14 de noviembre de 2021
Mia Couto - «O Januário, ou melhor: o Januário»
O JANUÁRIO, OU MELHOR: O JANUÁRIO
O seguinte: Januário, o bateleiro, apurava-se na travessia do rio Pungué. Por força de seus braços, homens e coisas passavam para o oposto lado do rio.
O lugar estava cheio de paisagem. A planície toalhava extensos verdes. A estrada de areia se desenrolava cega até se despenhar no rio. Os viajantes, defronte `p corrente, aceitavam a soberania da água sobre os viventes. Na pausa, eles olhavam o fazer de Januário e esperavam seus raros despachos.
Primeirem-se vocês, pessoas. Depois, as cargas.
Não era ordem, mas simples conferir de princípios. Depois, o pau findava no fundo e a jangada de madeira rumava. Os olhos de Januário, oblíquos, buscavam não se sabe que infinito. Houvesse ou não um rio: ele tinha sempre o olhar na outra margem. Como se outra travessia ele empreendesse dentro de seus cursos interiores.
Januário ia e vinha. Os passageiros que vinham da Europa espreitavam aventuras, inebriavam-se de exótico:
Nester rio não há crocodilos?
De Januário os estrangeiros não queriam senão a tradução dos mistérios. Ele, em si, não constava. Fosse porque ele jamais respondeu à pregunta, jamais desvendou segredos do mato. No líquido silencio, ele e o rio fluíam em recíproca viagem.
Só depois de a luz se afogar na savana é que Januário despegava dos serviços náuticos. Ninguém sabia os caminhos por os que regressava, ninguém conhecia onde morava. Dizem que, incertas vezes, lhe viram passando num hipopótamo, perdendo-se nos capinzais.
Improvado cavaleiro em improvável montada, Januário se retirava pelas traseiras do mundo. Os mesmos que falavam o assunto asseguravam que, pela via de igual vivículo, o bateleiro atravessava a madrugada para se achegar ao rio. Dizem.
Foram fluviando os anos, aguacentos. O rio sempre vencendo a paisagem, pois só ele se republicava, gerando-se mesmo depois das secas. Até que, um dia, o progresso se decidiu a construir ali uma ponte de cimento e ferro. Bem junto do local onde labutavam Januário e o batelão. Fizeram um desio na estrada enquanto espetavam ferros na areia e erguiam plataformas de betão.
Januário assitia, impassível, à construção. Várias vezes lhe avisavam:
–Essa ponte será o fim da sua utilidade.
Ele não respondia nem palavra nem gesto. Os outros insistiam:
Você vai ficar desempregado, Januário.
Mas a aflição nele não pegava. Se havia sombra naquele homem, seria a sombra do meio-dia: ninguém podia assinalar.
A ponte, enfim, se fabricou. Mas o trânsito ainda não abrira: a obra já parida carecia de cerimónia de registo. A inauguração se anunciou para o seguinte dia. Mas foi adiada, motivo das chuvadas.
O que se passou, em seguida, ninguém pode comprovar. Foi o rio que inchou, grávido das chuvas? Foi erro de construção, desatenção do ferro? Mas naquelas noites de chuva houve gente que ficou de alma à janela, inquirindo o escuro. Esses juram ter visto uma manada de hipopótamos investindo contra a ponte. E na garupa do primeiro animal: Januário, o próprio expropriado. E assim se explicaria a ponte naufragada.
Do bateleiro não mais se soube. Hoje, dele se lembram apenas os mais velhos, na hora dos poentes. Afinal, quando o mato escurece é só o Sol quem anoitece. O resto mantém-se vivo, de sono bastante desperto.
Mia Couto
Cronicando. Editorial Caminho, 7ª edição, 1991
13 de noviembre de 2021
Dos poemas de Antonio Martínez Sarrión
el cine de los sábados
maravillas del cine maravillas
de luz parpadeante entre silbidos
niños con sus mamás que iban abajo
entre panteras un indio se esfuerza
para alcanzar los frutos más dorados
ivonne de carlo baila en scherezade
no sé si danza musulmana o tango
amor de mis quince años marilyn
ríos de la memoria tan amargos
luego la cena desabrida y fría
y los ojos ardiendo como faros
Teatro de operaciones, Carboneras de Guadazaón, El toro de barro, 1967
A ti, casi innombrable
Tierra que vas a los mares
de sólo tu
luz vestida.
