Fotografía de Herr_Mueller - The Good Life #1

Miguel Hernández - El ahogado del Tajo

 

EL AHOGADO DEL TAJO

(Gustavo Adolfo Bécquer)


No, ni polvo ni tierra;
inacallable metal líquido eres.

Un flujo de campanas de bronce turbio y trémulo,
un galope de espadas de acero circulante jamás enmohecido,
te preservan del polvo.
Y en vano se descuelga de los cuadros
para invadirte: te defiende el agua;
y en vano está la tierra reclamando su presa
haciendo un hueco íntimo en la grama.

Guitarras y arpas, liras y sollozos,
sollozos y canciones te sumergen en música.

Ahogado estás, alimentando flautas
en los cañaverales.

Todo lo ves tras vidrios y ternuras
desde un Toledo de agua sin turismo
con cancelas y muros de especies luminosas.

¡Qué maitines te suenan en los huesos,
qué corros te rodean de llanto femenino,
qué ataúdes de luna acelerada
renuevan sus rebaños de espuma afectuosa a cada instante!

¿Te acuerdas de la vida,
compañero del sapo que humedece las aguas con su silbo?
¿Te acuerdas del amor que agrega corazón,
quita cabellos, cría toros fieros?

¿Te acuerdas que sufrías oyendo las campanas,
mirando los sepulcros y los bucles,
errando por las tardes de difuntos,
manando sangre y barro que un alfarero luego
recogió para hacer botijos y macetas?

Cuando la luna vierte su influencia
en las aguas, las venas y las frutas,
por su rayo atraído flotas entre dos aguas
cubierto por las ranas de verdes corazones.

Tu morada es el Tajo: ahí estás para siempre
dedicado a ser cisne por completo.
Las cosas no se nublan más en tu corazón;
tu corazón ya tiene la dirección del río;
los besos no se agolpan en tu boca
angustiada de tanto contenerlos;
eres todo de bronce navegable,
de infinitos carrizos custodiosos,
de acero dócil hacia el mar doblado
que lavará tu muerte toda una eternidad.

Miguel Hernández

(1935 -1936)



Miguel Hernández - Rosario, dinamitera

 

Rosario Sánchez Mora


ROSARIO, DINAMITERA  

Rosario, dinamitera,
sobre tu mano bonita
celaba la dinamita
sus atributos de fiera.
Nadie al mirarla creyera
que había en su corazón
una desesperación
de cristales, de metralla
ansiosa de una batalla,
sedienta de una explosión.

Era tu mano derecha,
capaz de fundir leones,
la flor de las municiones
y el anhelo de la mecha.
Rosario, buena cosecha,
alta como un campanario
sembrabas al adversario
de dinamita furiosa
y era tu mano una rosa
enfurecida, Rosario.

Buitrago ha sido testigo
de la condición de rayo
de las hazañas que callo
y de la mano que digo.
¡Bien conoció el enemigo
la mano de esta doncella,
que hoy no es mano porque de ella,
que ni un solo dedo agita,
se prendó la dinamita
y la convirtió en estrella!

Rosario, dinamitera,
puedes ser varón y eres
la nata de las mujeres,
la espuma de la trinchera.
Digna como una bandera
de triunfos y resplandores,
dinamiteros pastores,
vedla agitando su aliento
y dad las bombas al viento
del alma de los traidores.

Miguel Hernández


Viento del pueblo (1937)


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El PCE despide a Rosario Dinamitera

Un centenar de militantes comunistas acuden al entierro de Sánchez Mora, la miliciana que inspiró durante la Guerra Civil un poema de Miguel Hernández

VERA GUTIERREZ
Madrid - 19 ABR 2008


Sólo cuando Rosario estuvo enterrada, cubierta por flores rojas, la bandera republicana y los últimos besos de los suyos, comenzó a llover sobre el cementerio civil de Madrid. Eran cerca de las cuatro de la tarde de ayer y el PCE acababa de devolver a la tierra a una de sus más queridas milicianas: Rosario Sánchez Mora, rebautizada Rosario Dinamitera por el célebre poema de Miguel Hernández. El lunes habría cumplido 89 años.

Desde los 17 acariciaba con una sola mano, la izquierda, y con el muñón de la derecha, que voló al estallarle una granada rudimentaria en el frente de Madrid. Nacida en Villarejo de Salvanés en 1919, se había alistado en el bando republicano nada más empezar la Guerra Civil, con fervor adolescente. Su mano entregada a la causa la convirtió en icono de los perdedores.

"Era muy cariñosa y dulce, pero peleona, ¿eh? Hasta el último día tuvo en la boca sus ideas comunistas. Incluso en el hospital, cuando hablaba con las enfermeras de sus problemas", recordaba el pasado jueves la mayor de sus dos hijas, Elena, nacida, en plena contienda, de la pasión entre Rosario y otro miliciano que la guerra arrancó de su lado pocos meses después de casados.


