de ciudad en el barrio de La Puebla de Ponferrada, entre colegios y mercados, y en esa dualidad pasaba el tiempo hasta que dos días a la semana venía él, siempre al atardecer, con boina en los primeros inviernos de mi memoria, con su voz grave en todos, con su maletín de cuero forrado con una funda gris, y con una libreta donde anotaba los pedidos comerciales: vinos de jerez, bacaladas, jaulas de queso, fardos de alubias, latas de conserva o barriles de aceitunas.

Por aquel tiempo vivíamos todos en una casa grande y arrendada, y con nosotros también un hermano de mi padre, José, quien, como tantos hombres de mi familia, permaneció soltero de por vida, ajeno a obligaciones y alharacas, dedicado al inofensivo estupor de contemplar la vida, y al sabio placer de pasar desapercibido. Si ahora cierro los ojos tardo exactamente un segundo en ver aquella vivienda en ebullición: mi madre, que era muy bohemia, pintando paisajes al óleo en el comedor; mis hermanos pequeños, David y Emma, pegándose por riguroso turno sin hacerse nunca mucho daño; mi hermana Belén soñando con novios maravillosos que venían de Orense o de Zamora; mi hermano Carlos organizando combates navales en la bañera con gran lujo de soldaditos; mi tío José pasando por el “hall” como una sombra y mi padre, entre viaje y viaje, leyendo libros de historia de Roma o de la segunda guerra mundial en la salita, lector empedernido, y acaso yo a su lado, en el otro sillón, mirando mapas probablemente, un vicio pacífico del que nunca me quité.

Luego vinieron muchos otros años, y mi padre tuvo que superar pruebas muy duras, que no estaban escritas en el guión de aquella familia de clase media baja que veraneaba en tienda de campaña por las playas de Galicia o en las riberas del lago de Sanabria. Mi padre sufrió una trombosis muy severa en 1980 y a partir de entonces su vida cambió; se volvió más pacífica y del todo ajena a sus viajes mercantiles. Él se volcó en la lectura, en hablar con los amigos o en intensificar su presencia en asociaciones cristianas y caritativas. Yo ya vivía fuera, y mi padre pasó a ser en aquel tiempo un señor maduro de Ponferrada al que yo veía en las vacaciones; un hombre de bien y del sosiego que a veces me mandaba alguna carta y con el que hablaba poco por teléfono, protagonismo que mi madre ejercía de un modo inapelable.

Mi padre, entonces, estaba un poco oscurecido, y fue la muerte de mi madre, curiosamente, la que nos lo devolvió, a mí y a mis hermanos, nuevo y diferente. Sobre los escombros de aquella tragedia, mi padre fecundó la trayectoria yo creo que más importante y profunda de toda su vida: sus ocho años de ancianidad joven y animosa al principio, algo más mesurada y solitaria después, y alicaída de cuerpo pero siempre vital de ilusiones en su tramo final. Mi padre vivía entre riguroso Norte y el placentero Mediterráneo: pasaba los veranos en el Bierzo y los inviernos en Valencia. Seguidor veteranísimo de la Ponferradina, dobló su afición al fútbol, siempre intensa aunque moderada en las formas, con su abono en el campo de Mestalla, donde disfrutó lo suyo, lo mismo que en la plaza de toros de la calle Xátiva. Y fue precisamente en Valencia donde yo le conocí más y mejor, aunque nos veíamos menos veces de las que él y yo hubiéramos querido. En Valencia, en su sencilla casa del barrio de Torrefiel, me dijo muchas cosas de su familia y de sus amigos, de sus viajes y creencias; y me dio muchos consejos que siempre eran de dignidad y de respeto; de honradez y transparencia, y por eso es mi mayor orgullo ser hijo de aquel hombre independiente y libre, bueno y modesto, que se llamó Julio Rodríguez Gavela.

César Gavela


En la foto, mi padre el día de su boda, con 31 años. Entonces ya era un viajante de comercio de cierto prestigio pequeño. 




19 de diciembre de 2025

Reynaldo Pérez Só - 19

 

19

esta es una silla
sólo una silla
en ella
se sentó mi padre
todos
mis mejores amigos

ahora
está sola
sin nadie

una silla.


Reynaldo Pérez Só
(Caracas, 1945 - Valencia, Venezuela, 2023)



20 de noviembre de 2025

Johanna Barraza Tafur - El árbol de níspero

 

El árbol de níspero 

junto al que murió mi padre
ha sido cortado.
Mi vecina vino a traerme
sus últimos frutos y una bala
que encontró en su tronco.
Teníamos dos cosas en común,
haber sostenido su cuerpo
mientras sangraba
y mantenernos en pie
sin importar los disparos.

