MENSAJE A UNA MUJER
Intactos levemente como esa espuma tuya,
los gatos reverencian tu mítica laringe.
Los ciervos descarriados que van por la ribera
preguntan tu apellido con singular bonanza.
Las desplegadas manos hacia los cerros altos,
las sórdidas, sumisas enredaderas lentas,
las nieblas vagorosas, los límites precisos,
los lingotes exhaustos que de la mina salen,
igual que la ternura de tus dedos deshacen
policromadas ramas de somnolientos pinos.
Te llaman por tu nombre los desdichados pájaros,
los que en el limo pacen amarillentas luces,
los que aseguran siempre la vaguedad pequeña
que a tu oquedad se asoma, mas sin quererlo apenas.
Los que pronuncian tenues sonidos de campanas,
los que avizoran ese contacto inmaculado,
los que se fingen ramos de abril para mirarte,
todos hacen galanas, gentiles cortesías.
Y acusan tu presencia con desusados gritos,
con alarmantes plomos y alicortados énfasis:
te hace la corte el rabo que en el establo crece,
el gamo de la tarde y el pelicán risueño,
el sapo que atesora raquíticos deseos,
el chopo de la linde que empedernido canta,
el esmirriado estante y el decrecido Duero,
todos por el estilo según lo están pensando.
Pero se desconoce tu deseo continuo,
tu voluntad no usada, tus incipientes ojos
para los que ya nada podrán los labios míos
cansados de este lento discurrir que no atiendes.
Gabino-Alejandro Carriedo
Del mal, el menos (1952)
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