Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1

28 de noviembre de 2022

Erica Jong - «Where it begins»

 

WHERE IT BEGINS

The corruption begins with the eyes,
the page, the hunger.
It hangs on the first hook
of the first comma.

The mouth shuts & opens.
Newspapers are there & nursery rhymes.
Readers, lovers dangle
like Cassius, Brutus
from Satan's teeth.

The corruption begins with the mouth,
the tongue, the wanting.
The first poem in the world
is
I want to eat.

The breast is the screen
of the dream;
no hungry poet
can ever be content
with two.

The corruption begins with breasts,
the cunt. the navel.
It begins with wanting love
from strangers.

The breasts are two blind animals
with painted eyes.
The cunt is a furry deaf mute
speaking a red tongue.
The tongue is hunger.

The corruption begins with the curled snail
of the baby.
It begins with the white flood
of love on pages.

It begins with emptiness
where love begins.
It begins with love
where emptiness
begins.


Erica Jong


Fotografía de Theo Papadopulos



Una fotografía de look-book

 



24 de noviembre de 2022

Luis Valdesueiro - «La impermanencia de las cosas…»

 

La impermanencia de las cosas, la nostalgia del pasado, el aguijón del futuro, ¡y esa descomunal hazaña de habitar el presente!

Luis Valdesueiro


Lucidario, 1997




21 de noviembre de 2022

Jorge Luis Borges - 1964

 

1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.


II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

Jorge Luis Borges


El otro, el mismo (1964)



Dos fotografías de Thomas Holle

 




De Thomas Holle, Amanda (2015)




17 de noviembre de 2022

Carmen Martín Gaite - El cuento de nunca acabar

 

Tendría yo ocho años y estaba con mi hermana en una habitación de nuestra casa de Salamanca que llamábamos «el cuarto de atrás». Era el cuarto de jugar y el de dar clase y tenía un sofá viejo tapizado de pana verde. Aquella tarde, doña Ángeles, una maestra delgada y amable, que vestía de luto y a la que yo admiraba mucho porque tenía las cejas muy finas y la letra muy clara, abrió con solemnidad un libro de tapas grises que ya nos había encomiado en otras ocasiones, nos volvió a advertir que encerraba los mayores tesoros de la lengua castellana, y se dispuso a leernos uno de sus episodios que, según ella, ya estábamos capacitadas para degustar. «Atender bien –nos dijo–, porque mañana me tenéis que hacer una redacción sobre este capítulo.» Yo me puse a mirar a la ventana. Por encima de una tapia que respaldaba el cobertizo con lavaderos donde bajaban a hacer la colada las criadas de la vecindad, asomaban las copas de unos árboles pertenecientes al jardín de la casa de al lado. Era un atardecer de invierno y una luz muy bonita teñía de rosa los contornos cambiantes de las nubes que viajaban sobre aquellos árboles. Así, con los ojos fijos en la transformación de las nubes y presa de una excitada desazón, escuché por primera vez la lectura de aquel texto que estaba condenada a entender y apreciar debidamente.
  Dos extraños personajes andariegos y charlatanes, de los cuales previamente se nos había informado que uno estaba loco y otro no, llegaban platicando y cabalgando en compañía de otros dos a quienes habían encontrado por el camino, duque y duquesa, al castillo de esta pareja ilustre, y allí se les deparaba una solemne acogida. Doña Ángeles leía de una manera reverente, pero a ratos hacía pausas en las que yo, dejando de mirar las nubes para mirarla a ella, me daba cuenta de que estaba sonriendo con deleite y con una especie de complicidad, como si nos forzara a compartir su placer y su sonrisa. Yo me sentía incómoda, expulsada de aquel placer incomprensible, al que más que invitarme se me obligaba.

Carmen Martín Gaite


El cuento de nunca acabar (1988)