Jóvenes y veteranos

Elena y su hermana pequeña, Charo -hijas de padres distintos pero las dos espejo de su madre-, acompañaron ayer el féretro con el cuerpo de Rosario hasta su tumba en un rincón del cementerio civil, el mismo en el que reposan los restos de Dolores Ibarruri, Pasionaria, y del fundador del PSOE, Pablo Iglesias. Al sepelio acudieron, junto a la familia de la miliciana, el secretario general del PCE, Francisco Frutos, y el coordinador general de IU, Gaspar Llamazares -que permanecieron separados toda la ceremonia-; así como un centenar de cargos y militantes comunistas (jóvenes y veteranos), dirigentes de IU como la portavoz en la Asamblea Inés Sabanés y los escritores Almudena Grandes y Luis García Montero.

Hubo aplausos, abrazos. Y, antes de que los operarios de la funeraria hicieran descender el ataúd, sonaron los versos de Hernández, los mismos que Rosario, sabiéndolos suyos y de la historia, recitaba de memoria a quien se lo pedía. Luego alguien gritó "¡Viva la República!" y todos cantaron La Internacional puño en alto.

"Con la vida que tuvo y casi ha llegado a los 90", comentaba una mujer de pelo cano. Con la vida que tuvo: sobrevivió a las trincheras donde los españoles mataron y murieron, a los tres años de cárcel, a la primera posguerra vendiendo tabaco de contrabando en la plaza de la Cibeles... "La mía ha sido una vida dura y valiente, porque si no le hubiera echado agallas no sé qué habría sido de mí", reflexionaba hace un par de años con motivo de la publicación de un libro sobre ella.

(El País, 19 de abril de 2008)






Miguel Hernández, por Buero Vallejo

 


El conocido retrato de Miguel Hernández (Orihuela, 30 de octubre de 1910 - Alicante, 28 de marzo de 1942) que le hizo su compañero y amigo Antonio Buero Vallejo (1916 - 2000) en la prisión del Conde de Toreno de Madrid:  «Para Miguel Hernández en recuerdo de nuestra amistad de la cárcel.  Antonio Buero. 25-I-XL».



François Kollar - Autorretrato con Fernande (1930)

 


François Kollar / Ferenc Kollár - Autoportrait avec Fernande, 1930.


(Senec, Eslovaquia, 1904 - Créteil, Francia, 1979)


Harold Alvarado Tenorio y Raúl Gómez Jattin

 

A LA MEMORIA DE RAÚL GÓMEZ JATTIN

No comprendiste las palabras
aquellos que conocieron la locura
jamás crecieron en brazos de los dioses
jamas cantaron contra el infinito.

Harold Alvarado Tenorio




Yo tengo para tí mi buen amigo
un corazón de mango del Sinú
oloroso
genuino
amable y tierno
(Mi resto es una llaga
una tierra de nadie
una pedrada
un abrir y cerrar de ojos
en noche ajena
unas manos que asesinan fantasmas)
Y un consejo
no te encuentres conmigo

Raúl Gómez Jattin




Charles Simic - Prodigio

 

PRODIGIO

Crecí inclinado sobre
un tablero de ajedrez.

Me gustaba la expresión “jaque mate”.

Todos mis primos parecían preocupados.

Era una casa pequeña
cerca de un cementerio católico.
Los aviones y los tanques
sacudían los cristales.

Un profesor de astronomía jubilado
me enseñó a jugar.

Debió de ser en 1944.

En el juego que usábamos
la pintura se había desprendido
de las piezas negras.

El rey blanco había desaparecido
y hubo que sustituirlo.

Me han dicho, pero no me lo creo:
que ese verano vi cómo colgaban a unos hombres
de los postes del teléfono.

Recuerdo a mi madre
tapándome los ojos.
Tenía una habilidad asombrosa para ocultarme
de repente la cabeza debajo de su abrigo…

El profesor me dijo que en el ajedrez
los maestros también juegan a ciegas
los mejores, varias partidas
a la vez.

Charles Simic



PRODIGY


I grew up bent over
a chessboard.

I loved the word endgame.

All my cousins looked worried.

It was a small house
near a Roman graveyard.
Planes and tanks
shook its windowpanes.

A retired professor of astronomy
taught me how to play.

That must have been in 1944.

In the set we were using,
the paint had almost chipped off
the black pieces.

The white King was missing
and had to be substituted for.

I’m told but do not believe
that that summer I witnessed
men hung from telephone poles.

I remember my mother
blindfolding me a lot.
She had a way of tucking my head
suddenly under her overcoat.

In chess, too, the professor told me,
the masters play blindfolded,
the great ones on several boards
at the same time.