Johanna Barraza Tafur 




(La Otra. Revista de poesía)



1 de noviembre de 2025

Homero Aridjis - Asombro del tiempo

 

ASOMBRO DEL TIEMPO

(Estela para la muerte de mi madre, Josefina Fuentes de Aridjis)

Ella lo dijo: Todo sucede en sábado:
el nacimiento, la muerte,
la boda en el aire de los hijos.
Tu piel, mi piel llegó en sábado.
Somos los dos la aurora, la sombra de ese día.

Ella la dijo: Si tu padre muere,
yo también voy a morir.
Sólo es cosa de sábados.
Cualquier mañana los pájaros
que amé y cuidé van a venir por mí.

Ella estuvo conmigo. En mi comienzo.
Yo estuve con ella cuando murió, cuando nació.
Se cerró el círculo. Y no sé
cuándo nació ella, cuándo morí yo.
El rayo umbilical nos dio la vuelta.

Sobre la ciudad de cemento se alza el día.
Abajo queda el asombro del tiempo.
Has cerrado los ojos, en mí los has abierto.
Tu cara, madre, es toda tu cara, hoy que dejas la vida.
La muerte, que conocía de nombre, la conozco en tu cuerpo.

Dondequiera que voy me encuentro con tu rostro.
Al hablar, al moverme estoy contigo.
El camino de tu vida tiene muchos cuerpos míos.
Juntos, madre, estaremos lejanos.
Nos separó la luna del espejo.

Mis recuerdos se enredan con los tuyos.
Tumbados para siempre, ya nada los tumba.
Nada los hace ni deshace.
Palpando tu calor, ya calo tu frío.
Mi memoria es de piedra.

Hablo a solas y hace mucho silencio.
Te doy la espalda pero te estoy mirando.
Las palabras me llevan de ti a mí y de mí a ti
y no puedo pararlas. Esto es poesía, dicen,
pero es también la muerte.

Yo labro con palabras tu estela.
Escribo mi amor con tinta.
Tú me diste la voz, yo sólo la abro al viento.
Tú duermes y yo sueño. Sueño que estás allí,
detrás de las palabras.

Te veo darme dinero para libros,
pero también comida.
Porque en este mundo, dicen,
son hermosos los versos,
pero también los frutos.

Un hombre camina por la calle.
Una mujer viene. Una niña se va.
Sombras y ruidos que te cercan
sin que tú los oigas, como si sucedieran
en otro mundo, el nuestro.

Te curan de la muerte y no te salvan de ella.
Se ha metido en tu carne y no pueden sacarla,
sin matarte. Pero tú te levantas, muerta,
por encima de ti y me miras desde el pasado mío,
intacta.

Ventana grande que deja entrar a tu cuarto
la ciudad de cemento.
Ventana grande del día que permite
que el sol se asome a tu cama,
y tú, entre tanto calor, tú sola tienes frío.

Así como se hacen años se hace muerte.
Y cada día nos hacemos fantasmas de nosotros.
Hasta que una tarde, hoy, todo se nos deshace
y viendo los caminos que hemos hecho
somos nuestros desechos.

Sentado junto a ti, veo más lejos tu cuerpo.
Acariciándote el brazo, siento más tu distancia.
Todo el tiempo te miro y no te alcanzo.
Para llegar a ti hay que volar abismos.
Inmóvil te veo partir, aquí me quedo.

El corredor por el que ando atraviesa paredes,
pasa puertas, pasa pisos,
llega al fondo de la tierra, donde me encuentro, vivo,
en el comienzo de mí mismo en ti.

Número en cada puerta y tu ser pierde los años.
Tu cuerpo en esa cama ya sin calendarios.
Quedarás fija en una edad, así pasen los siglos.
Domingo 7 de septiembre, a las tres de la tarde.
Un día más, unos minutos menos.

En tu muerte has rejuvenecido,
has vuelto a tu rostro más antiguo.
El tiempo ha andado hacia atrás
para encontrarte joven. No es cierto
que te vayas, nunca he hablado tanto contigo.

Uno tras otro van los muertos, bultos blancos,
en el día claro.
Por el camino vienen vestidos de verde.
Pasan delante de mí y me atraviesan. Yo les hablo.
Tú te vuelves.

Pasos apesadumbrados de hombres
que van a la ceremonia de la muerte,
pisando sin pisar las piedras
de las calles de Contepec,
con tu caja al cementerio.

