LA EXTRAÑA
Tiene forma de flor y cuerpo de mujer. Aburrimiento. Es una rosa roída por el céfiro, como decían los del XVIII. La mujer adelanta un brazo a los niños de Extremadura, sus bocas le escupen, Benito le dice no sé qué de su madre, es decir, la mienta. Tampoco la poesía comprometida quiere intimar con ella. Pero yo sí. La mujer tiene pétalos en la espalda, ¿o serán escamas? Ella me mira con furia, sabe que se está agostando en pleno abril, tiene sólo trece años y un perfume de veinticinco.. El niño de Extremadura intenta trasplantarla y se marcha a Alemania. Allí le reciben el cura y el jornal. La mujer se pasea sola a orillas del Júcar, se plantó en Levante con la falda rasgada al borde del pubis. De noche habla sola mientras cierra un libro de cubierta morada y naranja. Quién hallará el verso que una la rosa o la muchacha con el niño del marco. Si os fijáis bien, advertiréis que el de Vallecas sostiene un ligero manojo de marcos en la mano izquierda. La joven tiene trece años en cada seno, ya es una mujer como esas que salen en el ¡Hola!, pero más carnal. No hay verso que valga, tended un puente desde el tallo de ella al cuello de él: no hay otra solución.
Blas de Otero
El Urogallo, nº 19, enero-febrero, 1973
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