Dámaso Alonso
Te llevo en los hondones de mi alma,
aunque, en raros momentos, te asomes a mis labios
que, de niño, me hicieron odiar tu simulacro.
Todos mis sueños llevan tus colores
y, resonantes, vibran en mis oídos siempre
tus acordadas -suaves o bullangueras- notas.
Cada orza de adobo, cada soga de esparto,
cada jarro de vino me regalan tu aroma.
Creo estar sentenciado a aquietarme en tu entraña,
creo que allí, todavía, disuelto en tus terrones,
madre mía siempre agónica, repasaré tus letras,
las seis letras que cifran tu siempre por hacer,
tu mal rehecho o del todo improbable camino.
Mas frotaré ese oro tras pasarle mi aliento,
tras limpiarle, de paso, el rastro de mi huella,
para que su fulgor algún trecho me alumbre.
Cordura, Tusquets, 1999
Antonio Martínez Sarrión
(Albacete, 1 de febrero de 1939 - Madrid, 14 de septiembre de 2021)
Manuel Vicent - Olivo
OLIVO
Rodeado de amigos, he tenido el placer de plantar un olivo en el patio del panteón de los Duques en la colegiata de Osuna durante la fiesta que esta ciudad celebra cada año para conmemorar el nacimiento del aceite. Mientras echaba unas paletadas simbólicas de mantillo alrededor de su tronco, recordé que un tío mío tenía un olivo milenario en la falda de un monte que miraba al Mediterráneo. De niño, hacia el final de septiembre, le acompañaba para varear las aceitunas, que luego, a la sombra de una morera, me hacía partir con un canto rodado de mar. Eran aceitunas amargas. Mi tío las metía en una barrica de cerámica en agua con sal y las sazonaba con virutas de tomillo, ajedrea, hojas de algarrobo, unas rodajas de limón y tres ajos machacados. Las tapaba con un paño de dril y después las colocaba en un estante de la despensa y a veces entraba allí para adorarlas y hacía una genuflexión ante la barrica como ante el sagrario, hasta que un día yo volvía a encontrar las aceitunas en medio de una ensalada de rábanos, escarola y tomate. Aquel olivo lo plantaría un árabe en tiempos del primer milenarismo, cuando por todas partes se extendía el rumor del fin del mundo y había pestes e incendios de ciudades. Pese a que en aquel tiempo los agoreros anunciaban el apocalipsis, el olivo comenzó a crecer, se hizo robusto y fue cultivado por sucesivas generaciones de árabes y cristianos, que creían más en el destino de la savia que en el poder de la muerte. Es cierto que a su alrededor los hombres llevaron a cabo grandes matanzas a lo largo de los siglos, pero el árbol de mi tío permaneció impasible, como si nada, dando fruto, y ya era centenario cuando en 1536 fue construida la colegiata de Santa María de la Asunción de la ciudad andaluza de Osuna, en cuyo panteón ducal he plantado otro olivo mientras arden los suburbios de algunas ciudades de Europa y se extiende la amenaza de una pandemia que puede acabar con millones de personas. Los ojos de la diosa Minerva, símbolo de la inteligencia, eran verdes de tanto aceite que bebía. El tálamo de Ulises estaba hecho con un tronco de olivo; más de 200 veces se nombra el aceite en la Biblia para usos litúrgicos y medicinales, y en el Corán se compara su luz con la que desprende Alá. Por eso estoy seguro de que un día no lejano el papel de este periódico se convertirá en estiércol y con él este artículo será alimento de las larvas, pero el olivo de la colegiata de Osuna, con un poco de suerte, pervivirá atravesando toda la insensatez y fanatismo de los hombres.
Manuel Vicent
El País, 13 de noviembre de 2005