Tú lo dijiste un día:
todo sucede en sábado:
la muerte, el nacimiento.
Sobre tu cuerpo, madre, el tiempo se recuerda.
Mi memoria es de piedra.

Homero Aridjis




(Leído en Rua das Pretas)



21 de septiembre de 2025

Verónica Aranda - Blancanieves jugando con el trofeo del padre (Paula Rego), 1995

 

Blancanieves jugando con el trofeo del padre
(Paula Rego), 1995


Junto a una cabeza de venado,
se hace presente Blancanieves.
Toma el trofeo y el sillón del padre,
prueba la autoridad, se muestra indócil
con su vestido blanco de satén.
Toma la muerte expuesta, rematada
con dos ojos de vidrio,
sujeta al animal por la pala del cuerno.

Unos segundos antes del disparo,
atravesó un pomar.


Verónica Aranda


Snow White Playing with her Father's Trophies



28 de agosto de 2025

Maruja Vieira - Los muros y el recuerdo

 

LOS MUROS Y EL RECUERDO

Era blanca mi casa, con ardientes geranios
que cifraban la luz en las altas ventanas.

Había enredaderas finas y acariciantes,
lirios que recordaban la frente de mi madre.

Allá crecieron dalias, claveles y azaleas
para la cruel dulzura de mis manos pequeñas.

Allí aprendí la forma del árbol en el viento
y el viaje de las nubes en el agua del cielo.

Los pasos de mi padre resonaron alegres
en el amor lejano de mi primer recuerdo.

Y poco a poco fueron haciéndose más lentos,
mientras mis ojos iban descifrando universos.

Allá una tarde supe que en el trigo hay angustia
cuando siegan de pronto su dorada cabeza.

Me arrancaron del alma los geranios ardientes
y los lirios y el río de los amaneceres.

Se llevaron mis ojos a un paisaje distinto,
de montañas heladas bajo cielos de acero.

Me quedó un vago asombro de ternura y ausencia
y un camino que busco más allá de los sueños.

Maruja Vieira


María Vieira White (Manizales, Colombia, 1922 - Bogotá, 2023), más conocida como Maruja Viera, fue una poeta, periodista y catedrática colombiana. (Wikipedia)



22 de agosto de 2025

Miltos Sajturis - El reloj


EL RELOJ

Negro el sol
en el jardín 
de mi madre
con un alto sombrero
verde
mi padre
hechizaba a los pájaros
y yo 
como un sordo
reloj infiel
mido los años
y
los espero

Miltos Sajturis



Ocho poetas [griegos] del siglo XX. Selección y traducción de Ramón Irigoyen. Mondadori, 1989 [edición no bilingüe]



ΤΟ ΡΟΛΟΓΙ

Μαύρος ο ήλιος
στον κήπο
της μητέρας μου
μ’ ένα ψηλό καπέλο
πράσινο
ο πατέρας μου
μάγευε τα πουλιά
κι εγώ
μ’ ένα κουφό
ρολόγι δύσπιστο
μετρώ τα χρόνια
και
τους περιμένω

Μίλτος Σαχτούρης



21 de agosto de 2025

Miguel d’Ors y Borges

 

ARMA VIRUMQUE
(retrato de mi padre)

Que de todas las fechas de su vida
perdure para siempre en esta hoja
aquélla, que contiene, resumida,
su más honda verdad: con boina roja,
el máuser, el detente y el fulgor
de un sueño ennobleciéndole la cara,
oye acercarse la batalla por
los recios campos de Guadalajara.
Con un trasfondo de ametralladora
se eleva una oración de su alma fuerte.
Llega la prueba ya. Llega la hora
de mirarle a los ojos a la muerte.
Adivino la Eneida en su bolsillo
con un olor a pólvora y tomillo.

                               11-XI-91 y 4-11-92


Miguel d’Ors


La imagen de su cara. La Veleta, Editorial Comares, 1994





Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833-74)

Lo dejo en el caballo, en esa hora
crepuscular en que buscó la muerte;
que de todas las horas de su suerte
ésta perdure, amarga y vencedora.
Avanza por el campo la blancura
del caballo y del poncho. La paciente
muerte acecha en los rifles. Tristemente
Francisco Borges va por la llanura.
Esto que lo cercaba, la metralla,
esto que ve, la pampa desmedida,
es lo que vio y oyó toda la vida.
Está en lo cotidiano, en la batalla.
Alto lo dejo en su épico universo
y casi no tocado por el verso.

