Cómo me rescataste de la escarcha
con aquella mirada.
Tus ojos trazaron la parábola
de toda la curva de herradura
engarzados en los míos y girando
con un préstamo de órbitas.
Clavado al volante, gorro armenio,
en un cruce cualquier con stop,
en la umbría de una curva peraltada,
con el metronomo de la intermitencia:
encendida, apagada, encendida.
Allí estaba yo aquel invierno
a una hora punta de la mañana
en mi pequeño Renault
viendo el trasero de tu Galloper
alejarse, alejarse.
Yo no tengo nada en contra de mi oficio.
Creo digno poner piedras,
asentar ladrillos,
alicatar un baño,
enyesar un dormitorio,
cimentar, derribar,
colocar un entramado de madera
con tallado típico tópico,
trazar a cordel la línea de un tejado…
No, no tengo nada
en contra de mi oficio,
pero reconozco que somos
un matrimonio de conveniencia.
Venga a darle al porrillo,
a la maceta, a la piqueta,
al alciche, a la escorfina,
a la azuela, a la almadana,
al ergonomico mango de la pala,
a la azada, ¡al pico!
Eso, un matrimonio de conveniencia
celebrando ahora sus bodas de plata
Santos Jiménez
(Leídos en La pajarera Magazine)
Otro poema suyo en el blog: «Hasta que el barro sedimente en mi colodrillo»
No hay comentarios:
Publicar un comentario