En un artículo de 1953, titulado «El bautismo de la soledad», Bowles dice que en el desierto a uno le embarga una sensación única en la que incluso desaparece la memoria. Solo quedan la respiración y el sonido de los latidos del corazón. «Quizá la pregunta lógica que hay que hacer a estas alturas es ¿para qué ir al desierto? La respuesta es que cuando uno ha estado allí y ha recibido el bautismo de la soledad, no lo puede evitar. Una vez que ha sido hechizado por el paisaje extenso, luminoso y callado, ningún otro lugar tiene la fuerza suficiente, ningún otro entorno puede aportar la sensación, supremamente satisfactoria, de existir en medio de algo absoluto. Regresará, por mucho que le cueste en comodidad y dinero, porque lo absoluto no tiene precio.» Solo en un lugar así Bowles podía entender el infinito, quiza eso que otros llaman Dios.
Leído en La ciudad líquida. Derivas, interiores y exilios, de Marta Rebón, Caballo de Troya, 2ª ed., 2021; 1ª ed., 2017, pág. 224
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