Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1

9 de septiembre de 2022

Alonso de Bonilla - Coloquio entre Dios y el pecador

 

Dios. Sal de tu culpa ya pecador duro
serás de mi clemencia perdonado.
Pecador. Para el año que viene del pecado
saldré, Señor, os lo prometo y juro.

Dios. Ya se ha pasado el año, rompe el muro
de tu rebelde pecho y obstinado.
Pecador. Allá para San Juan tengo pensado
de quedar en el alma limpio y puro.

Dios. Comienza que San Juan es ya venido.
Pecador. Para Pascua pondré a mis culpas riendas
y os haré penitencia de mis daños.

Dios. San Juanes, Pascuas, y años
han corrido, pero mándote yo (si no te enmiendas)
mal San Juan, mala Pascua, y malos años

Alonso de Bonilla

(1569 - 1642)




7 de septiembre de 2022

Herta Müller

 

«La belleza es un apoyo en la vida, te protege, te resguarda. Cuando la belleza falta durante mucho tiempo, la gente se vuelve agresiva y surge el embrutecimiento.» 

Herta Müller



Citado por Monika Zgustova en la reseña de la obra de Müller, Mi patria era una semilla de manzana.  Traducción de Isabel García Adánez. Siruela, 2016, El País (17-1-2017) .  




5 de septiembre de 2022

Rafael Sánchez Ferlosio

 

Retráete atrás a la noche,
tu patria y tu cuna,
aunque el alba de antaño
no vuelva nunca.

Rafael Sánchez Ferlosio



Citado por Avelino Fierro en Ciudad de sombra, Eolas Ediciones, 2015




3 de septiembre de 2022

Luisgé Martín - Los libros muertos

 

LOS LIBROS MUERTOS

Mi padre, cuando yo era niño, compraba libros, los hojeaba vagamente y los guardaba luego en la biblioteca que teníamos en el salón mientras repetía una frase ritual: "Para la jubilación". Yo crecí creyendo, así, que los libros eran uno de esos tesoros que se van acopiando poco a poco para ser gastados luego con paladeo. Crecí creyendo que la recompensa que traía la vejez era ésa: la placidez de un tiempo interminable en el que poder leer.

Cuando por fin se jubiló, mi padre no leyó ninguno de aquellos libros, pues algunos hábitos necesitan adiestramiento. Yo, sin embargo, seguí creyendo que en la edad provecta encontraría ese paraíso: días sin fin ocupados con la lectura. Hasta los treinta años estuve convencido de que, salvo que muriera joven, tendría tiempo a lo largo de mi vida para leer todo lo que me interesaba. Por eso gastaba mucho dinero en comprar libros que no podría leer de inmediato pero que, en esa jubilación dorada o en alguna vacación, tendría ocasión de disfrutar.

Luego empecé yo mismo a publicar libros, a conocer a escritores y a tener tratos con editoriales de todo pelaje. Comenzaron a llegarme a casa novelas, ensayos, volúmenes de cuentos y tomos misceláneos que había que sumar a los que yo seguía comprando meticulosamente. Y llegó un momento en el que me di cuenta de que, como muchas otras cosas cardinales, aquel asunto tenía una formulación dolorosamente matemática. A causa de mis obligaciones laborales, de los tratos con amistades y familia, de mi pasión por el cine y del desafuero de la vida urbana, solía leer al año entre 40 y 60 títulos. En ese mismo periodo, mi biblioteca, haciendo números redondos, se engrosaba con unos 250, de los cuales me apetecía leer al menos la mitad. Es decir, que cada año mi saldo negativo engordaba en 75 libros, a los que yo de vez en cuando acariciaba el lomo diciendo: "Para la jubilación".

A los cuarenta años me hice construir en mi dormitorio una pequeña biblioteca para acoger los libros pendientes, pero se llenó enseguida. A los cuarenta y tres, aprovechando una mudanza, me hice fabricar otra con muchas más estanterías y purgué los títulos con un criterio exigente: guardé allí sólo aquellos por los que sentía verdadero deseo y trasladé a la biblioteca ordinaria o regalé los que habían dejado de interesarme poderosamente. Redoblé además el rigor con el que abandonaba a medio leer los libros que no me seducían lo suficiente, procurando así vaciar con mayor rapidez los estantes hacinados. A pesar de todos mis esfuerzos, sin embargo, siguieron llenándose sin remisión.

He calculado que a este ritmo llegaré a la edad de jubilación con 2.000 libros pendientes de lectura. Suponiendo que viviera veinte años más con buena salud y que el ritmo de engordamiento anual de mi biblioteca fuera en ese tiempo menor (descartados ya los clásicos), debería engullir unos cuatro libros cada semana para morir en paz literaria, todo ello sin darme ocasión a releer ni una sola página. Es decir, debería dedicar mi vejez a leer sin desfallecimiento, obsesivamente, lo que resulta una tarea imposible y desagradable. Por eso cuando entro cada día al dormitorio y me paro frente a los anaqueles a mirar los libros sin abrir, veo las sombras de la muerte. Trato de averiguar cuáles de aquellos volúmenes mansos irán quedándose allí año tras año. Qué personajes o qué aventuras. Qué palabras del laberinto. -

Luisgé Martín


(Babelia, 29-3-2008)



Leyendo en Portugal

 


Fundação Gulbenkian - [Biblioteca Itinerante n.º 006 (Lagos)] Leitora 

Fotógrafo: [s.n.] [s.l.], [s.d.] Arquivos Gulbenkian






Dos fotografías de Pedro Ribeiro Simões - Joven leyendo. LX Factory, Alcântara, Lisboa, 2013  +  Leyendo. Alto dos Moinhos, Lisboa, 2014