Jorge Luis Borges


El hacedor (1960)



6 de agosto de 2025

Jarosław Mikołajewski - La colchoneta

 

LA COLCHONETA

Mi padre la inflaba todos los veranos,
Tiene treinta años, quizá incluso más.
De entre los pliegues sigue cayendo arena.
En las cavidades todavía respira el aire de sus pulmones.

Mientras yo no la tire, mientras las ratas no la mordisqueen,
mi padre seguirá yendo a la playa.

Conserva de la tos.
Relicario de tacos de madera.
Souvenir orgánico.
Balsamo de despreocupado aliento.
Eterno descanso.
Fuente de la resurreccion.

Jarosław Mikołajewski 

(Varsovia, 1960)



Poesía a contragolpe Antología de poesía polaca contemporánea (autores nacidos entre 1960 y 1980). Selección y traducción de Abel Murcia, Gerardo Beltrán y Xavier Farré. Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012.




16 de julio de 2025

Anónimo

 

Padre, píntame el mundo en mi cuerpo.

(Canto indígena de Dakota del Sur)


Leído en Espejos  Una historia casi universal, de Eduardo Galeano, Siglo XXI, 4ª reimpresión, agosto de 2008 [1ª ed. febrero de 2008]



9 de julio de 2025

Meira Delmar - Alguien pasa

 

ALGUIEN PASA

Alguien pasa y pregunta
por los jazmines, madre.

Y yo guardo silencio.

Las palabras no acuden
en mi ayuda, se esconden
en el fondo del pecho,
por no subir vestidas
de luto hasta mi boca,
y derramarse luego
en un río de lágrimas.

No sé si tú recuerdas
los días aún tempranos
en que ibas como un ángel
por el jardín, y dabas
a los lirios y rosas
su regalo de agua,
y las hojas marchitas
recogías en esa
tu manera tan suave
de tratar a las plantas
y a los que se acercaban
a tu amistad perfecta.

Yo sí recuerdo, madre,
tu oficio de ser tierna
y fina como el aire.

Una tarde un poeta
recibió de tus manos
un jazmín que cortaste
para él. Con asombro
te miró largamente
y se llevó a los labios,
reverente, la flor.

Se me quedó en la frente
aquel momento, digo
la frente cuando debo
decir el corazón.

Y se me va llenando
de nostalgia la vida,
como un vaso colmado
de un lento vino pálido,
si alguien pasa y pregunta
por los jazmines, madre.

Meira Delmar


Olga Isabel Chams Eljach (1922 - 2009), hija de padres libaneses, es más conocida por su seudónimo artístico Meira Delmar.





(Zenda)



11 de junio de 2025

Mía Gallegos - Mi rebelión

 

MI REBELIÓN

Un día partí lejos.
Cuando mi padre se olvidó
que yo tenía senos.
Callé de golpe y dije adiós.
— Decir adiós es tener
pájaros feroces en las manos—.

Me fui hacia allá
donde todo es azul
y es torrencial y fresco:
la montaña.

Iba con mi arado silencioso
y un alto sueño de tambores
en las manos.

Inmensa,
conjugada con el viento,
recorriendo la cordillera
de mi vientre,
fresca como la santalucía
que nace libre
en los parajes.

Después ya nadie
me pronunció en las clases,
ni en mi barrio
ni en mi casa.
Solo la leyenda
de mi valija al hombro,
con mi mochila de luz
creciendo arriba
de mi espalda.

Después,
ya nunca preguntó mi padre
si yo tenía lápida,
cruz
o alguna azucena dormida
entre los dedos.

Mía Gallegos


(San José, Costa Rica, 1953)



20 de mayo de 2025

David Mayor - Barrio

 

BARRIO

De la mano de mi madre
- con ese andar hasta el fin del mundo.

Memoria de calles sin asfaltar.
Tebeos en blanco y negro.
El ruido de los trenes de fondo llegando al Portillo.

Mi madre y todo su amor.
La vida en las manos
cuando Zaragoza era un barrio de mi barrio
y cada día una parada de autobús enseñaba
a estar solo y mirar
el espectáculo siempre formidable de lo que pasa a tu lado:
carteras a la espalda y perros lobo,
árboles recién plantados y el olor
del gasoil, niños con jerséis de cuello
vuelto y adultos vestidos como gigantes.

Una aurora que llegaba en los ojos de los míos,
en el tiempo que por entonces empezaba.
Todas las ventanas abiertas
para que entrara luz.


David Mayor

(1972)




(Leído en Rua das Pretas)